Algo similar pasó en Paraguay en las últimas elecciones municipales. El Partido Colorado cosechó la mayor cantidad de votos y en segundo lugar se ubicó el Partido Liberal Radical Auténtico en cuanto a cantidad de municipios ganados, pero los municipios más grandes como Asunción y Encarnación no corresponde a ninguno de los dos signos políticos.
¿Qué significa ésto?
Que además de los electores acostumbrados a dejar las cuestiones políticas en manos de uno de los sectores que se disputan el poder históricamente, van surgiendo grupos de ciudadanos dispuestos a formatear sus cuestionamientos en liderazgos y propuestas alternativas que encuentran rápida respuesta en la colectividad, sin necesidad de trabajo previo de concienciación.
En un país lejano y democrático de Europa, Islandia, nació, creció y se fortaleció rápidamente el Partido Pirata, que no es exclusivo de ese país, y está integrado por anarquistas, hackers, libertarios y fanáticos de internet. El partido, que afirma no ser de izquierda ni de derecha sino un movimiento que combina lo mejor de cada uno, interpreta que la gente quiere “cambios reales”.
En ambos países, Chile e Islandia, rige el sistema democrático, en el último más fuerte y sólido que el primero, pero es evidente que aún donde el sistema está consolidado y la sociedad disfruta de un ambiente pacífico próspero y participativo, hay un sentimiento antiestablishment, un disgusto en contra de quienes deciden por ellos por la forma en que lo hacen.
En Chile, la primera reacción de hartazgo de la gente se expresó en la abstención electoral que llegó a nada menos que el 65%, un mensaje que a todas luces representa la frustración de una ciudadanía politizada, que a pesar de contar con todos los beneficios de la libertad y derechos para elegir, participar y ser elegida en libre competencia con otros, está descontenta y cansada de repetir los ritos de una democracia hueca, sin poder incidir para cambiar los hechos y personajes que son motivos de su molestia.
Los actuales representantes de estas sociedades muy o medianamente desarrolladas saben lo que deben hacer en funciones pero son incapaces de entender el descontento de sus representados, y menos aún de imaginar las formas de canalizar sus inquietudes. En contrapartida, los nuevos movimientos emergentes tienen como común denominador que claramente se oponen a lo antiguo, a lo que ya conocen, “pero no se sabe muy bien a favor de qué o de quiénes están, más que exigen algo nuevo”.
Sin entrar en las demandas tradicionales de la ciudadanía, como educación, seguridad, salud, trabajo, honestidad pública y otras, hay un sentimiento en la ciudadanía que forma parte de las demandas emotivas de la gente que se relaciona con la exclusión, el bloqueo a la participación, el ocultamiento y cinismo de los representantes respecto a la incidencia.
Además hay un stress social con respecto al debate ideológico y programático sobre el qué y cómo hacer y una fatiga colectiva de ver es escuchar a los mismos protagonistas de siempre mintiendo descaradamente a través de los medios o en contacto directo con su audiencia.
En suma, se trata de algo que nace como resultado del agotamiento social, que solamente se puede explicar como algo que repudia lo antiguo y viejo para probar algo totalmente nuevo, sin importar el riesgo de equivocarse. Si aquí no llega en el 2018, llegará más adelante, pero llegará.
ebritez@abc.com.py