Jorge Drexler está de regreso. Si en Tinta y tiempo (2022) se sumergía en las dudas del oficio —preguntándose sobre la inversión de emoción y el valor de la espera—, en su nuevo álbum, Taracá (2026), parece haber encontrado algunas respuestas, o al menos el ritmo para convivir con las preguntas que nunca dejará de hacerse.
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A lo largo de su carrera, el uruguayo ha jugado a desmentirse a sí mismo con elegancia. Del “músico que no baila”, pasamos al pulso de Bailar en la cueva (2014) y a la introspección de Salvavidas de hielo (2017). Pero es en este nuevo trabajo donde Drexler aparece en un estado de gracia absoluta. Advertencia para el lector: lo que hizo es un álbum bailable, que no suelta en ningún momento esa “filosofía filosa” que lo define. El mismo ya está disponible en todas las plataformas digitales.
Para dar vida a Taracá, Drexler trazó una cartografía de aliados de todas las edades, pero con un norte claro: su raíz. El candombe es la columna vertebral de este disco, un ADN rítmico que lo atraviesa todo. Esta entrega total a la búsqueda se explica en un mapa de colaboraciones donde conviven su vasta trayectoria con una inquietud inagotable por lo nuevo. Taracá está bordado en su ingeniería y producción por el talento de una joven guardia uruguaya —Lucas Piedra Cueva, Tadu Vázquez y Facundo Balta—, que dialoga de forma inesperada con figuras clave de la escena puertorriqueña como Mauro y Gabo Lugo. Es en ese cruce entre el Río de la Plata y el Caribe donde Drexler conecta tradiciones para construir un sonido atemporal y cargado de frescura.
Ese espíritu colectivo se traduce en un mapa sonoro donde las fronteras parecen borrarse. En Taracá, Drexler logra que el canto de plena de Américo Young conviva naturalmente con el pulso callejero de la comparsa La Dominguera o la guitarra histórica del maestro Julio Cobelli. Es un ecosistema musical donde la presencia flamenca de Ángeles Toledano y el magnetismo urbano de Young Miko encuentran su lugar junto a la potencia de la murga Falta y Resto. Todo este despliegue, que incluye desde arreglos sinfónicos hasta la raíz más pura del proyecto Rueda de Candombe, convierte al álbum en una pieza cargada de una frescura que solo nace del diálogo entre generaciones.
“Quise volver a grabar en casa, en mi Montevideo, donde mis padres se conocieron y donde me trajeron a este mundo hermoso y terrible”, escribe en los créditos de un álbum dedicado a la memoria de su padre, Gunther Drexler Schlein, fallecido en 2024.
Este remover de sentimientos es el evento fundacional de una obra que es más que un concepto estético; es una declaración de principios. Para entenderlo, ABC Revista viajó de forma exclusiva a Montevideo el pasado 24 de febrero. En la calidez del Estudio Elefante Blanco, entre el aroma de un asado que se cocinaba de fondo y una sencillez que desarma, Jorge nos recibió para escuchar sus canciones en la intimidad de quien invita a un viejo amigo a su casa. Allí, entre el sonido del “tambor chico” y reflexiones sobre la Inteligencia Artificial, el artista nos recordó que, aunque la gente pasa, las palabras quedan.
— Hola, Jorge, ¿cómo estás? Primero, muchas gracias por invitarnos.
— Bienvenida, Mavi. Hace mucho que no nos veíamos. Bienvenida a Montevideo.
— Espero que también puedas estar por Paraguay pronto. Vamos directamente a lo que nos trae acá: una canción —y miles de canciones— nos trajeron hasta aquí. Quería saber sobre el sentido de este disco y el “volver a casa” en diferentes aspectos. ¿Te hizo reconectar con cosas tuyas de hace muchos años o, quizás, descubrir elementos nuevos que estaban allí?
— Las dos cosas. Me hizo reconectar con aspectos muy antiguos míos y de mi relación con el país, y también descubrir un momento nuevo en la música uruguaya que me parece fascinante.
Desde la Rueda de Candombe con la Selección Uruguaya Sinfónica (SUSI), de Nacho Algorta, y el retorno de la murga Falta y Resto, hasta el mundo de lo urbano en efervescencia a través de Tadu Vázquez o Young Miko. También el universo de la música más joven con gente como Facundo Balta, un compositor e instrumentista de primerísimo nivel que está brillando en su generación, coexistiendo a la vez con monumentos de nuestra cultura como Julio Cobelli en la guitarra, quien fue guitarrista de Zitarrosa. Todo eso pasó en esta habitación en la que estamos tú y yo ahora.
— Y esto del origen, de Montevideo, la familia, los amigos de siempre... Es como si vinieras a buscar el oído de tu amigo Carlos Casacuberta, y el corazón también, en un proceso donde aparecen sonidos nuevos. ¿Cómo se te ocurre integrar esos consejos esenciales para vos en esta mezcla?
— Carlos Casacuberta es mi amigo más antiguo; está más cerca de ser un pariente, una especie de hermano. Nuestros padres eran mejores amigos entre sí y nuestras madres también. Tenían una gran amistad y nos criamos juntos desde muy chiquitos.
Realmente no recordamos cuándo fue la primera vez que estuvimos juntos, probablemente fue de bebés. Él fue responsable de tres álbumes fundamentales para mí: Frontera, Sea y Eco, que fueron discos de absoluta importancia dentro de mi carrera y por lo que significaron para mi proceso. Siempre es un privilegio contar con la visión de Carlos.
Él tiene una perspectiva macroscópica del contexto y de la realidad; no solo domina el formato canción, sino también su contexto histórico. Me encantó tenerlo en ese rol de: “Mira, tengo esta idea”, “Mira esta otra”, “¿Qué te parece esto?”. Sus opiniones generales y participaciones están presentes en varias partes del disco.

— Y también lo que mencionabas en el encuentro donde pudimos escuchar el disco: ese cruce generacional de personas que aparecieron en tu vida, como Casacuberta o la nueva generación uruguaya —por ejemplo, Tadu Vázquez o Facundo Balta— y todos los demás productores. ¿Cómo es ese diálogo, ese aprendizaje? ¿Tenés que desaprender cosas, adaptarte a su mundo? ¿Viceversa?
— Yo tengo que aprender cosas, tengo que abrirme a su mundo y ellos al mío; supongo que ellos aprenderán cosas de mí también. A mí me encanta interactuar con gente que tiene una visión diferente de mi entorno. Es como si el prisma fueras vos y tus canciones; eso se mueve, pero se mueve poco. Lo que puede cambiar mucho es la incidencia de la luz y el ángulo desde el que lo mirás. Cada persona de una generación o un estilo nuevo es un ángulo de luz diferente sobre un mismo prisma. Entonces, se producen reflejos que son nuevos y viejos a la vez. Es una experiencia muy importante para redimensionar lo que uno hace.
— Y en esto de arrojar luz, por parte de Facundo o de Tadu, por ejemplo, ¿qué cosas aprendiste de ellos?
— Aprendí cosas muy concretas que tienen que ver con lo musical y con participaciones directas en la composición. Fue Tadu Vázquez quien me sugirió escribir una canción que se llamara Toco madera, aprovechando la ambivalencia: la acepción de “tocar madera” en el candombe —que es tocar la clave en el costado del tambor— y el acto de tocar madera para atraer la buena suerte, un ritual muy extendido.
Eso nació de una idea de Tadu. No se me ocurre una influencia mayor que la de una persona que determine el nombre y el curso de una canción. A veces pensamos que el productor vendrá a enseñarnos un acorde, un sonido, una reverberación o una manera de encarar la música; pero, para mí, el trabajo más importante es el de la concepción de la canción, el de la primera instancia.
Por ejemplo Carlos Casacuberta me dijo: “¿Por qué no escribís una canción que se llame Ante la duda, baila?“, y de ahí surgió ese tema. Facundo Balta me señaló que le gustaba la onomatopeya “Taracá”, del tambor chico, porque suena como “estar acá”, algo de lo que yo no me había dado cuenta. Enseguida lo asociás con el “estar acá y ahora”. Además, “Taracá” tiene una sonoridad muy local, de Uruguay —que, por cierto, con el acento parece una palabra guaraní—. En España se usa el adverbio “aquí”, pero en esta región usamos el “acá”. Entonces, cuando digo “Taracá”, estoy dando una geolocalización.
— El disco navega también —yo siento— por mucha incertidumbre; desde tocar el tema de la IA hasta la aparición de lo ritual, como en Toco madera. Pienso si, mientras más tecnología hay en el mundo abrazándonos constantemente, con ese bombardeo de noticias que nos cuesta descifrar qué es real y qué no, más buscamos volver a estos rituales. Es decir: volver a “estar acá”, a la gente, a nuestra familia. ¿El disco fue un intento consciente de humanizar de nuevo, de volver a esos lazos?
— Fue un acto consciente de reconectar. Tiene que ver con muchas cosas que pasaron en 2024 y que cuento un poco alrededor del disco; específicamente con la muerte de mi padre. Mi madre ya se había ido hace unos años y, cuando te pasa algo así, dejás de ser hijo para pasar a ser solo padre. No sé qué le pasará a otras personas, pero yo tuve ese impulso de reconectar, de tocar tierra, de saber dónde estaba y de volver a una especie de raíz para reafirmarme a partir de eso.
— En eso que decís de “tocar madera”, me gusta lo que explicaste: que la onomatopeya del nombre del disco es el sonido del tambor chico. ¿Sentís que “estar acá” y todo lo que pasó alrededor es un sonido que te mantiene conectado con esta tierra?
— Uno es lo que es. Yo creo que hay un punto en el que ni podés esconderlo —aunque quisieras, y no es mi caso— ni tampoco podés exagerarlo. Simplemente tenés que seguir el impulso. Todas las explicaciones personales de reconexión, como haber cumplido 60 años y 30 viviendo en Madrid, te llevan a un momento decisivo en la vida en el que decís: “A ver, ¿qué voy a hacer?”.
Esas circunstancias personales están acompañadas de realidades musicales que no tienen que ver conmigo; es simplemente seguir el impulso de decir: “Mirá qué bonito es lo que está pasando en Uruguay, mirá qué bueno que tengo acceso a eso y lo quiero vivir”. Quiero curtir eso: grabar con la Rueda de Candombe, con Tadu y con el mundo del trap uruguayo. Está Facundo Balta, quiero grabar con él. Nacho Algorta haciendo plena sinfónica con su orquesta, la SUSI ¿cómo me voy a perder eso? Está Julio Cobelli en activo, quiero trabajar con él. Y con Falta y Resto con el Pitufo Lombardo dirigiéndolos. Tuve la oportunidad de incluirlos en un disco. Fue todo muy rápido; todo pasó en muy pocos días acá adentro. Cada día, en este espacio, teníamos una de esas instancias geniales con músicos uruguayos que venían a subir el listón del disco, y a subirlo de vuelta, y de vuelta. Cuando volvimos a Madrid, no podíamos creer el material que teníamos.
— También es muy importante reconocer y darle crédito al talento local. Leía en tus agradecimientos que, justamente, no sabías cómo agradecer a toda la gente que participó.
— Para mí, la gratitud es un sentimiento sumamente importante. Ser agradecido es una de las cualidades que más me gustan en otra persona, por ejemplo, así que intento practicarla por mi lado también. Es fundamental la gratitud... y la amabilidad; ser amable y ser amoroso.
— Me parece muy importante ser amable, sobre todo en este mundo que últimamente está tan revuelto a nivel global.
— Como decía Borges, hablando de un personaje concreto: “Le han tocado tiempos muy difíciles para vivir, como a todo hombre”. Siempre ha estado todo muy revuelto. A ver... si agarrás a una especie y la volvés consciente de su propia finitud, la condenaste a tener una vida revuelta. Es decir: siempre va a ser un lío ser un ser humano. Si no hubiéramos sido conscientes de nuestra propia finitud, a lo mejor habríamos sido más felices; pero una vez que tenés esa bendición y esa cruz encima, estás destinado a tener una vida compleja. Pero te corté, me ibas a preguntar algo más, Mavi.
— Era justamente eso que decís, me hace pensar que sí es cierto. Quizás ahora, por el tema de la tecnología, podemos saber todo el tiempo qué está pasando en otro lado, en otro país. Es mucho más preocupante.
— Pero tenemos herramientas para hacer frente a eso también. Me parece buenísimo y tenés toda la razón. Pero cuando el ser humano no sabía lo que pasaba en otros países, se lo imaginaba. Y yo no sé qué es peor. Nunca dejamos espacio para no imaginarnos lo peor siempre. Mi perra no sabe que se va a morir, yo sí sé que me voy a morir yo y que se va a morir ella. Una vez que empezás así, ya mal vas. Porque si no tenés ninguna información, estás aislado, vivís en una montaña con tu tribu, todo el resto del mundo igual te parece fantástico. Un trueno te parece un ser humano, te parece que tiene una intención. El cambio del viento tiene una intención. Empezás a interpretar.
Siempre hemos interpretado. Cuando no teníamos información, teníamos imaginación. Y ahora combinamos información con imaginación porque las redes sociales te dan un montón de información, pero te la seleccionan para ti. Entonces también tenés una visión fantasiosa del mundo. Las redes sociales te dicen todo el tiempo —empezando por el ChatGPT, que hacés una pregunta y te dice: “¡Qué buena pregunta!”—, te valida todo el tiempo. Pero a Facebook le decís: “Yo pienso que tal grupo social son todos ladrones”, y Facebook te dice: “Mira, te voy a devolver esta información y te voy a dar la razón”. O sea, el prejuicio es sumamente retroalimentado por las redes sociales porque te hacen sentir que todo el mundo piensa igual que vos y tiene los mismos prejuicios y comparte las mismas fobias. Eso, no sé si no es mejor no tener información y tener imaginación.

— Pero bueno, en el disco hablás también del poder de la palabra; que es cierto, la palabra —como la usamos— tiene mucho poder. Y eso a veces me asusta un poco: pensar en cómo las malas palabras o las malas intenciones nos pueden herir. Pero si le damos la vuelta a eso, tenemos también mucho poder con la palabra como herramienta para hacer el bien.
— A veces me parece que sí, a veces no tengo tantas esperanzas sobre el poder de la palabra, pero tengo una canción que habla de mi lado optimista con respecto a eso. O fatalista porque también, como dices tú, también sirve para lo malo. Así que cuidado: usemos las palabras para dar matices, busquemos sutileza en el palabrerío.
Lo que sí que hay ahora es una liviandad muy grande con la utilización del insulto y la descalificación. Las redes sociales, sobre todo Twitter, que es donde más se nota y se ve, han generado una ola de cobardía monumental. Desde el anonimato, cualquier persona es valiente y dice lo que piensa, pero no da su cara. A mí me da mucha pena, además de dolor personal; yo no soy blanco de ese tipo de cosas, pero las veo pasar mucho. Me da mucha pena por una persona que nunca llega a madurar si no es dueña de su opinión. Si sos dueño de tu opinión inclusive hasta podés tener una opinión muy negativa sobre algo, pero la estás dando tú como en primera persona: te estás haciendo adulto mientras lo estás diciendo. En cambio, si tirás la piedra y escondés la mano, estás retrasando tu propio proceso de desarrollo personal.
— En el último tema, justamente decís: “La gente pasa, las palabras quedan”. Dedicás la canción a tu padre, entonces me gustaría saber si hay alguna palabra o algún consejo de él que te haya atravesado toda la vida y que te guíe hasta hoy en día.
— Hay muchos, pero mi padre era un niño de la guerra y me transfirió una cosa que no sé si es buena o mala, que es: cuando entrás a un sitio, fijate dónde está la salida de emergencia por si tenés que salir corriendo. Me quedó eso de mi padre: el hecho de pensar, de valorar el presente, de saber que el presente es cambiante. De entender que un periodo de libertad y de conciliación puede desaparecer, como está pasando, que el hecho de que la crispación y la polarización mundial han empeorado el mundo en los últimos siete u ocho años; que se ha vuelto un mundo más peligroso que hace siete u ocho años.
— Gracias, Jorge, por tu claridad e inmensa generosidad de siempre.
— Gracias a vos por venir hasta acá.
*Fotografías de Manuel Vélez
