Vicenta llegó al mundo un 27 de octubre del año 1925. Hizo escuchar su primer llanto en Quyquyhó, en el seno familiar conformado por los esposos Pedro Antonio Ayala Burgos, de profesión agricultor, y Margarita María González de Ayala, costurera. De los siete hermanos, tres ya descansan en paz. Quedan Nélida (96), Domiciano Cipriano (84) y José Elías (79). Los dos primeros viven en Buenos Aires y el último comparte con ella la antigua casa familiar heredada de los abuelos. Y en este hogar repleto de recuerdos quedan testimonios de tiempos prósperos. Elegantes muebles de estilos art noveau y art decó indican que la vida pueblerina del Paraguay no estaba ajena a los dictados de la tendencia mundial. Y es aquí, bajo este céntrico techo, frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad, donde Vicenta pasó su infancia. “Jugábamos tuka’e guapy y me iba a la escuela. Sabés, los festejos de la Independencia se iniciaban antes de amanecer y a las siete por ahí ya empezaba el desfile. Y casi todos los alumnos desfilaban descalzos, algunos nomás tenían sandalias”, cuenta en guaraní.
De niña, Vicenta veía a su madre trabajar en la máquina de coser y desde un principio supo cuál sería su herramienta de vida. “Cuando mamá se levantaba de la máquina, en un descuido yo me sentaba y hacía correr la costura, pero a veces le rompía la aguja y ella se enojaba”, dice con la sonrisa pícara de quien confiesa una travesura.
Más consciente, en su adolescencia empezó a ayudar en las labores femeninas. Colocaba botones, cosía ruedos y planchaba las ropas que su mamá terminaba sobre pedidos. Y su abuela, Ramona Dolores Pino, le enseñaba a bordar ao po’i. “Hacíamos la ropa de la Virgen de la Natividad para la fiesta patronal. En esa época la iglesia era bajita y fue el padre Julio Duarte Ortellado el que comenzó la remodelación, pero Dios le llamó antes de que termine la obra. Todo era diferente aquí en Quyquyhó: había animales sueltos por las calles, que eran de tierra; y siempre este lugar fue silencioso”.
A principios de los años 50, llegó a casa de los Ayala un pariente de Posadas (Argentina) y sugirió la idea de llevarla para estudiar Corte y Confección. “Por suerte le gustó a mi papá y me dejaron ir. Y volví con mi título en mano. Yo soy modista profesional”.
Su viejo diploma, otorgado por la Academia Luimar de Buenos Aires, con fecha del 18 de diciembre de 1954, la acredita como profesora de Corte y Confección en método moderno. Avalada por su actualización en moda, Vicenta se convirtió en la modista más exitosa del pueblo. Confeccionaba desde uniformes de estudiantes, ropas para mujeres y hombres, hasta trajes de novia. “Había otra modista acá, pero la gente se acostumbra más por mí. No sabés la cantidad de trabajo que tenía en época de las colaciones estudiantiles. Y ni hablar de los vestidos de novia. Venían las señoritas de la campaña y me pedían esos trajes vaporosos que tenían que cubrir la cola del caballo, porque llegaban a la iglesia sobre caballo para casarse aquí en el pueblo”.
En esa rutina de hilos, tijeras y alfileres, incontables vestidos nupciales pasaron por sus manos. Pero ella nunca pudo diseñar el suyo. “Tuve novios, no me entendía con ellos y siempre oparei. No me casé ni tuve hijos, pero fui feliz, porque viajaba mucho. Me iba y venía a Buenos Aires”. ¿Quién fue su último pretendiente? “Ya no me acuerdo, murieron todos”, elude. Y le viene a la memoria aquellos bailes a los que tanto le gustaba asistir.
“Queríamos ir a las fiestas para bailar, pero teníamos que tener pareja para bailar. O si no, las gentes decían ‘oplancha’, y corría el chisme y las sornas. Y había señoritas que no tenían novio y contrataban a algunos amigos para que les acompañen y les pagaban con dulces o cigarros”.
Si bien Vicenta no llegó a vestir de blanco frente al altar, se casó con su oficio. Y hasta ahora sigue hilvanando la dignidad del trabajo. En proceso tiene una ropita interior para el Niño del altar mayor, algo que tendrá bajo el mameluco que viste. ¿Ve bien todavía? “Y más o menos. La otra vez tenía que arreglarle a don Periquito Ortiz un pantalón, pero no pude desatar la costura porque la tela era oscura y se tuvo que retirar sin que le solucione”, se sincera en tono melancólico. Sobre su máquina tiene una pollera que poco a poco va ajustando. Trabaja a pedal, hace unos años vendió su máquina automática, porque empezó a tenerle miedo a la electricidad. “Y quién me va a defender si me corre, si estoy solita acá”, advierte.
Mimada por su hermano Domiciano Cipriano, el que vive en Buenos Aires, Vicenta acostumbra a darse sus buenos paseos por la capital porteña. La última vez le envió pasajes de avión, porque considera que ya no está en condiciones de viajar tantas horas en colectivo. “Yo me reí y le dije: pero vos creés que me voy a subir a un avión. Me insistió y un sobrino mío que viaja mensualmente me llevó. Y me encantó; ya quería ir más lejos”, se ríe con ganas.
Rodeada de recuerdos, Vicenta se aproxima a los 87 años. Y con buen espíritu mantiene la rutina diaria que incluye el cuidado de su jardín interior con plantas ornamentales y medicinales: ruda, romero, torongil. Y ahora el fondo de su patio está lleno de dulces naranjas, pomelos, limones y carambola. En este ambiente de aromas y colores, cada noche la modista del pueblo cierra las centenarias puertas con herrajes de alcayatas de su habitación y sueña un nuevo amanecer, aquí en Quyquyhó, su lugar en el mundo.
Lugar encantado
Quyquyhó queda a 172 km de Asunción, en el departamento de Paraguarí. Se llega por un camino de tierra de 32 km que desvía de la Ruta N.º 1 Mariscal Francisco Solano López (la que une Asunción con Encarnación), en el Km 140, apenas al terminar el casco urbano de Caapucú. Este trayecto se halla en proceso de empedrado. Existe otra alternativa vial por Ybycuí, con un camino vecinal de unos 30 km.
Viejas casonas de amplios corredores con gruesos pilares de mampostería, bien conservadas, predominan en el casco histórico de Quyquyhó, que tuvo su origen en tiempos del gobernador Agustín Fernando de Pinedo, en 1776. Cuenta con 930 habitantes en el área urbana y 6490 en todo el distrito, según datos del censo nacional del 2002. La economía local se sustenta en cultivos agrícolas y en la ganadería que se explota en las estancias, que abundan en la zona.
