Hay una ceguera que es propia de los cinco sentidos, es decir, ser no vidente. Sin embargo, hay situaciones en que la persona no tiene ningún problema con los ojos de la cara, pero vive como si fuera ciego en otras dimensiones de su existencia.
Este domingo leemos el texto de la sanación de un ciego y es importante notar que hay tres textos evangélicos de esta Cuaresma que expresan una profunda catequesis bautismal. Además, son extraordinaria revelación sobre la persona y la identidad de Jesús.
El domingo pasado, dialogando con la samaritana en el pozo, el Señor se muestra como agua viva que brota hacia la vida eterna. Hoy, con la sanación del ciego de nacimiento, Jesús se presenta como luz del mundo y, el domingo siguiente, devolviendo la existencia a Lázaro, que había muerto, Jesús se proclama como resurrección y vida.
Los textos nos ayudan a comprender la naturaleza de nuestro bautismo, que es agua que nos limpia; luz para nuestro camino y vida nueva de resucitados ya desde ahora, lo que nos obliga a actuar con valores acordes al ejemplo de Jesucristo.
La realidad de luces y sombras nos acompaña, prácticamente, en todas las situaciones de nuestra peregrinación por este planeta, sea en el trabajo, en el estudio, en la relación de pareja, incluso, en nuestra alianza con el Señor. Sin embargo, en cada caso, depende de la persona agrandar la luz o las tinieblas.
Existe un refrán popular: “Peor ciego es aquel que no quiere ver” y cuántas veces uno “no quiere ver” que el estrés que experimenta es porque está indiferente hacia Dios, demasiado esclavizado por el materialismo, pierde tiempo y derrocha muchas oportunidades con el uso ciego de internet y redes sociales.
Además, “no quiere ver” que los intercambios dentro de la familia no andan bien, porque falta dialogar de modo sincero y bien humorado. Otros hablan de crisis en el país, pero son títeres de políticos inescrupulosos y se venden al mejor postor.
El papa Francisco, en su mensaje de Cuaresma, nos dice: “La palabra es un don. El otro es un don”, y considerar la Palabra de Dios como un don que ilumina, y la otra persona, como un regalo que el Señor nos concede es un modo de vivir en la luz, lejos de las tinieblas y sus fantasmas.
Paz y bien.
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