El misterioso castillo de Piquete Cue

El pronunciado estiaje del río Paraguay hizo emerger con todo su esplendor uno de los tesoros de nuestro patrimonio: el castillo de El Peñón en Piquete Cue. Un lugar que conjuga historia, mito y realidad.

El castillo en enero de 1977 (Archivo ABC Color).
El castillo en enero de 1977 (Archivo ABC Color).

Como extraído de un cuento, el castillo pintado de blanco se levanta sobre un elevado peñasco rocoso en el río Paraguay. En tiempos de crecida, el agua llega hasta sus escalones de material, pero ahora para visitarlo hay que subir los peldaños de una alta escalerilla tipo marinero. Su presencia, como nunca antes, llama la atención: “No damos abasto, especialmente los fines de semana”, dice uno de los canoeros apostados en la ribera aguardando a los pasajeros.

El tour cuesta G. 10.000 e incluye salvavidas y una amena charla con el pescador que ha encontrado una forma de reconvertir su actividad laboral ante el resultado adverso de la sequía y la pandemia misma.

En el trayecto, inmediatamente surge el mito que corre de boca en boca: “Cuentan que un militar había mandado construir el castillo para aislar allí a una hija aquejada de lepra”; otros atribuyen el castillete a una promesa de amor. Pero la verdadera historia cuenta algo muy distinto.

La obra data de 1933 y se la debemos al capitán Lázaro Aranda, quien luego de servir varios años en la Armada Nacional se retiró y se puso al frente de una flota de embarcaciones en sociedad con Mosciaro y Arce. “Durante la Guerra del Chaco, él fue movilizado otra vez y entregó varios barcos de su compañía para el transporte de tropas”, comentó su hijo, el doctor Luis Lázaro Aranda, al Suplemento Dominical de ABC Color, según una nota publicada el 13 de febrero de 1977.

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Conforme al relato, el capitán Aranda “financió totalmente de su peculio” y habría destinado “9.000 pesos–ley de la época” para lo cual mostró un recibo de la firma Terrenoire y Cía. establecida en Villa Hayes y que correspondía a la entrega de víveres y materiales de construcción para el edificio. Otro documento –recibo redactado por Eladio Morel González– da cuenta de víveres proveídos al personal establecido en El Peñón en noviembre de 1933.

Según el doctor Aranda, la obra se hizo para evitar que el peñasco rocoso desapareciera a raíz de las prácticas de tiros al blanco que se hacían sobre él desde el Cuartel de la Artillería de Villa Hayes. La idea de su progenitor era la de instalar en la cima la estatua del teniente de Marina Andrés Herreros con un potente faro en sus manos para que guiara a los navegantes.

El Cap. Jaime Grau, sin embargo, sostiene que el castillo de El Peñón fue construido con fondos “proporcionados por el Gobierno nacional” (ABC Revista 9 de septiembre de 2007) y que el Cap. Aranda utilizaba el castillo para citas amorosas (diario La Nación, 11 de octubre 2020).

Es probable que esto también sea cierto pues su hijo el Dr. Luis Lázaro Aranda además había revelado que una vez terminada la obra, su padre había realizado varias visitas al lugar. “No obstante, nosotros nunca íbamos porque papá evitaba invitarnos”, confesó.

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Luis Verón (ABC Revista del 18 de diciembre de 2016) ratifica que el castillo fue costeado personalmente por don Lázaro Aranda y que la construcción se realizó poco a poco durante diez años. “En realidad, la razón principal fue utilizar ese lugar como faro, pues se le dotó de un mástil en cuyo extremo se instaló una baliza para advertir a los navegantes –en las noches sin luna– de la peligrosidad del lugar...”.

¿Por qué la estatua de Herreros?

¿Por qué la estatua de Andrés Herreros debía ir en la cima? ¿Quién fue? El historiador Fabián Chamorro responde que era un oficial de la Marina que falleció en enero de 1865, en Dorados, cuando cargaba pólvora rescatada del Mato Grosso a comienzos de la guerra. “Era parte de la élite de la Marina paraguaya y uno de los pocos que se había formado en Inglaterra, becado en la época de don Carlos A. López. Era una promesa de la Marina paraguaya y murió en un accidente al empezar la guerra. De mala suerte estamos hablando”, dice Chamorro.

En su libro Asunción y sus calles, Osvaldo Kallsen cita que el teniente Herreros estudió mecánica en los mentados talleres Blith de Londres, que mantenía una estrecha relación comercial con el gobierno de don Carlos. “Tuvo un brillante comportamiento en la inicial campaña de Mato Grosso (diciembre de 1864), con el barco Yporã. Le correspondió seguir a los fugitivos de Corumbá. Este desventurado oficial falleció prematuramente (...) junto con 24 compañeros, al producirse la explosión de una partida de pólvora que embarcaban en un canicular. Antes de la contienda había comandado los barcos mercantes Paraguarí e Ygurey”.

Jorge Thompson en su libro La Guerra del Paraguay cuenta más detalles de cuando los paraguayos ocuparon Corumbá y dice que el vapor Yporã, construido en nuestro país, llevaba como jefe de la expedición al teniente Herreros, quien dio “caza al enemigo” que atacaba desde el Añabay al que logró alcanzar y abordar. “Los brasileros se aterrorizaron; muchos se tiraron al río, donde fueron muertos a balazos; el resto fue completamente pasado a cuchillo”. El jefe brasileño huyó y la persecución siguió por la selva. “Los paraguayos cortaron las orejas a los muertos y las ensartaron en cuerdas que amarraron en los obenques del Yporã”. Cuando la embarcación llegó a Asunción, esas orejas fueron retiradas por “orden suprema”, dice Thompson. La brutal acción motivó un fuerte cruce entre la prensa bonaerense y El Semanario.

Sobre la tragedia que se cobró la vida de Herreros, Thompson detalla: “Bajando el río con sus vapores, Herreros se detuvo en Dorados, arsenal de Mato Grosso, que había encontrado abandonado en su viaje río arriba. Allí encontró otros dos vapores paraguayos, y entre todos cargaron la enorme cantidad de munición y sobre todo de pólvora que existía en aquel punto. Había también un depósito de máquinas. A medio día hacía un calor intenso y la pólvora estaba tan mal acondicionada y almacenada, que los pisos de los depósitos estaban regados de ella, lo mismo que el camino que de ellos conducía a los vapores. El oficial encargado del transporte de la pólvora manifestó a Herreros el peligro de continuar la operación con aquel calor. Herreros sostuvo que no había tal peligro y él en persona relevó al oficial. El depósito voló poco después, matando a Herreros, a otro oficial y a veintitrés soldados. Esto tuvo lugar el 10 de enero de 1865”.

Cuando se supo de la noticia en Asunción “se le decretó un monumento y grandes exequias fúnebres. Era apreciado por todo el mundo y muy bien relacionado”, dice George Thompson.

La idea del monumento en el castillo sigue pendiente, aunque en la cima se encuentra un puesto de guardia y observación del río con elementos de navegación.

Identidad con Tapuá

Aunque El Peñón se encuentra en el lado del municipio de Villa Hayes frente a Piquete Cue, en Limpio, se tiene un gran sentido de identidad y pertenencia con él, pues se considera que, tanto esta piedra como los otros peñascos adyacentes que emergen alrededor, son los que dieron lugar al nombre autóctono de Tapuá (deformación de Ita apu’a –piedra redonda– o ita pu’a –piedra que se levanta–) en tiempos de la conquista española. Además, Irala tenía su estancia y chacra en la zona y es precisamente allí donde se produjo el mestizaje en tiempos del cacique Moquirace.

El limpeño profesor Nicolás Burgos menciona (ABC 15 de enero de 2005) que en la época del general Higinio Morínigo se había remodelado El Peñón con la edificación agregándole más balcones y dotándole de un procesador de energía solar para que pudiera servir de iluminación a los barcos por las noches.

Y aunque durante mucho tiempo el castillo estuvo abandonado, actualmente se constituye en un verdadero polo de atracción para los visitantes, mientras se aguarda a los cercanos jakare yrupê, que probablemente tardarán mucho en reaparecer.

Texto y fotos: Pedro Gómez Silgueira pgomez@abc.com.py

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