A cambio de estas tierras que correspondían a tres calles de la zona, la familia Stroessner, en un gesto de conmovedora generosidad, le entregó a la Comuna dos terrenos que sumaban no más de setecientos metros cuadrados y justificaban el trueque diciendo que ambos salían ganando. Solo algún premio nobel en economía podría explicar cómo es posible que alguien entregue diez veces menos de lo recibido y todos salgan ganando. Esto formaba parte del pensamiento irracional de la dictadura en la que muchos creyeron y muchos apoyaron.
Ahora se conocen todos los detalles de aquel “negocio” tan beneficioso para la Comuna y la participación del entonces intendente Guido René Kunzle, del escribano Esteban Rapetti, ante quien se formalizó la transferencia, además de los miembros de la familia Stroessner-Rodríguez. El fallo dado por el tribunal correspondiente anulando dicha transferencia y la recuperación de esas tierras ha sido tildado de “hecho histórico” y una colección de adjetivos de admiración ya que nunca, antes, se había visto algo parecido. Nunca jamás se le había ocurrido a ningún miembro del Poder Judicial poner en entredicho los abusos cometidos por la “nomenklatura” del dictador.
Nadie se pregunta, sin embargo, qué pasará con quienes sabiendo con toda claridad que lo que estaban haciendo era ilegal de toda ilegalidad, no dudaron un segundo en cumplir la “orden superior”, porque así se manejaban las cosas en aquel entonces. Mejor dicho, funcionaban así las cosas precisamente porque nadie tenía el coraje de oponerse a la “orden superior” y mandarse mudar a su casa con la conciencia limpia y los bolsillos vacíos. Optaron por todo lo contrario: no se fueron a sus casas y cuando lo hicieron iban con los bolsillos bien llenos.
Justamente en estos días recordaba que la única oportunidad en que vi la ciudad tan deteriorada como está hoy fue en época de Kunzle. Él y Samaniego pueden pasar a la historia como los grandes depredadores de la ciudad. El haber cumplido con la “orden superior” no le sirvió para nada ya que su administración fue tan desastrosa que una mañana, al llegar a la Municipalidad, se encontró que no podía entrar en su despacho porque allí estaba ya el nuevo intendente, que había asumido sin que nadie le avisara al anterior que había dejado de serlo.
¿Qué sucederá ahora? ¿Nada? No sé qué me resulta más indignante: si la forma en que los gobernantes disponen de nuestras personas y nuestras pertenencias, o si la forma en que un buen día se van a sus casas como si nada hubiera pasado. Este es el problema de nuestras dictaduras y nuestras democracias: nadie es responsable de nada. Nadie les reclama nada. Nadie les exige la reparación necesaria. Y la vida sigue igual.
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