El último estadista del siglo XX

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El último estadista del siglo XX
El último estadista del siglo XXGENTILEZA

En la casa de la calle Estrella 226 –ya demolida–, el arquitecto Roger Ayala conservaba un baúl lleno de documentos y manuscritos que habían pertenecido a su padre, el presidente Eusebio Ayala. Se los entregó a Manuel Peña Villamil, quien “sabría qué hacer con ellos”. El resultado es una verdadera joya bibliográfica, ahora reeditada.

Quién se habría imaginado que un pequeño “pychãi” nacido en la entonces lejana y aislada comunidad de Barrero Grande llegaría al más alto cargo de la Nación. Pero no solo eso, sino haber honrado el puesto y ejercerlo con sabiduría y honestidad, con dedicación e inteligencia.

Ese niño nació el 14 de agosto de 1875, tan solo cinco años después de la Guerra contra la Triple Alianza, cuando el país seguía devastado, y Cordillera atormentada por los recuerdos y sombras del genocidio de Acosta Ñu.

Allí comienza el repaso de la vida de Eusebio Ayala, uno de los más grandes presidentes que tuvo el Paraguay y, sin lugar a dudas, “el último estadista del siglo XX”, epíteto indiscutible al decir del historiador Eduardo Nakayama. El otro gran estadista fue su contemporáneo Eligio Ayala, quien había ocupado la presidencia con anterioridad.

Pasar revista a la vida de Eusebio Ayala viene a propósito del libro Eusebio Ayala y su tiempo, del doctor Manuel Peña Villamil, reeditado dentro de la Colección Líderes de la Historia del Paraguay, de la editorial El Lector.

El mismo autor cuenta en un pasaje que tuvo en cuenta los manuscritos de Marcelle Durand de Ayala, Madame Durand, esposa del Presidente; de su hijo, el arquitecto Roger Ayala; además de una profusa documentación reunida por el investigador en archivos, bibliotecas y entrevistas.

El arquitecto Ramón González Coronel, quien trató personalmente con Roger Ayala durante años de una buena amistad, refiere precisamente que esos documentos estaban en un baúl de la casa y que Roger se los había entregado al abogado Manuel Peña Villamil porque estaba convencido de que él sabría interpretarlos y sabría qué hacer con ellos. Hizo lo correcto.

Eusebio Ayala y su tiempo no es una simple biografía, sino es la historia misma del Paraguay en el mundo en un periodo determinado. No deja nada al azar. Abarca toda la historia de nuestro país, los personajes y protagonistas del momento y el mismo contexto internacional, lo que lleva a una mejor interpretación de los acontecimientos.

Su infancia –dice Peña Villamil– transcurre en ese ambiente de posguerra y reconstrucción nacional. Hijo de una mujer campesina llamada Casimira Ayala, su padre fue Abdón Bordenave, de origen francés, quien luego formó familia con otra paraguaya de nombre Dolores Franco Centurión. No obstante, Eusebio Ayala fue recibido siempre en la casa como un hijo más.

Su niñez y adolescencia precoz transcurre en su pueblo natal hasta los 14 años, al amparo de su madre –quien no sabía leer ni escribir, nada extraño para esa época– y de su tía Benita Ayala, que lo instruye en las primeras letras, cuando con muy escasos recursos se implementaba la educación exigida por la Constitución de 1870. Dejó su valle con la meta de aprender, progresar y abrirse paso en la vida.

Recogiendo datos de los apuntes de su esposa, Marcelle Durand, el libro menciona interesantes anécdotas en torno a las vivencias de Eusebio, quien fue traído a Asunción para educarse en 1890. “Niño de campo que efectuaba recados en un negocio de propiedad de un tío suyo, a los 14 años consideraba como atroz suplicio calzar a veces zapatos, por ejemplo, ¡para ir a misa!; naturalmente sabía leer y escribir en español, y contar los pesos, pero es de imaginar que mucho mejor sabía montar a caballo inclusive sin montura (uno de sus orgullos es haber sido jockey en las carreras domingueras), jugar al billar y despachar a los clientes yerba y azúcar”.

La Capital de la República como nuevo hábitat representó un cambio muy importante en su vida, y más aún el hecho de haber ingresado al Colegio Nacional de la Capital, donde egresa en 1896, y en 1899 ingresa a la Guardia Nacional para cumplir con su servicio militar durante el gobierno de Juan B. Egusquiza.

Su vida estudiantil, así como el servicio militar, fue conformando su círculo de amigos, y a los 24 años ya estaba bien adaptado al ambiente asunceno, siguiendo sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional.

La cualidad humana es algo que traía en los genes y se manifestaba en todos los aspectos de su vida. Por ejemplo –revela Madame Durand–, simultáneamente a sus estudios secundarios se recibió de perito mercantil junto con un amigo venido también del interior, en este caso, Caapucú, Pastor Ibáñez, su compañero en el Colegio Nacional. Cuando Ayala se presentó para un concurso de empleo en la Administración Pública como contador, se enteró de que también se había presentado su amigo, por lo que decidió declinar la postulación para darle oportunidad a él.

Su prestigio rápidamente se expande, y cuatro años después de su egreso, en 1900, ya tiene un “comienzo brillante” cuando viaja a Europa tras ser nombrado Secretario de Legación en París para trabajar con el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante las Cortes de Gran Bretaña, España y la República Francesa, don Eusebio Machaín.

“Eusebio Ayala, durante su estadía en París, no se limitó exclusivamente a la función protocolar de un secretario de Legación. Se volcó asimismo (…) a investigar y estudiar en bibliotecas, archivos, museos, universidades”. También en París conoció a quien sería su esposa, Marcelle Durand viuda de Langeron, madre de su único hijo, Roger Ayala.

En esos tres años, “mantuvo una activa correspondencia con sus amigos de Asunción. El tono de la misma refleja la permanente preocupación por los problemas nacionales, como el conocimiento profundo para hallar soluciones”.

En 1903, cuando fue cesado por el presidente coronel Juan Antonio Escurra, queda a recorrer varios países europeos. “A fines de noviembre del mismo año, la prensa de Asunción anuncia la próxima llegada a la capital, a bordo del Olimpo, del exsecretario de la Legación en París; … ciudadano de méritos indiscutibles que ha sabido honrar el nombre nacional en las cultísimas sociedades europeas. Saludamos al Dr. Ayala como uno de los buenos hijos de esta tierra...”.

Alejado de la política, se mete de lleno a las cuestiones educacionales para reformar la enseñanza media junto con figuras como José Segundo Decoud, Manuel Gondra, Juan José Soler.

La Revolución de 1904 dio lugar a que asumieran los liberales el poder con el gobierno encabezado por Juan B. Gaona, acontecimiento que representó un profundo cambio en la vida nacional, cuando la Constitución de 1870 ya llevaba tres décadas. El autor también pinta el panorama político, económico, social y militar de entonces para contextualizar los acontecimientos.

A los 32 años, Eusebio Ayala ya era una persona que “había ganado respeto por su inteligencia y preparación en todos los círculos y niveles donde actuaba; como ciudadano, abogado, profesor, diplomático, periodista; pocos contemporáneos de su edad habían escalado tan alto por sus propios méritos”, siempre siguiendo la obra.

El golpe de 1908, encabezado por Albino Jara, lleva a la presidencia al vicepresidente Emiliano González Navero tras la destitución de Benigno Ferreira, y Eusebio Ayala forma parte del comité provisorio que dio las “soluciones gubernativas del momento”.

Eusebio Ayala ocupa la cartera de Relaciones Exteriores cuando “era igualmente una figura consagrada, aunque ajeno a la actividad partidaria; se destaca por su equilibrado juicio, su discurso sereno, cualidades necesarias para dirigir las relaciones internacionales”.

En otro capítulo del libro, otra anécdota refleja su personalidad llena de tolerancia y voluntad: “El doctor Ayala era en extremo puntual respecto al horario, tanto en su vida privada como pública”. Cuentan que durante sus viajes al Chaco siendo Comandante en Jefe, casi siempre esas citas eran a las 6:00, y él llegaba un minuto antes de la hora indicada. Como no es de extrañarse, con la “hora paraguaya” casi nunca estaba nadie para recibirlo, pero él, lejos de indignarse, aprovechaba para hablar con la gente.

En otra ocasión –referida por Marcelle Durand–, el doctor Ayala había ido al Teatro Nacional, hoy Municipal, para una función fijada a las 21:00. Llegó un minuto antes, y como no estaba nadie para recibirlo, dijo a su chofer que diera vueltas a la manzana mientras llegaba la comisión de recepción.

En los primeros meses del año 1912 se dieron los momentos más turbulentos del país, políticamente, en que se sucedieron cuatro presidentes: Liberato Rojas, Pedro Peña (colorado), Emiliano González Navero y Eduardo Schaerer.

Durante esos años, Ayala vivió modestamente en Londres asistiendo a conferencias, visitando museos y cultivándose intelectualmente.

Manuel Peña Villamil cuenta también que después de la Guerra del Chaco frecuentaba la residencia presidencial, la Villa Lydia, ubicada sobre la avenida Mariscal López y Rodó. Así, se hizo amigo de Roger Ayala, a quien su padre educaba con “rigidez victoriana, como gran admirador del sistema de la educación británica”.

El libro del doctor Peña Villamil refleja con suma fidelidad los hechos que se sucedieron en el país durante toda la vida de Eusebio Ayala; sin embargo, no relata en un orden cronológico estricto, sino más bien en un constante flashback, los acontecimientos, para su mejor interpretación y comprensión.

Durante el gobierno de Eduardo Schaerer, en 1912 se modifica la fecha del transmisión del mando presidencial al 15 de agosto, que se mantiene hasta la actualidad. Se inaugura el servicio eléctrico para la capital y la Escuela Militar.

Otro hecho trascendente destacado en la obra es la iniciativa y el protagonismo que tuvo el doctor Eusebio Ayala junto con Manuel Gondra para la colonización del Chaco por los menonitas. En 1919, E. Ayala volvía de los Estados Unidos en barco desde Nueva York a Buenos Aires, junto con el ministro plenipotenciario en Washington Manuel Gondra, y también venía el abogado estadounidense Samuel Mac Roberts.

En una partida de naipes o conversaciones, ambos paraguayos se enteran de que Roberts venía a realizar gestiones para traer colonos menonitas a la Argentina. Ambos consideraron que ese era el tipo de emprendimientos que el Paraguay necesitaba, e inmediatamente se lo comentaron e hicieron el ofrecimiento a Roberts.

El resultado: el primer contingente de inmigrantes –esperados desde 1921– llega al Paraguay a fines de 1926, siendo recibido por el presidente de la República Eligio Ayala a bordo del vapor Apipé. “El doctor Eusebio Ayala fue, sin duda alguna, el artífice de la colonización menonita en el Paraguay”. Al decir de Justo Pastor Benítez, fue un internacionalista, un hombre con mentalidad internacional; un doctor en Mundología.

En las circunstancias más difíciles del país, el doctor Ayala demostró ser tolerante, pero no débil. Tenía una gran firmeza en las decisiones más altas que favorecían a la Nación, como cuando estaba ocupando la presidencia provisional tras la destitución de Manuel Gondra y se discutía si se llamaba o no a elecciones antes de que se completara el periodo presidencial, lo cual iba a ser muy perjudicial para el país. En medio de toda la convulsión generada con la revolución de 1922, encabezada por el coronel Adolfo Chirife, supo sobrellevar la situación, y salió victorioso.

La historia lo juzgó con justicia y, sin lugar a dudas, Eusebio Ayala es uno de los presidentes más destacados del siglo XX. Asumió su segundo mandato como presidente constitucional el 15 de agosto de 1932, cuando la Guerra del Chaco ya estaba en marcha. Fue el gran conductor civil durante la contienda, y gobernó hasta 1936, cuando fue derrocado por la cuartelada del 17 de febrero de ese año, que lo depuso y lo encarceló injustamente con el comandante victorioso del Chaco, José Félix Estigarribia, y puso en el poder al coronel Rafael Franco.

Eusebio Ayala debió vivir en el exilio, y falleció en Bueno Aires en 1942. Solo luego de la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner sus restos fueron repatriados, cincuenta años después, en 1992.

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• Fotos Gentileza/Colección Ramón González Coronel.