Se llamaba Yasyretá y estaba en medio del río Paraná. Hoy ya no existe. Fue cubierta por el embalse de una represa que, irónicamente, conserva el vocablo.
Una singular costumbre paraguaya esta, la de “perennizar” lo que se va perdiendo gracias a nuestras “obras de progreso”.
Premeditada, alevosa y metódica depredación del patrimonio histórico, científico, cultural, ambiental y paisajístico, consumado desde los tiempos en que “éramos felices” hasta más recientemente, en tiempos ya democráticos, pero infelices.
Costosos e irreversibles daños perpetrados por gobiernos, profesionales y empresarios antipatriotas e ignorantes (de todo lo que no implique rentabilidad financiera); que sin responsabilidad o pena alguna, encararon sus emprendimientos a costa de las cuantiosas pérdidas infligidas a la nación y a la ciudadanía.
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En el caso de las represas ITAIPÚ y YACYRETÁ -por ejemplo- nos embelesaron con los programas de rescate de la flora y la fauna instrumentados por las binacionales, sin que dimensionáramos la catástrofe que significaron esas intervenciones.
Anestesiados con royalties, asistidos con indemnizaciones o gratificados con viveros, museos y “refugios” para sustituir el rico ambiente natural perdido, especulamos ahora con la renegociación de los Tratados, sin resolver la política ambiental en torno a las secuelas que dejaron las obras.
Aunque más no fuera para abordar con responsabilidad y conocimientos el amplísimo espectro de fenómenos que las mismas provocaron y todavía provocan. Haciendo notar -de paso- que muchas de las consecuencias perniciosas que se verifican hoy se deben a los “estudios” e “informes” funcionales a las demandas del proyecto, elaborados en su momento por “expertos” y “especialistas”. Existen centenares de casos. Empecemos por uno de ellos.
Isla de Yasyretá
Hasta el año 2005, el embalse se había elevado hasta la cota 76 msnm (metros sobre el nivel del mar), dejando apenas visible la isla, con un penacho de arenas doradas cuya superficie apenas llegaba a 50 hectáreas. Un poco más del 0,1% de las 46.000 hectáreas originales. Pero en aquel año 2005, las aguas se elevarían hasta los 78 msnm, por lo que la Entidad Binacional Yacyretá (EBY) ordenó investigaciones adicionales a las ya realizadas en la década anterior.
En ese tiempo -año 2005- llegamos hasta aquel penacho de dunas después de una hora de navegación desde las ciudades de San Cosme y Damián, departamento de Itapúa.
Unos 500 metros antes, notamos que las ondulantes formaciones de arena se veían manchadas de múltiples fragmentos oscuros que desde la distancia parecían piedras, restos de vegetación o cualquier otra muy diferentes a lo verificado a poco de desembarcar: centenares de piezas de cerámica, decoradas o pintadas, que habrían formado parte de milenarias vasijas funerarias indígenas que cazadores furtivos, contrabandistas tal vez o “fuerzas del orden”; o quienes transitaran por esos parajes, habían destruido pretendiendo que escondían tesoros o algo “más interesante” que aquellos modestos restos, los que con el turismo in crescendo terminaron por desaparecer.
Un tesoro perdido
En aquella ocasión y hurgando lo profundo del arenal, arqueólogos y antropólogos de las universidades de la Plata y Buenos Aires concluyeron que la isla Yasyretá constituía un gigantesco tesoro científico de tiempos aún anteriores al arribo de los europeos a América que había albergado una población de activa y prodigiosa actividad “industrial” sin precedentes en la época.
El informe correspondiente -con algunas de las imágenes que se acompañan- fueron a descansar entre los tupidos anaqueles de los archivos que la EBY posee en la ciudad de Encarnación, capital del departamento de Itapúa. Lo curioso es que uno de los “Informes”, elaborado por otros expertos que la entidad había contratado en el año 1994, aseguraba que “en la isla de Yasyretá nunca existió población humana...”.
Habría que mencionar que el enclave era territorio paraguayo. ¿Qué importaba entonces si aparecía junto al 80% del mismo territorio -también inundado- como parte de los “daños colaterales” del emprendimiento? Daño menor si se considera que la represa paraguayo-brasileña Itaipú fue la excusa para sumergir aquella bendición de la naturaleza que fueron los Saltos del Guairá. También paraguayos...
Mañana: Ni la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay produjo tanto daño ambiental.
