La constancia que salva

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Estamos acercándonos al final del año litúrgico y, un poco más adelante, del año civil también. De cierta manera esto indica que todo termina: termina el mes, termina el año y termina la vida.

Todo pasa; y delante del resplandor de una construcción humana Jesús hace una afirmación inquietante: “De todo esto que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

Las obras humanas son efímeras, tantas veces son malversaciones de bienes públicos o son para vanidades personales, y es gran tontería dar mucho valor a lo que no lo tiene.

Cuándo y cómo, precisamente, se van a desmoronar lo que juzgamos como nuestras espléndidas realizaciones, no lo sabemos, y esto Jesús aclara en el Evangelio, pero nos advierte: “Tengan cuidado y no se dejen engañar”.

“Dejarse engañar” y no ser constante en dar testimonio cotidiano de vida coherente es un riesgo concreto. El Señor enseña que algunos usarán su nombre para engañar, harán oraciones piadosas, pero para explotar al semejante. Otros asustarán a las personas con amenazas de que el fin del mundo está a la puerta y por eso deben aprovechar al máximo, sin ninguna consideración moral.

El cristiano verdadero, y también el hombre de sabiduría práctica, no se deja embaucar por lobos vestidos de ovejas, justamente porque trata de dar testimonio de Jesucristo: delante de las persecuciones y sarcasmos hay que manifestar sincera amistad por Él.

Y este reto no es fácil, aunque el Señor nos asegure su protección, dándonos elocuencia y fuerza enfrente de los adversarios. Sin embargo, únicamente sabremos usar su protección si tenemos una fe bien alimentada.

Hemos de ser constantes en nuestro amor al Señor dentro de la familia, si bien sepamos que algunos de sus miembros no concordarán con nuestros valores, se burlarán y se alejarán de nosotros. Es triste ser combatido por defender las enseñanzas de Cristo, pero Él nos garantiza que está cuidando hasta de los cabellos de nuestra cabeza.

Un aspecto decisivo que Él requiere en nuestro caminar es la perseverancia. No se puede ser cristiano solamente en algunos días de la semana o solamente en ciertas situaciones de la existencia. Hay que abrazar el Evangelio en las buenas y en las malas, ya que por la constancia es que salvaremos nuestras vidas, agradaremos al Señor y seremos constructores de un mundo mejor para nuestros hijos.

La firmeza en la práctica del bien y de la justicia nos salva, por ello no nos dejemos embromar y mostremos con obras estas virtudes.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com