“El logro más grande no es haber sumado empresas, sino haber empezado un proceso de integración de las mismas a un verdadero ecosistema: 21 empresas, en 8 sectores y 12 mil colaboradores, que hoy se reconocen como parte de un mismo grupo con una misma forma de crecer”, resume Jorge Talavera, CEO de Azeta.
Llegar a ese punto llevó tiempo. Ahora, con una nueva etapa de expansión en marcha, el desafío consiste en avanzar sin perder ciertas señas de identidad.
“Consolidar eso llevó décadas de trabajo silencioso. El desafío es crecer sin perder lo que nos hizo fuertes: la cercanía con las personas y la disciplina de no diversificar por diversificar, sino siempre con sentido”, cita.

A esa hoja de ruta se suma una exigencia que gana protagonismo. “Que ese crecimiento sea sostenible, de triple impacto”, expone.
Cuando los números tienen nombre y apellido
Doce mil colaboradores. Más de US$ 600 millones en inversión. Son cifras importantes, aunque para Talavera adquieren otro significado cuando se las mira desde la vida cotidiana.
“Detrás de cada uno de nuestros colaboradores hay una familia que organiza su vida gracias a su trabajo: un alquiler, una cuota, una escuela”, detalla.
Esa perspectiva también explica su interés personal por las decisiones vinculadas al talento. “Quiero conocer a la gente que construye esto con nosotros”, afirma.
Incluso al hablar de inversiones, el CEO evita quedarse en el monto. “Pensamos menos en el número y más en cuántas familias nuevas van a poder decir, en unos años, que Azeta les dio una oportunidad”, añade.
La experiencia ya le mostró el alcance de ese impacto. “Lo vimos pasar en estas ocho décadas: familias que accedieron a su primera vivienda, personas que encontraron en el grupo su primer trabajo formal. Esas historias, multiplicadas por miles, son la verdadera traducción de esas cifras”, sostiene.
Una pregunta para los días de presión
¿Qué hace un ejecutivo cuando debe tomar una decisión difícil? Talavera tiene una pregunta que utiliza como filtro personal. “Me pregunto si lo que estoy por decidir ayuda a construir algo que valga la pena o si solo responde a la urgencia del momento”, reflexiona.
En su mirada, la velocidad puede ser peligrosa cuando lleva a olvidar lo importante. “La presión empuja a tomar atajos, pero en el fondo los negocios son relaciones con personas, y esas relaciones no se construyen apurado”, declara.
La condición familiar de Azeta también influye en esa perspectiva. “Al trabajar con un grupo familiar, creo que eso hasta se vuelve fácil, porque los dueños piensan en sus nietos, no piensan en el reporte de fin de mes”, añade.

Su punto de apoyo está en dos conceptos que considera concretos. “Volver a la confianza y a la ética como punto de partida, no como discurso, sino como filtro real de decisión, es lo que me ordena cuando las cosas se vuelven más desafiantes”, asegura.
Y hay una idea heredada del fundador, Aldo Zuccolillo, que continúa funcionando como norte. “Ser útil al Paraguay siempre fue más que un principio de negocio. Esa idea es la que sigo usando como brújula en los momentos más difíciles”, manifiesta.
Lo esencial no se negocia
La trayectoria de Azeta también atravesó momentos en los que mantener el rumbo significó resistir. La clausura de cinco años de ABC Color es uno de los episodios que permanece en la memoria institucional.
“Esos cinco años nos enseñaron algo que no se aprende en ningún manual de gestión: se puede perder la posibilidad de operar, pero no se pierde el compromiso con la gente ni con el país, si uno no quiere perderlo”, señala.
Aquella experiencia dejó una enseñanza que Talavera considera vigente, incluso en un escenario completamente diferente. “Hoy, cuando crecemos rápido y tomamos decisiones grandes, tratamos de sostener esa misma lógica: la velocidad no puede ser excusa para ceder en lo esencial”, indica.

En esa línea, su conclusión es contundente. “Se puede avanzar rápido y, al mismo tiempo, no negociar los valores”, porque aquello que pudo parecer una lección de otro tiempo sigue formando parte del presente.
“Esa mística no quedó en el pasado: hoy mismo la seguimos sosteniendo, con la misma convicción con la que empezamos hace 80 años”, manifiesta.
Mucho más que una encuesta
“La recertificación de este año como Great Place to Work no es un dato aislado para mí. Es una devolución directa de esas conversaciones: nos confirma si lo que creemos que estamos construyendo coincide con lo que la gente realmente vive dentro del grupo”, menciona sobre la opinión de los equipos.
La misma actitud se traslada a las comunidades. “Muchas veces es ahí donde entendemos mejor qué inversión tiene más sentido hacer”, revela.
Entre todas las métricas posibles, Talavera tiene una favorita. No es la facturación ni la cantidad de compañías. “Es, sinceramente, lo que más me enorgullece de estos 80 años” al referirse sobre quienes comenzaron su recorrido laboral dentro del grupo y fueron avanzando con el tiempo.
“Más allá de las cifras de facturación o de expansión, la huella que más me importa es otra: que Azeta sea para cada colaborador, un lugar donde puede crecer de verdad”, alude.
Después de ocho décadas, reconoce que la organización es también el resultado de múltiples generaciones que dejaron su aporte. “Esta historia la construyeron generaciones de personas que aportaron trabajo, conocimiento e ideas. Ver que esa cadena sigue viva hoy es, para mí, la forma más honesta de medir el éxito”, sostiene.

¿Qué queda cuando pasa el tiempo?
Al imaginar cómo debería recordarse este aniversario, Talavera no habla primero de nuevas compañías, inversiones o balances. “Cuando se mire esta etapa de Azeta, quiero que se hable menos de cuánto crecimos y más de cuánta gente creció con nosotros. Eso, para mí, es la huella”, expresa.
Después aparecen las imágenes que mejor representan ese deseo. “Es el colaborador que entró joven y hoy lidera un equipo. Es la comunidad donde estamos presentes y que quedó mejor de cómo la encontramos”, confiesa.
También hay una definición de sostenibilidad que va más allá de un documento corporativo. “Es una sostenibilidad que no vive en un informe, sino en cómo decidimos e invertimos en cada lugar donde operamos”, argumenta.
Y, finalmente, aparece la idea del relevo, porque celebrar ocho décadas también significa pensar en quién continuará el recorrido. “Lo que más me importa es que el legado no sea solo lo que construimos, sino lo que dejamos capacitados para seguir construyendo sin mí”, confirma.
“Lo mejor de esta historia todavía está por construirse. Quiero que esa convicción quede instalada”, finaliza con espíritu de celebración, pero también de desafío que acompaña a este aniversario.
Orgullo, confianza y bienestar
Detrás de los 12.400 colaboradores que hoy forman parte de Azeta hay mucho más que puestos de trabajo: hay familias que encuentran seguridad, hijos que pueden estudiar y personas que pueden mirar el futuro con mayor esperanza.
En ese camino, el grupo obtuvo nuevamente la certificación Great Place to Work correspondiente al período 2026-2027, la cuarta recertificación consecutiva.
Según la encuesta de clima organizacional, el 85% de los colaboradores que participaron afirmó que su empresa es un excelente lugar para trabajar; el 92% siente orgullo cuando ve lo que se logra, el 90% afirma que su líder directo maneja el negocio de forma honesta y ética.

Son resultados que se sostienen en una gestión que escucha: lo que las personas expresan en cada medición se traduce en programas de desarrollo de liderazgo, espacios de diálogo, formación continua, acciones de salud y bienestar y actividades de integración.
A esto se suma la pertenencia de Azeta a la Red de Empresas del Semáforo, una metodología que permite a cada colaborador conocer y mejorar su situación en distintas dimensiones de su vida, como los ingresos, la salud, la vivienda o la educación, y a las empresas acompañarlo con acciones concretas, como programas de salud y de orientación en finanzas personales.
