Como si los problemas sociales y económicos no fueran suficientes, días atrás se inició una guerra internacional, liderada por Francia, contra los rebeldes y fundamentalistas del norte del país norafricano, que “crearon” un nuevo Estado en abril del año pasado. Tras un golpe de Estado en marzo de 2012, el Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad, junto con las organizaciones religiosas Ansar Dine y Al Qaeda del Magreb Islámico, además del Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental, los rebeldes tuareg y los musulmanes declararon la independencia unilateral del norte.
De ello surgió en abril Azawad, un país no reconocido por la comunidad internacional. La promesa de los subversivos era crear una nueva república con un gobierno democrático. Sin embargo, los fundamentalistas islámicos tenían otros objetivos en mente, por lo que, como tenían mayoría, decidieron enfrentarse a sus antiguos aliados. Finalmente, vencieron los terroristas religiosos y hoy en el norte de Malí se tiene una especie de teocracia musulmana, donde rige la sharia.
Los que supuestamente liberaron a la gente, son los mismos encargados hoy de “impartir justicia divina” en la Tierra, por lo que las amputaciones de miembros por algún delito, lapidaciones y otro tipo de ejecuciones son normales desde que los islámicos se hicieran con el poder. Además de esto, los mismos terroristas saquearon toneladas de comida del Programa Mundial de Alimentos, que tuvo que suspender su misión en Malí a consecuencia de la salvajada religiosa. Hospitales, museos y centros asistenciales también fueron saqueados por los musulmanes, que no tienen otra meta que imponer el Corán y la rigidez mahometana a los africanos.
No contentos con las represiones y los asesinatos perpetrados, los islamistas comenzaron a destruir el patrimonio cultural de Tombuctú, una antigua ciudad maliense que acobija un gran tesoro cultural-histórico, no solo islámico, sino también científico.
Los saqueos, destrucciones y masacres cometidas por los musulmanes no debe extrañarnos. En los últimos años, especialmente luego de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, a inicios de este siglo, se formaron varios grupos en diversas partes de África y Asia que tienen la “misión de imponer la fe musulmana” a los infieles. Y no es una cuestión caricaturezca o que debería ser minimizada. Los musulmanes de hoy actúan como los cristianos de siglos atrás, como bárbaros ignorantes que quieren imponer sus creencias por la fuerza bruta.
Quizás la coalición internacional que interviene en estos momentos en Malí contrarreste este poder religioso y pueda vencer a los fundamentalistas en los próximos meses. Pero la batalla final no se dará en el campo militar; los musulmanes fanáticos deben ser contestados y refutados por las ideas de la libertad, que no son exclusividad de Occidente, en el campo del pensamiento secular y científico. No hay alternativas.
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