Primero deshonesto, corrupto después

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El caso de la chica a quien se le plantó droga deja al descubierto, y no es novedad, que en la Policía Nacional los contados policías por vocación y servicio están indefectiblemente mezclados con los muchos que caen en la tentadora coima, empezando con “para la cervecita” y acabando con amenazas de fundir la vida a cualquier ciudadano. Avidez, maltrato y abuso de poder.

Si nos ponemos a recaudar anécdotas sobre malas experiencias con la policía o qué pensamos de ella como institución, podríamos escribir varios tomos sobre el cáncer policial. Pero cuando juzgamos los casos, aunque tengamos razón, también tenemos que ver un espejo, es decir, vernos a nosotros mismos en nuestra forma de ser respecto a los demás, y me refiero al trabajo que desarrollemos.

La honestidad es una decisión personal, muchas veces una herencia familiar que conlleva, en nuestro sistema socioeconómico, un camino nada fácil, pero tampoco imposible.

Un mínimo acto de “picardía”, sea de quien sea (empleado o jefe, albañil o doctor), es deshonestidad y posible descomposición de la persona. Recordemos que corrupción significa podrido, y así como una manzana pudre todo un cajón, un corrupto también –y velozmente– pudre a otros.

Vale el ejemplo de estos policías coimeros para repensar nuestra personalidad social y colectiva, el nivel de nuestra honestidad.

La joven mujer policía lloró porque quedó comprometida en este caso vergonzoso; pero si la mentira hubiera funcionado, o sea, si la víctima se hubiera sometido, ¿qué posición hubiera tomado? Su abogado la justificó diciendo que era recién egresada y por eso la utilizaron. Aparentemente, ella no sabía del plan de sus compañeros, pero debió ser más suspicaz durante el procedimiento; se supone que eligió ser policía y que tenía una preparación sobre qué es lo correcto, por lo menos en teoría. El mero llanto cuando todo se destapó no habla bien de nadie. Es probable que ella, tras el hecho consumado y no descubierto, aunque no fuera cómplice, se hubiera callado por temor. Continuando con los supuestos, si hubiera tomado coraje para denunciar a sus compañeros o la irregularidad ante un superior, ¿qué destino habrían tenido los policías? En el gran porcentaje de los casos, queda en el oparei; por eso nos cuesta creer en esta institución y en la justicia.

Aparte, y además del caso de los policías, nada vamos a superar mientras muchos honestos callen. Y a eso se refiere Martin Luther King cuando habla del preocupante “silencio de los buenos”.

Decencia, exactitud, corrección, honestidad, honradez, ética; todos antónimos de corrupción, virtudes para vivirlas.

Ninguna deshonestidad es menor, porque en algún momento empieza a nacer el ser corrupto que arruinará el bien de todos. Cierro este comentario con romanticismo, aludiendo a un pueblo que era de los más honestos, de madres que hacían devolver a sus hijos hasta un pequeño lápiz traído por equivocación de la escuela, de padres que trabajaban en la función pública porque llenaban el requisito de honradez administrativa. Así dicen que fue este país, pero la sociedad evoluciona y las leyendas quedan atrás.

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