El pasado viernes 6 de febrero, el Teatro Latino abrió su temporada 2026 con Odelirá, espectáculo integral con Clara Franco, que combina humor, música, baile y personajes emblemáticos.
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Dirigido por Hugo Luis Robles y producido por Blue Art Paraguay, Odelirá no es solo un recorrido por su carrera, sino una celebración del universo Franco: ese territorio donde la risa convive con el miedo, la fantasía con la disciplina y la máscara con una verdad muy profunda. “Yo siempre deliré mucho”, dice Clara ya riendo desde el principio en esta charla para ABC Revista. Y no lo dice como consigna artística, sino como una forma de explicar su vida.

Una infancia donde el arte era el estado natural
Clara María de los Ángeles Franco Riquelme nació en San José de los Arroyos, en una casa donde el arte no era una actividad separada de la vida cotidiana. “Desde que tengo noción de la vida, tengo experiencia con el arte”, recuerda. Su padre es el autor de la Misa Folclórica Paraguaya y la música atravesaba todo: la casa, la iglesia, el juego, el silencio.
“En mi casa siempre se vivió eso. La música y el arte nos rodearon siempre”, dice. Segunda de seis hermanos, Clara creció en un entorno donde la expresión estaba permitida y estimulada. Había coro, danza, declamación, grabaciones caseras en casetes y una madre que, según ella, “se encargaba de moldearnos”.
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La infancia aparece en su relato como un territorio fértil y salvaje: juegos con primas, disfraces improvisados, imitaciones constantes, casas en los árboles, búsquedas del tesoro. “Fue una infancia de conexión con la naturaleza, cuentos de hadas y mucha fantasía”, resume.
El primer recuerdo con público es casi accidental. En un festival de declamación, una mala pronunciación infantil provoca risas. “Yo decía ‘perjume’ en vez de perfume. La gente se rió y yo pensaba: ‘¿Qué les pasa?, ¿de qué se ríen?’”. La risa no fue comprendida, pero fue registrada. “Después pensé: ‘Ah, bueno, se rieron, está bien entonces’”. Sin saberlo, algo había quedado marcado.

Antes del humor, el canto
Durante muchos años, Clara creyó que su camino estaba en la música. Junto a su hermana, se formó como cantante, estudió, viajó y se proyectó en ese rol. “Yo iba a ser cantante al lado de mi hermana”, dice. Incluso viajaron al exterior para capacitarse.
El humor no aparece como una decisión consciente ni como una estrategia. Aparece como un desvío natural. En los festivales escolares ya imitaba a profesores. En su pueblo observaba personajes y los recreaba. “Había un señor que anunciaba cosas por parlante, le decían ‘Paca’. Cuando moría alguien, ponía música cachaquita. Yo hice un sketch que se llamaba Paca y sus Pocas”, recuerda entre risas.
Pero la vida también tuvo pausas bruscas. Una separación artística con su hermana, problemas en la voz por nódulos, regresos forzados. “Volví a San José, después a Asunción. Trabajé como telefonista en un shopping, después en un banco”. Mientras tanto, el deseo seguía intacto. “Yo ya quería estudiar teatro”, dice, aunque terminó pagando una carrera universitaria a la que nunca asistió.
El anonimato que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó con la radio Rock & Pop. Hugo Rubín fue clave. “Él me decía: ‘Hacé voces, hacé personajes, total nadie te va a ver’”.
Ese anonimato fue liberador. “Yo feliz, porque nadie iba a saber que era yo”. Ahí empieza a surgir la humorista. A la par aparecen trabajos en El Conejo, participaciones con Clotilde Cabral y una vorágine creativa intensa. “En esos años mi cabeza estaba a mil. No tenía tiempo para mis depresiones”. Habla de eso sin dramatismo, casi al pasar. Como si nombrarlo fuera suficiente.

La Yuyera y el miedo como motor
Cuando Clara habla de La Yuyera, no habla de seguridad ni de dominio escénico. Habla de miedo. “¿Por qué estaba tan disfrazada y escondida? Porque me cagaba en las patas”, dice, sin rodeos.
Lentes, rellenos, ropa prestada, una forma de hablar acelerada. “No quería ser yo, quería salir de mi cuerpo”. El personaje nace como refugio. Pero también como estudio. “Luis D’Oliveira me enseñó que no es solo salir por salir. Hay que construir”.
La Yuyera es la caricatura de una mujer real. “Esa mujer que se levanta a las dos de la mañana, se acuesta a las ocho de la noche, limpia, cocina y encima tiene que estar alegre para vender su yuyito”. Clara la defiende con pasión. “Las yuyeras son maravillosas”.
Hubo momentos en que quiso desprenderse del personaje. “Me decían que era argel. Incluso hace poco me dijeron que debería cambiar”. Ella se pregunta por qué. “Esos personajes son más yo que yo misma”. En una confesión íntima, recuerda haberle dicho a un pa’i: “Padre, me siento más auténtica con mis máscaras que siendo yo misma”.
Hugo Eusebio, Ronchi, La Piroca. Cada personaje tuvo su tiempo. “Hugo Eusebio tardó tres o cuatro años en ser lo que yo quería”. Primero fue radio. Después televisión. “Cuando entré al estudio disfrazada casi me sacan porque no me reconocieron”.
En ese sentido, Clara entiende el humor como herramienta para romper barreras. “De adolescente no soportaba la grosería de algunos hombres. Todo lo que no podía expresar lo convertí en personaje”. La Piroca, por ejemplo, “jura que es sexy y cueronísima. Ella no vive su realidad, delira muchísimo. Yo eso no lo haría nunca en mi vida real, pero a ella le creo”.
No es casual que sus personajes femeninos tengan voz, deseo, contradicción y exceso. Son exageraciones, delirios, sí, pero también declaraciones.

El peso de ser la que hace reír
Hay algo que atraviesa toda su carrera: la imposibilidad de no dar. “¿Cómo voy a ser humorista y no bancarme a alguien que se acerca, por más que yo esté destruida o me duela algo?”. Clara no puede ignorar a la gente. “No puedo decir que no”, dice, comparándose con Yes Man, la película de Jim Carrey.
Habla de tristeza, de momentos difíciles, de inseguridad. Y de cómo todo termina volviendo al escenario. “Incluso en situaciones difíciles, pido a Dios que la cosa mejore, pero sé que después voy a usar eso para mis sketches”.
Su entorno lo sabe. Sus compañeros la tientan, la provocan, la sacan de eje. “Me puedo estar maquillando diez horas para ser Celia Cruz y me cambian el nombre”. Ella se ríe. “Con mis personajes propios eso no pasa. No me los pueden cambiar”.
Odelirá: ahora es su turno
Durante décadas, Clara trabajó para otros formatos, otros proyectos, otros elencos. Programas como Camino al Éxito, Parodiando, Telecomio, Nuestros Fantasmas, Me Cargo de Risa, obras teatrales y espectáculos colectivos. Odelirá es distinto. “Nunca llevé La Yuyera al teatro. Este es mi primer unipersonal”.
Hoy se siente lista. “Ahora me siento con esa capacidad”. Agradece a Hugo Luis Robles, a Dulce Yanho, a Gustavo Cabaña. Y también a sus hijos, que forman parte del equipo. “No les obligo a seguir mi camino, pero me acompañan hermosamente”.
En su vida personal, el humor convive con lo humano. “De repente estoy llorando en medio de una tragedia y mis hijos me dicen: ‘Mamá, ponete bien’”. Se queda en silencio un segundo y agrega: “A veces uno no puede estar del todo feliz, pero así es la vida”.
Treinta años después de aquella primera aparición televisiva en 1989, Clara Franco sigue siendo esa niña que deliraba jugando. Una artista que convirtió el miedo en máscara, la máscara en personaje y el personaje en puente. Su historia no es solo la de una humorista exitosa. Es la de una mujer que hizo del arte una forma de sobrevivir, de decir, de sentir.
Y quizás por eso Odelirá no es solo un show. Es una celebración del delirio compartido. De la risa que nace de lo más hondo. De una vida entera puesta en escena.

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Funciones todos los viernes y sábados de febrero a las 21:00 y los domingos a las 20:00
Teatro Latino (Tte. Fariña casi Iturbe)
Entradas a la venta por Ticketea
