Miguel y los duendes del museo

Muchas personas pertenecen al staff de colaboradores del Museo del Barro; pero siempre hay alguien especial que se identifica con un sitio. Hoy conocemos a quien lleva años en contacto con aquellas piezas que por el momento no se ven.

Miguel en su entorno preferido, el Museo del Barro. Fotografía de Pedro González, ABC Color.
Miguel en su entorno preferido, el Museo del Barro. Fotografía de Pedro González, ABC Color.Pedro González, ABC Color

Asunción está llena de fantasmas. Si no, que lo diga Miguel Ángel Gómez, quien lleva 20 años trabajando en el Museo del Barro en Isla de Francia. Cuando el recinto queda en soledad, con la compañía de las obras de arte, en varias ocasiones tuvo miedo recorriendo el silencioso espacio. No pocas veces escuchaba pisadas, sobre todo en el sector del Museo de Arte Indígena. “Son pisadas de un hombre grande las que yo suelo escuchar, bueno, ya no”, comenta sonriendo, pues dice que quizás solo se sentía sugestionado por la cantidad de imágenes con las que estaba en contacto, muchas de ellas máscaras, arte plumario y otros atavíos de rituales pertenecientes a diferentes grupos étnicos de nuestro país.

Situado en uno de tantos lugares que no hace mucho estaba lleno de “bosquecitos”, el Museo del Barro tal vez conserve duendes y es ya un ícono en el barrio de los viveros de flores. Comprende, además, el Museo de Arte Indígena y el Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo.

Miguel Ángel Gómez, día a día, desde su llegada –bien temprano– se encarga de hacer un recorrido completo del museo y revisar todas las instalaciones. Cuando hay visitantes, también está atento “por cualquier cosa”.

En el depósito prácticamente se pierde entre las obras que ahí se guardan. “Hay mucho trabajo en el depósito”, cuenta y añade que lo principal es mantener las obras libres de polvo, ya que, al tener piso de polvo de ladrillo, hace que se impregne fácilmente por todo el lugar. Recuerda en sus primeros años haber sudado la gota fría en el lugar, pero ahora está aclimatado. Es uno de los sitios preferidos de Miguel, pues disfruta de los momentos en soledad con tanto arte, explica.

Es que ahí observa en cuerpo y alma todo tipo de manifestaciones artísticas, como cerámica, talla de madera, tejidos como el ñandutí y otros, dibujos y pinturas, etcétera. La cantidad de piezas es enorme. “De que son muchas, son muchas”, enfatiza. Estas piezas permanecen en reposo por largos periodos de tiempo, hasta que salen a la luz para alguna exposición, pero Miguel ya las conoce al detalle.

“Con el señor Carlos lo que más iba al depósito; él me enseñó muchísimo”, dice en referencia al célebre arquitecto y artista Carlos Colombino, quien fuera uno de sus jefes por muchos años. Lo recuerda con mucho cariño y conserva de él varios dibujos que fue recibiendo como obsequio con el correr de los años.

De tanto estar en contacto con el arte, hoy Miguel reconoce obras de Colombino, Migliorisi, Toranzos o Salerno al dedillo, pero admite que no suele ser los suficientemente curioso como para preguntar cosas sobre las obras o sus técnicas. Su intención al retirarse es el de dedicarse a vender frutas en su casa, en Mariano Roque Alonso, donde –quién como él– cuelga en sus paredes obras de grandes referentes del arte de nuestro país, a quienes tuvo la dicha de conocer y tratar mediante su trabajo en el museo.

Sepa más en:

museodelbarro.org

Instagram: @museodelbarro

Facebook: CAV/Museo del Barro

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