Diferentes edades, vivencias, caminos, pero un verdadero amor: la música. Ese arte –coinciden todas– las mantiene vivas. Comenzaron a amarla desde que tienen uso de razón y, por más que cada una haya trazado diferentes caminos, hace unos años empezaron a encontrarse, a consolidar una escena y, ahora, a abrir esa puerta para quienes vienen detrás.
Como un efecto magnético, sus canciones comenzaron a cruzarse. Ellas empezaron a verse identificadas en sus batallas y, aunque distintas, a reflejarse y a disfrutar de la comunión que genera crear e interpretar música.
Rocío Robledo, si bien viene de una escuela de guitarra clásica y hace tiempo hace música, recién ahora empieza a mostrar sus temas. Ese animarse ahora es algo que “tiene mucho que ver con el tiempo que estamos viviendo”, dice.
“Hace diez años no existía una escena de cantautoras. Había algunas, son mis referentes y siempre las menciono: Yenia Rivarola y Claudia Miranda. Ver a ellas haciendo y tocando música diferente, que no tenía que ver con el estereotipo que se espera de las mujeres que suben a un escenario, para mí fue empoderante. Este momento histórico en que las mujeres nos estamos visibilizando en distintas profesiones me ayudó a romper con ese miedo de no ser perfecta”, reflexiona la cantautora.
Parecidas, pero originales
“Cada una llega desde un lugar diferente”, replica Julia Peroni, quien pasó por el grupo Sembrador y ahora lidera un proyecto más personal: Rafaela Mood. “Lo que todos queremos es expresarnos y ser, y las mujeres tenemos muchas cosas tapadas y que todavía no lo hacemos”, piensa en voz alta la cantante. Ella plantea derribar el pensamiento de que “no podemos ser parecidos”, porque entre ellas son parecidas “en muchas cosas” y “en ese parecido, otra vez somos originales”.
María Ríos también es cantautora y lo hace desde muy pequeña. Lanzó su primer disco solista Cantando al sol en 2017, con temas como Mujeres rebeldes que habla de mujeres que sobrevivieron a la época de la dictadura o Letradas, un recuento histórico de las escritoras más importantes de nuestro país: “Yo voy a seguir escribiendo por las mujeres que no fueron recordadas. Sobre las que son ejemplos de que no siempre hay que luchar demasiado para vivir dignamente”, plantea. Ahora ella integra la banda Julianas con otras músicas, y siempre habla en sus letras de mujeres empoderadas.
Stefy Ramírez, quien en 2016 lanzó su primer disco Mundo abstracto, con diez canciones de corte pop rock, se sincera al decir que nunca pensó que iba a dedicarse a la música: “Mi material fue autogestionado y, luego de sacarlo, empecé a tocar por los bares. Me encontraba sola, sin nadie. Después empezaron a salir más artistas y nos juntamos para ofrecer conciertos y eso nos hace sentir respaldadas”.
En ese punto destaca Paty Latorre, quien ahora presenta su proyecto Passiflora, lo “importante” que fue la creación de esta escena de cantautoras: “Podés subir sola con la guitarra al hombro al escenario, pero realmente es muy difícil que alguien surja solita, pero si nos apoyamos, lo podemos conseguir”, destaca la también guitarrista y compositora, que integró la banda Midistroy y ahora además conforma Dead Flower.
Sol Gómez se lanzó al ruedo con sus propias canciones hace un par de años motivada por sus amigas. Antes no se animaba a compartir sus creaciones con el público, pero ahora ya está próxima a lanzar su primer disco. Veía a cantantes internacionales en un nivel en que parecían casi “modelos de pasarela”, algo que no la hacía sentir identificada. Con su onda de jeans y Converse no encontraba en otras una similitud hasta que se animó gracias a sus amigas.
Lucero Olazar –se presenta como Lucero Sarambí– pasó por un montón de bandas conformadas en su mayoría por hombres. Ahora sube sola al escenario, pero realmente nunca lo está, pues tiene a sus colegas. Destaca como virtud la empatía porque es “la batalla que requiere ser mujer y ser música, o ser mujer y querer llegar alto”. “Acá no nos miramos como una competencia. Yo vengo de una escena rockera, metalera, machista. Empecé a tocar a los 16, en bares, pero sufría un montón de acosos, y ahora estoy feliz y orgullosa de que mis referentes musicales sean justamente mis amigas”.
La música como salvación
“Si yo no tenía la música no sé si iba a estar viva”, asegura Paty con la voz entrecortada para recordar que debió mudarse de su casa porque “no había una completa aceptación” de lo que quería hacer: “Es el amor de mi vida. Yo me voy a morir cantando”.
Para Stefy, la música es también un “motor” y es “oxígeno”: “A veces estoy cansada y a veces quiero dejar de hacer esto, pero la música es lo que hace que me levante todos los días”.
“Es mi forma de vida, no me imagino haciendo otra cosa”, dice Lucero: “Siento que si no tengo la música conmigo, el arte en general, voy a explotar”. En tanto, Sol piensa que una definición es “difícil” porque ellas no eligieron ser músicas, sino que la música las eligió a ellas.
“Para mí, la música es lo que me salva, me ayuda a conectarme con las emociones y me da esperanza. Es una expresión sagrada de nuestra humanidad”, asegura Rocío con mucha convicción.
Julia la ve como “un canal” que va más allá, “infinitamente” y anima a las mujeres a que se atrevan a romper esa barrera que dice que expresar algo no es importante.
Hoy todas ellas levantan la voz más fuerte y más seguras que nunca porque se tienen las unas a las otras, y el suelo es también cada vez más fértil para estas sembradoras de canciones.
Compromiso con el arte
Todas estas mujeres coinciden en que un punto que no hay que dejar pasar es el cuidado a los artistas por parte del Estado. Deberían haber políticas públicas para la protección de la salud de los artistas, porque un país muere si no tiene cultura. El ser músico es una profesión que demanda demasiado y en Paraguay no hay una preocupación por la salud de los artistas.
victoria.martinez@abc.com.py
Fotos: ABC Color/Claudio Ocampo.
Prendas: Berdespina.
Locación: Centro Cultural de España Juan de Salazar.
