Tanto la primera lectura cuanto el Evangelio muestran dos mujeres con varias semejanzas: las dos son viudas, son pobres y son generosas. Presentan una notable talla moral y ambas están fuera del mundo fashion y fingido: prefieren ser grandes a los ojos de Dios. Es más, las dos pasan por una crisis, pues una regaló al profeta el pan que poseía para su alimento y la otra entregó toda la plata que tenía para vivir.
Y esta señora mereció el elogio del Señor, único dueño de todas las barras de oro, de las monedas de plata y diamantes del mundo. La viuda representa a sus verdaderos discípulos, pues le demuestran un amor lleno de confianza, aunque en medio de agudas necesidades personales y de la farsa que impera en casi todo el planeta.
Por otro lado, los escribas, a quienes les gustaba exhibirse con vestiduras de marcas sofisticadas y ser aplaudidos en la farándula, representan a aquellos que son lobos vestidos de ovejas. En realidad, lo que ellos hacían era explotar, ya que devoraban los bienes de la gente pobre con falacias jurídicas y con abusadas prepotencias.
Jesús agrega algo expresivo: fingen hacer largas oraciones. Peor, todavía, pues utilizan la espiritualidad, la religión y la Biblia para engañar, defraudar y enriquecerse deshonestamente. El Señor asegura que serán juzgados con más severidad, ya que para Dios no hay oparei. Ellos no son generosos, pero avaros y manipulan las necesidades ajenas para su ganancia.
El desafío para nosotros es ser generosos en nuestros compromisos, sea en el ámbito que sea, como la familia, la relación de pareja, el trabajo, el estudio y la recreación. La tendencia del corazón humano, con preocupante frecuencia, es aprovecharse de los demás y querer sacar ventajas personales por caminos inmorales.
El ejemplo más grande de desprendimiento es del mismo Jesucristo, que dejó su trono para asumir nuestra condición limitada y enseñarnos el camino del cielo. Sin embargo, la viuda de hoy también es ejemplar.
Tratemos de ser más generosos, lo que toca el aspecto de compartir los bienes materiales, ser diezmador en la propia comunidad, pero también compartir nuestro tiempo, nuestra fe, nuestra esperanza y la alegría de saber que el Señor nunca se deja vencer en generosidad.
Paz y bien.
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