–Señor Presidente, justamente el asunto de las hurras es uno de los temas que me traen. Al parecer, le tiene a usted muy preocupado.
–No por mí, exactamente; es por el Partido Colorado. No conozco mucho su historia, pero hasta hace poco los hurreros eran un ejemplo de fervor partidario, de disciplina, de entrega a los ideales del fundador del partido, el general Saturnino Caballero...
–Bernardino
–Sí, claro, Bernardino. Entonces yo quiero revivir ese entusiasmo en las reuniones partidarias. Así lo dije hace poco en un discurso. ¿Y qué pasó? ¿Cree usted que alguien se dio por aludido? Les hablé de revivir las hurras, y nadie me hizo hurra. Le reitero, no quiero para mí esas manifestaciones del corazón, quiero para mi partido.
–¿Y qué piensa hacer para reinstalar las hurras?
–Estoy escuchando opiniones de mis asesores, como usted habrá notado. El problema es que ninguno de ellos jamás ha sido hurrero.
–Elija entre quienes lo han sido toda la vida, incluso en partidos o movimientos políticos distintos. Son auténticos profesionales.
–Sí, pero se quedaron en el “tres por tres”. Mis asesores me dicen que tenemos que actualizarnos. En vez de las “tres hurras tres por tres” deberían ser “cuatro hurras cuatro por cuatro”. Es por los vehículos del Estado que utilizan. También, según me dijeron, el fervor se ha debilitado mucho por falta de vitaminas.
–No entiendo, Presidente.
–Estímulo, o sea, dinero. Con el ministro de Hacienda estudiamos este tema. La opción es pagar por minuto o por cantidad de veces. En cualquiera de los casos, ponerles un límite, porque de otra forma no me dejarían hablar.
–Pero usted quiere hurras.
–Y también quiero hablar. La otra solución es tener un hurrero en cada acto; será el que se encargue, ante determinadas frases mías, de iniciar un brevísimo discurso laudatorio a mi persona y luego el pedido de las “cuatro hurras cuatro por cuatro”, mientras los pañuelos rojos se agitan en el aire republicano. Este hurrero tendrá el apoyo de un aplaudidor o, mejor, una aplaudidora, porque también la heróica mujer colorada debe tener participación activa en las reuniones. Su función será que momentos después de la hurra inicie los aplausos.
–Disculpe, señor Presidente, pero si lo que usted vaya a decir, digamos, no sea demasiado importante como para merecer...
–¿Hurras y aplausos?
–Así es.
–Hace media hora que pierdo mi tiempo con usted y todavía no me entiende nada.
–¿Perdón?
–Y si yo digo siempre cosas importantes, ¿para qué voy a necesitar ni de hurras ni de aplausos? Ellos vendrán solos, sin pagar un centavo a nadie. Un ruido se tapa con otro ruido. Con eso no le digo que mis discursos son ruidos huecos, sin sentido. A veces, por la circunstancia partidaria, tengo que, como se suele decir, cantinflear un poco. Pero eso le gusta al pueblo. Con esta técnica del cantinfleo metí un golazo. Allí está mi candidato... ¿cómo es que se llama?... Alliana, seguro presidente de la Junta de Gobierno del Partido Colorado.
–Pero dicen que tampoco es colorado.
–¿Y eso qué importa? Yo tampoco lo soy, y ya ve usted.
–¿Entonces, lo de la hurra, señor Presidente...?
–Dele por hecho. Volverá el fervor partidario en el coloradismo. Por el momento, la decisión está en manos del ministro de Hacienda.