Más allá del guardapolvo o el uniforme que caracteriza al “personal de blanco” está un esposo, un padre de familia y un hijo que deben proteger a los suyos. ¿Cómo compaginar esa vida, ese juramento hipocrático con los lazos de amor en el hogar? Tres médicos protagonistas en esta guerra pandémica cuentan su experiencia.
El doctor José Fusillo Ayala (43) es presidente de la Sociedad Paraguaya de Neumología y especialista del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y del Ambiente (Ineram), uno de los hospitales referenciales en la lucha contra el covid-19. Su esposa, Fabiola Estigarribia, es también doctora, médica pediatra, y trabaja en el Hospital General Pediátrico “Niños de Acosta Ñu” y el Ineram. El mayor de sus hijos es Fabrizio (15), la niña es Sofía (12) y el más pequeñito, Enzo, tiene seis años.
Fusillo fue noticia desde los primeros días del ingreso del covid a nuestro país y su rutina ha cambiado radicalmente desde aquel 7 de marzo de 2020. “Hoy en día desde que uno se despierta y durante las 24 horas hay que estar pendiente de todo lo que es covid, ver más de 100 pacientes por día, convivir con la enfermedad en forma constante, desde las llamadas telefónicas, los pedidos de auxilio hasta los requerimientos de información de la prensa. Ha cambiado todo absolutamente y hay que sumarle el seguimiento de los pacientes en forma telefónica, a distancia y eso también genera mucho estrés”, asegura el profesional para quien “prácticamente no hay tiempo libre”.
En paralelo, la profesión y el día a día del hospital también requiere seguir aprendiendo, leyendo todo lo que surja sobre este mal y enseñar a los colegas más jóvenes, que empiezan en la especialidad.
Compartir es clave
En estas condiciones –confiesa– el rol de padre realmente “cuesta mucho” por el escaso tiempo. “Igual trato de ser el que lleva todos los días a mi hijo al colegio porque tiene clases presenciales y por ahí tener un poco de contacto con él y los docentes”. Por las noches también intenta compartir con ellos, aunque las más de las veces llega a las 23:00, incluso a medianoche, luego de largas recorridas por los hospitales públicos y privados.
Y con este ritmo hay que proteger a la familia con los protocolos sanitarios. “Desde el inicio de la pandemia, aquí en casa, prácticamente hemos tenido un entrenamiento exhaustivo y tanto mi esposa como mis tres hijos están bastante concientizados de cómo cuidarnos”.
Esta situación atribuye el doctor Fusillo a la misma experiencia que le ha tocado vivir. “Ya hemos pasado por cuarentenas y, de hecho, fuimos la primera familia que pasó en aislamiento cuando se detectó el primer caso en nuestro país. Después, con la enfermedad en la familia vino otra cuarentena y aislamiento. Los chicos han aprendido conmigo, de tanto verme y escuchar en la prensa, y es motivo de debate en sus grupos”.
Al precisar sobre sus aislamientos aclara que “la cuarentena fue preventiva por el primer caso grave en Paraguay que estaba internado y fue mi paciente. Entonces, el Ministerio de Salud nos mandó a aislamiento a mí y a toda mi familia y se armó un revuelo en el colegio. Las clases se suspendieron. Fuimos los primeros en encerrarnos durante 14 días en aquel momento. Por suerte, no me contagié yo ni nadie allí. Pero después tuvimos el segundo aislamiento porque mi señora dio positivo”.
El tercer confinamiento se dio cuando el doctor Fusillo dio positivo junto con dos de sus hijos. “Solamente mi nena no tuvo la enfermedad. Yo lo sufrí justo un día antes del primer día de vacunación en que me tocaba estar en la lista. No me pude vacunar porque empecé con síntomas. Fueron mis hijos los primeros en tener porque tuvieron contacto con la chica que trabaja en casa que fue la que se contagió y ellos me contagiaron a mí y así sucesivamente. Tuve unos diez días bastante difíciles en casa, en aislamiento, pero por suerte con cuadro leve que no requirió internación”. Pero en ese encierro nunca dejó de trabajar porque todos los días recibía consultas telefónicas de los enfermos.
Una familia en la medicina
José Fusillo Ayala forma parte de una gran familia de médicos. Su padre, el doctor José Domingo Fusillo, a pesar de sus 74 años, también está firme en la lucha contra el covid, siendo jefe de terapia intensiva del Sanatorio Adventista. Allí estuvo el primer paciente de terapia intensiva con covid del Paraguay. “Fue aquel al que le hicimos el diagnóstico que nos llevó a todos en aislamiento”, precisa.
No obstante, la protección a los padres siempre está latente. “Con mi papá tengo mucho contacto en el trabajo. Con mi mamá, Rosalba Ayala de Fusillo, que es bioquímica, es menos. Incluso, hubo meses en que no pude verla hasta que finalmente hoy están vacunados y nosotros también”.
Las hermanas del doctor Fusillo, además son parte del personal de salud, Carla Fusillo es médica y Mariel Fusillo es bioquímica. Su cuñado Mauricio Monti es médico y “es parte de la burbuja médica que tenemos y están vacunados. El único que no es médico es mi hermano Gabriel Fusillo, que es abogado”.
El profesional explica que de este modo la familia conforma una burbuja de personal de blanco en que todos están inmunizados y tienen un poco más de contacto entre sí, “pero siempre con los cuidados porque no hay una seguridad total y no existe la burbuja perfecta”.
De los primeros meses de la pandemia no puede olvidar el estrés que le generaba volver a la casa y tener que cambiarse la ropa. “Parecía que llegaba todo radiactivo, mis hijos tenían miedo de acercarse a mí, yo dormí durante casi 4 meses en otro lugar que no sea cerca de la habitación de ellos. Preparé prácticamente una sala aislada donde no compartía con ellos, pero realmente yo sentía muy difícil, mucha tensión, porque no quería ser el foco de diseminación ni de contagio en la familia y eso requirió bastante cuidado. Con el tiempo fue cambiando y hemos aprendido a convivir y a protegernos todos. Hoy ya es diferente”.
Mis Domingos...
Los domingos tampoco son días libres, debe controlar a los pacientes internados en sanatorios privados o ir al hospital ante cualquier problema. “Igual trato de tener tiempo los fines de semana por la tarde para compartir con la familia viendo una película, algún partido de fútbol con mi hijo mayor. Con el menor vemos, algún dibujo animado. No somos de salir mucho. El sesgo de ver a diario todo esto hace que prácticamente no queramos salir y, a la vez, hace que el tiempo que tenemos en el hogar se optimice plenamente. Hoy valoramos muchísimo el momento que podamos estar juntos y apreciamos eso. Ojalá pronto puedan ser más y compartir mucho más con la familia”.
Linaje de médicos
Padre de tres hijos, Santiago Andrés, María Belén y Lorena Betharram, el doctor Felipe González está casado hace 33 años con la doctora Judith Villalba, dermatóloga. Todos pertenecen a un linaje profesional. Santiago es médico, María Belén es pediatra y Lorena, psicóloga. “Hace unos años me dedicaba mayoritariamente a la actividad privada. Pero luego de una experiencia que marcó mi vida, un vuelo accidentado con mi señora, me encomendé, prometiendo que si salíamos de esa situación, volvería a dedicarme a la actividad pública”, confiesa.
Cuenta que la pareja abrió primero el programa de Cirugías Cardiovasculares Congénitas en el Hospital Pediátrico Acosta Ñu, donde están hasta la fecha. En 2015 fue designado como director del Ineram y a partir de ese momento formó parte activa en el fortalecimiento de las áreas críticas.
“Cuando recibo informes el 5 de enero (de 2020) de que este nuevo virus no era parecido en su comportamiento a nada conocido, comienzo a reunir al equipo de trabajo del hospital. Les comento de la situación y de lo inevitable del arribo de este nuevo coronavirus a nuestro país, atendiendo lo globalizado del mundo”, recuerda al destacar que “no pasaron ni dos meses y en marzo aparecieron los primeros casos”.
Ese “algo desconocido” y el temor de poder llevar al hogar, explica el doctor González, “nos obliga a extremar medidas de protección, adaptando protocolos de prevención muy rígidos en el hospital y en la casa a fin de evitar contagios. Fueron meses difíciles porque los integrantes de mi familia están todos ligados a la salud”.
El temor era creciente porque si bien el Ineram recibía equipos de protección personal, aún no ocurría lo mismo en los servicios privados y públicos donde trabajaba el resto de su familia y, por tanto, no se preparaban de igual forma.
“Fueron meses de adaptación y separación, con el núcleo de mayor edad, mis suegros, a quienes a pesar de estar separados por la calle no pudimos visitar en lo que fue de este año de pandemia. Pero todas las medidas tomadas dieron su fruto porque nadie de la familia se contagió”, resalta.
Devoción mariana
El doctor Felipe González es profundamente religioso. “Desde el principio, uno de los detalles que más debo reconocer que nos ayudó muchísimo, fue encomendarle a la Virgen María la protección de todo el personal y del hospital a fin de dar respuesta al tremendo desafío de lo desconocido”.
Asegura que puede dar testimonio de ello, porque “veníamos de semanas al límite con el oxígeno y se dio el milagro con la ayuda que recibimos el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima. Me encomendé a ella y le encomendé a los pacientes graves que teníamos. Trabajamos denodadamente para levantar la segunda planta de oxígeno en el Ineram. Cooperantes como Tecnoedil nos prepararon la plataforma para apoyar dicha planta, el apoyo de la ANDE para la instalación de la acometida de la planta, la ANNP con su grúa para levantar 10 toneladas de equipo, apoyados por el Codena, la Municipalidad de Asunción que podó los árboles que obstruían el paso del equipo, la Policía Caminera que abrió paso al traslado y la Secretaría de Emergencia Nacional, que nos apoyó con un nuevo compresor; además del trabajo del equipo humano del hospital, Praxair que nos dotó de la unión para la entrada hacia los pacientes... Todos, con el apoyo del Ministerio de Salud Pública, permitieron que en 24 horas entremos a proveer de ese vital insumo, el 13 de mayo, de manera continua hasta la fecha”.
El profesional afirma que tres meses de insomnio precedieron a este momento. “Cada vez que estábamos en una situación compleja, poniendo en manos de nuestra protectora, surge alguien llamativamente que viene y se pone a disposición para solucionar el problema”.
Una historia enternecedora
Entre sus anécdotas conmovedoras el doctor González cuenta que el último paciente con cardiopatía congénita que operaron en el hospital pediátrico le permitió experimentar una sensación increíble.
“Varón de 6 años ingresó al quirófano, con una cajita donde decía que estaban atrapados todos sus miedos. Es increíble la fantasía y la inocencia de un niño. Traté de ponerme a la altura de su fantasía, ofreciéndole primeramente mi celular y mi audífono con bluetooth. Le coloqué una película animada de Neflix y el mismo se entregó totalmente. Habíamos establecido un acercamiento que permitió no someterle a sedación previa. Esto nos enseñó que a veces si nos ponemos a la altura de la fantasía de un niño y borramos su miedos, ese acercamiento se da sin trauma alguno ni necesidad de medicación porque colaboran con uno”.
Mis Domingos...
Los fines de semana son el momento de hacer una pausa y pasar con mis hijos y mi señora. Soy el cocinero, nos turnamos con mi hijo, quien es el asadero oficial, me destronó de ese lugar. Lo importante es darse esa pausa y darle ese tiempo a la familia, la vida es corta y hay que vivirla con la intensidad que el tiempo te permita, ayudando a los demás es lo que me mueve a levantarme día a día.
Todo es 24/7
Con toda seguridad el doctor Carlos Morínigo, exministro de Salud y neumólogo del Ineram, afirma que la pandemia ha cambiado la rutina, no solamente de los médicos, sino de todas las personas. “Para todos nosotros, hoy en día y como médico todos los días son iguales. Ya no existe un fin de semana tranquilo para compartir con la familia en forma continua. Más todavía para disfrutar con los hijos que nos necesitan por atención, por cuidados, la ausencia nuestra se siente aún mucho más”.
En estas circunstancias, cumplir a cabalidad el rol de padre “es bastante complicado debido a que uno debe suministrar el tiempo necesario para poder compartir, y en la situación en la cual estamos nuestro deber y, sobre todo, nuestra profesión hace que las 24 horas estemos pendientes al llamado de los pacientes o una emergencia, y eso hace dificultoso el compaginar, pero siempre se buscan horarios y situaciones”.
De este modo se puede lograr de repente alguna escapada para salir a andar en bici, moto o ir al interior. “Uno debe buscar esos pequeños momentos, espacios para dedicarse a la familia”, asegura.
No obstante, menciona que en verdad “es un riesgo constante el compartir con los hijos, más todavía porque ninguna persona en mi familia, ni mi esposa Claudia, ni mis hijos Marcos y José Ignacio, han tenido covid. Entonces, uno debe tener en cuenta esa situación y manejarse con mucho más cuidado”.
De las cosas que cualquier persona extraña es tomar el tereré con los integrantes de la familia y darse algunos gustos. “Pero cuando llego del trabajo, lo primero que hago es asearme y después convivir con mi hijo la máxima cantidad de tiempo”.
Una situación especial y difícil siempre pasan los padres cuando tienen un adolescente que, más aún con la pandemia, está metido en su habitación, en juegos de computadoras y “uno debe sacarlo de allí para tratar también de darle salud mental y no estar todo el tiempo encerrado en los juegos. Es muy importante el relacionamiento”, sostiene.
Morínigo también extraña las visitas a su madre. “Desde que comenzó la pandemia prácticamente en pocas oportunidades fui a visitar a mi mamá –mi papá ya falleció–, pero en este caso siempre con los recaudos correspondientes y, aunque ahora ella ya se vacunó, de todas maneras hay que seguir con las medidas de bioseguridad”.
Un descuido con el tereré
Como todo ser humano hay momentos de descuido, sobre todo cuando compartimos con los seres queridos en familia. Y es lo que le pasó al doctor Morínigo cuando su hija María Ángeles, que vive en Brasilia, vino a Paraguay de visita en enero de este año y él, sin saber que estaba con covid, le contagió. “Feliz con la visita, en una de esas no tomé la precaución y le invité con mi tereré. Había sido estaba con el covid y le contagié”, relata.
No quedó más remedio que los dos guardaran cuarentena durante 14 días juntos en una pieza. “Fue un momento en que realmente nos encontramos después de muchos años, ella tiene 24, y puedo decir que en todos estos años fue el mayor tiempo que pasé con ella debido mismo a mi profesión, que las más de las veces me impide tener espacio de calidad con ella. Pero esta enfermedad hizo que estuviéramos 14 días juntos, pasando fiebre, dolor y cuidándonos uno a otro. Es una anécdota que recalco porque fue una situación difícil en que realmente estrechamos más el lazo entre padre e hija”.