Entre 1949 –año fundacional de la República Democrática Alemana (RDA)– y 1961, 2,5 millones de germano-orientales habían huido de Berlín luego de la Segunda Guerra Mundial. Berlín quedó en el corazón de la RDA, bajo el control soviético, y fue dividida, a su vez, en cuatro sectores. Alemania Oriental perdió una sexta parte de su población en sus primeros años de existencia, por la masiva emigración de ciudadanos hacia el Oeste.
Esto motivó a Walter Ulbricht, jefe del Estado de la RDA, a levantar –con permiso de Moscú– su mal llamado “muro de protección antifascista”. Erigido el 13 de agosto de 1961, fue durante mucho tiempo una metáfora elocuente de la profunda división existente entre Oeste y Este. La famosa construcción que separaba Berlín comunista de las zonas controladas por la República Federal de Alemania (RFA) fue construida como “muro de protección antifascista”.
Una mentira
Tiempo antes, el 15 de junio de 1961, Ulbricht había asegurado: “Nadie tiene la intención de levantar un muro”. Pero entre la noche del 12 al 13 de agosto de 1961 decidió sellar la más porosa, la que separaba el sector comunista de Berlín de los sectores estadounidense, francés y británico.
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Primero fue una alambrada y, poco después, un muro de más de 155 km que rodeó el Berlín oeste y lo convirtió durante 28 años en una isla y, al mismo tiempo, un símbolo para el mundo occidental.
“Ich bin ein Berliner”
En junio de 1963, en plena guerra fría, el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy fue el primer jefe de Estado de una gran potencia que visitaba Berlín oeste y, ante el ayuntamiento del que era alcalde entonces, Willy Brandt, pronunció su ya legendaria frase: “Ich bin ein Berliner” (“Soy un berlinés”).
Reagan y su discurso memorable
“Mr. Gorbachev, tear down this wall!” (“¡Señor Gorbachov, derribe este muro!”). La polémica frase, pronunciada el 12 de junio de 1987 por el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, en un discurso frente a la Puerta de Brandeburgo, muy cerca del muro de Berlín, desató todo tipo de críticas durante varias semanas, incluso entre los propios asesores más cercanos al mandatario estadounidense, pero fue la sacudida que necesitaba el último líder de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, para que el histórico muro comenzara a resquebrajarse y, finalmente, fuera derribado.
Peter Robinson, funcionario de la Casa Blanca de la administración Reagan y autor del histórico discurso, admite que no era consciente de que estaba escribiendo un capítulo importante de la historia.
Según Robinson, el objetivo de Reagan era llevar a Berlín un mensaje contundente a Gorbachov y palabras esperanzadoras a Berlín oriental.
Para Margaret Tutwiler, portavoz del Departamento de Estado norteamericano de entonces, “la caída del muro de Berlín, unos meses después, no sucedió en un solo día”. Y si bien destacó que las palabras de Reagan fueron emotivas e importantes, la caída del muro el 9 de noviembre de 1987 fue el resultado de un extenso y complicado proceso de negociaciones desplegadas por la diplomacia estadounidense y la de sus aliados europeos.
Es difícil asegurar si hubo una relación directa entre el discurso de Reagan y la caída del muro, dado que no fue Gorbachov quien lo derribó, sino el coraje de los habitantes del Berlín dividido lo que posibilitó desmantelar pedazo a pedazo ese “monumento a la vergüenza”.
El principio del fin
En mayo de 1989, el régimen empezó a desmoronarse cuando Hungría comenzó a desmantelar la alambrada eléctrica que la separaba de Austria. Inmediatamente, se dio una fuga masiva a Occidente y otros muchos decidieron ocupar las embajadas de la RFA en Budapest, Varsovia y Praga.
En setiembre, los movimientos a favor de los derechos civiles comenzaron a cobrar visibilidad en la RDA, pasando de tímidas protestas a masivas manifestaciones que exigían reformas, al grito de “Wir sind das volk” (“Nosotros somos el pueblo”).
El 18 de octubre de 1989, el sucesor de Ullrich, Erich Honecker, ante la presión popular, las incesantes manifestaciones y la fuga masiva de ciudadanos a Occidente, se vio obligado a renunciar presionado por Moscú, y su heredero, Egon Krenz, dio manotazos de ahogado en medio del desastre.
Los centenares se convirtieron en miles y, el 4 de noviembre, Berlín oriental acogió la mayor manifestación de la historia de la RDA: un millón de personas se habían concentrado en la Alexanderplatz.
Y llegó el día
Así llegó el 9 de noviembre. Las promesas del nuevo mandatario Egon Krenz a la RDA de pasaportes y visados para viajar al extranjero no acabaron con las protestas y, a las 18:53, en una confusa rueda de prensa, el miembro del Politburó Günter Schabowski anunció que se concederían visados automáticos de salida a todos los ciudadanos que lo solicitaran.
A las 22:00 se abría el primer paso en la Bornholmer Strasse y, esa misma noche, miles de ciudadanos cruzaron el muro hacia el Oeste sin visados ni pasaportes, ante una policía desbordada por la situación y sin instrucciones.
En una noche desconcertante y hermosa, no hubo un solo disparo. Solo se oía el son de los pocos martillazos de un grupo de jóvenes occidentales que intentó derribar el muro. Después de 28 años, dos meses y 27 días, la frontera de hormigón armado desaparecía y una noticia daba la vuelta al mundo: el muro había caído.
Comenzaba así el proceso de reunificación de Alemania, que culminó el 3 de octubre de 1990 con el Tratado de Unidad, la disolución de la RDA y la incorporación de su territorio al de la República Federal de Alemania.
Solo semanas después, ciudadanos y turistas comenzaron a llevarse una reliquia del muro. El 9 de noviembre de 1987 marcaba definitivamente el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy
El 25 aniversario de aquel acontecimiento histórico coincide con uno de los momentos más tensos en las relaciones entre Occidente y la Rusia de Vladimir Putin —objeto de sanciones internacionales por su papel en la crisis de Ucrania y la anexión de la península de Crimea—, quien pide un nuevo orden internacional sin el dictado de los Estados Unidos.
Lejos de retroceder ante las negativas consecuencias de estas sanciones que, sumadas a la caída del precio del petróleo, que afectan la economía nacional, Putin sorprendió hace unas semanas con un discurso en el foro de Valdái –un club de debate internacional creado por Moscú y que, en esta ocasión, se celebró en Sochi– en el que aseguró que “el oso (ruso) no va a pedir permiso a nadie”.
Mijail Gorbachov, el padre de la Perestroika, que culminó en el fin de la URSS, no solo lo apoyó, sino que aseguró que la crisis política europea y mundial, es una realidad, debido a la reticencia de respetar los derechos de Rusia.
Ostalgie
Según un estudio de la Universidad Libre de Berlín, la reunificación ha costado hasta el momento alrededor de dos billones de euros.
No se puede evitar, sin embargo, que muchos ciudadanos del Este tuvieran la sensación de que su experiencia y capacidades ya no eran apreciadas en la nueva sociedad en la que habían desembarcado. Nació así el fenómeno denominado “ostalgie” –neologismo que mezcla las palabras öst (Este) y nostalgia–, marcado por la idealización de algunos aspectos de la vida en la RDA.
Si bien cada vez se siente menos, sigue presente en parte de la población, mientras que los logros se consideran ya algo obvio que no merecen la pena celebrar.
Fuente: EFE
