Así como la modernidad ha traído grandes cambios en la humanidad, en el Ñeembucú actualmente el ordeño tiene otra connotación. Cuando se menciona esta palabra ya no viene a la mente de los lugareños la imagen de una persona tratando de obtener la máxima cantidad del alimento líquido de un vacuno. Mencionar “ordeño” en la actualidad es referirse a la no menos sacrificada y muy rentable tarea de sustraer el combustible de los barcos que surcan los ríos Paraná y Paraguay.
En este caso, los ordeñadores no son tantos, pero si muy prósperos. Y a pesar de ser este un ilícito, sus protagonistas tienen un status privilegiado en la sociedad. Pueblos enteros, marginados, como son en este departamento, viven del trabajo de estibadores, lancheros, “vigías”, transportistas y vendedores del carburante “mau”.
Los ordeñadores manejan los hilos de todas las actividades. Y en vez de recibir el rechazo del resto de la población que dice ser honesta, son los mimados del pueblo y elegidos para ocupar los más altos cargos para la conducción política, las organizaciones sociales y hasta son distinguidos como ciudadanos honorarios. El poder económico de este tipo de ordeño, hace que los vehículos que transportan el carburante sean “invisibles” a los controles en las rutas del país.
Tampoco se percibe interés de las instituciones estatales y, más llamativo aún, de los emblemas y las navieras, que supuestamente son las principales víctimas del robo de su combustible.
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El ordeño, el contrabando y el narcotráfico seguirán siendo las principales actividades económicas de los pobladores de la frontera. Mientras no exista una actitud diferente del Estado y la sociedad para promover actividades lícitas, los paraguayos seguiremos perdiendo batallas en esta guerra contra la mafia que mantiene en vilo a nuestro país.
clide.martinez@abc.com.py