–Maritchu, solés decir que “los hijos no necesitan padres perfectos, sino padres presentes”. En una era de hiperconectividad, donde estamos físicamente, pero digitalmente ausentes, ¿cómo se redefine hoy esa “presencia” para que sea nutritiva y no solo una coexistencia bajo el mismo techo?
–Primero, tenemos que tomar conciencia de que podemos estar presentes físicamente, pero sin estar disponibles, y que eso puede ser muy dañino para nuestros hijos y su autoestima. Generemos espacios sin pantalla, las comidas, las salidas en familia, programas, y también pasemos ratos de calidad con cada hijo todos los días, de modo que sepan y confirmen con nuestra presencia y nuestra atención que son nuestra primera prioridad y que nos interesan sus temas.
–Muchos padres hoy temen poner límites por miedo a dañar el vínculo o por culpa de su propio cansancio. ¿Cómo podemos entender el límite no como un castigo, sino como un acto de amor y una estructura necesaria para la salud mental del niño?
–El límite cuida tanto a los hijos como a sus padres, porque cuando no lo ponemos, nosotros terminamos enojados, de mal humor, y perdemos la capacidad de estar ahí presentes amorosamente. La clave está en aceptar que ellos se enojen con nuestros límites (es natural que sea así) y no nos enojemos nosotros con su enojos, y si son chiquitos o les falta fortaleza interna para hacer caso, que nos pongamos en movimiento para lograrlo, sin enojarnos y sin dejar de comprender su enojo.
–Como experta en desarrollo, ¿qué le está pasando al cerebro de los niños que crecen con gratificación instantánea (pantallas, algoritmos)? ¿Cómo podemos los padres fomentar la paciencia y la tolerancia ante la frustración en un mundo que no espera?
–Los chicos no se fortalecen ni adquieren los recursos que van a necesitar, no aprenden a regularse… son frágiles, yo digo que ¡se ahogan en un dedal! Estamos viendo un aumento en diagnósticos de ansiedad y depresión en edades cada vez más tempranas.

–Desde tu perspectiva, ¿cuánto de esto es una patología real y cuánto es un síntoma de una dinámica familiar que necesita ser revisada?
–Es una patología real y seguramente sea una combinación de cuestiones personales y ambientales. Si no acompañamos a nuestros hijos a esperar, frustrarse, aprender a esforzarse, encontrar caminos de resolución para sus dificultades, y no los acompañamos en los dolores inevitables de la vida van a aparecer síntomas como ansiedad y depresión y muchos otros. Creímos que dándoles todo y diciendo a todo que sí iban a ser felices, pero la realidad nos está mostrando que no es así. Que tenemos que acompañarlos y ofrecerles recursos para que se fortalezcan y así puedan ser felices a pesar de que no todo es como ellos quieren.
–Siempre mencionás que “nadie puede dar lo que no tiene”. Para un padre o madre que trabaja en entornos competitivos ¿cuál es el mínimo indispensable de autocuidado para no “explotar” frente a los hijos al final del día?
–No es un gran momento sino la suma de pequeñas instancias de autocuidado durante el día lo que nos permite llegar a la noche con sonrisa. Y en casa, como en el avión, primero nos ponemos nosotros la máscara de oxígeno y después a nuestros niños. Les hace mucho bien confirmar que seguimos sonriendo y que no nos arruinan la vida. Si esperamos a hacer todo lo que ellos quieren, no nos llega nunca nuestro momento y ahí se nos terminan el humor y la energía y nos cambia la cara.
–Tu visita a Paraguay genera mucha expectativa. Si tuvieras que identificar un “dolor común” en las familias latinoamericanas actuales, ¿cuál dirías que es el desafío número uno que venís a ayudarnos a transitar en tus charlas aquí?
–Los padres hoy tienen que encontrar su camino personal de crianza que puede ser el autoritario de su propia crianza, pero tampoco el modelo permisivo que nos presenta la sociedad de consumo a través de redes y pantallas. Y aprender a regular el uso personal de pantallas para poder ayudar a sus hijos a aprender a hacer lo mismo. Y eso no significa prohibirlas, sino ser modelo, enseñar y regular.
–Al final del día, más allá de las notas escolares o el éxito profesional futuro, ¿cuál es la habilidad emocional más importante que un padre debería asegurarse de que su hijo lleve en su “mochila” para la vida adulta?
–Sin dudarlo, la incondicionalidad del amor de sus padres, que no significa permisivismo, como muchos entienden. “Te amo incondicionalmente, pero a veces te digo que no para cuidarte”.
Identikit
Maritchu Seitún. En la actualidad trabaja en orientación a padres, anteriormente también trabajó en terapia individual con niños y adolescentes.
Integra y coordina los equipos de Psicología de Niñez y Adolescencia del Centro Médico Domingo Savio en San Isidro. Organiza talleres de lectura y reflexión para madres, y de orientación a padres y profesionales.
Da charlas en colegios y empresas. Escribió “Criar hijos confiados, motivados y seguros (Hacia una paternidad responsable y feliz)” (2011, Ed Grijalbo), “Capacitación emocional para la familia (Cómo entender y acompañar lo que sienten nuestros hijos)” (2013 Ed Grijalbo), “Apego y crianza: Cómo la teoría del apego ilumina nuestra forma de ser padres” (con Inés Di Bártolo) (2019, Ed. Grijalbo) y otros.
