Erick Gubo tiene apenas diez años, de los cuales lleva viviendo cinco en Austria, donde realiza la primaria desde que sus padres se radicaron en el país europeo. Habla perfectamente el alemán y las erres del acento austriaco contagian su español.
“Todas las mañanas, la emperatriz María Teresa era traída en andas por sus peones hasta la glorieta ubicada en la colina más alta del jardín, para admirar su palacio y ver desde aquí toda la ciudad de Viena”, dice como un verdadero guía de turista.
Repite todo lo que se ha aprendido en las aulas como si reviviera un cuento con personajes históricos y verídicos que han despertado curiosidad en la historia universal: la Casa de Austria, bajo dominio de los Habsburgo.
El Palacio de Schönbrunn era la residencia de verano de los Habsburgo, aunque nadie le ha dado tanta importancia como María Teresa I (1717-1780), la primera y única mujer que gobernó el imperio austrohúngaro durante 40 años y fue la última de los Habsburgo en el poder. Tenía los títulos de emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, reina de Hungría y Bohemia y archiduquesa de Austria.
María Teresa es famosa no solo por haber sido la madre de María Antonieta, esposa de Luis XVI de Francia, sino porque gobernó durante 40 años, convirtiendo a su país en un rico centro cultural de Europa. Sus esculturas diseminadas por toda Viena recuerdan siempre que “era una mujer bastante corpulenta y ¡con 16 hijos!”, menciona María Flecha, también paraguaya residente en Viena y abuela de Erick.
Desde que llegó a Austria, María Flecha se dedicó a leer todas las guías de viajes y libros sobre la vida de los Habsburgo. Habla de María Teresa, María Antonieta y de Sissí como si hubieran sido sus compañeras de té. Sus relatos se parecen a una novela.
Empezamos el paseo por el Palacio de Schönbrunn, cuyo entorno sabe a un escenario extraído de la literatura, aunque los hechos que guarda tras sus muros y en los salones y estancias ocurrieron en la realidad. Es uno de los edificios históricos más importantes de Viena y también es conocido como el “Versalles vienés”.
Fuentes imponentes con patos nadando, esculturas inmensas en una sola pieza de mármol, árboles bien moldeados, y el zoológico más antiguo y más grande del mundo albergan en su patio.
La construcción es originaria del siglo XVII; habría comenzado por 1696. Pero quien realmente le dio importancia y la convirtió en su refugio preferido fue María Teresa. Nacida en el mismo Palacio Imperial de Hofburg –actual residencia del presidente de la República y ubicado en el centro histórico de Viena–, es hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos VI, quien había perdido a su heredero Leopoldo.
Para que no se acabara la dinastía de los Habsburgo, promulgó la Pragmática Sanción de 1713, por la cual abría paso a que su hija María Teresa accediera al trono como emperatriz consorte. Hasta ese momento, la realeza austrohúngara se regía por la Ley Sálica de los francos, que data del siglo VI y evitaba que las mujeres heredaran el trono imperial, pero la legislación dictada por Carlos VI la dejaba sin efecto para los dominios de los Habsburgo.
María Teresa es considerada como una “déspota ilustrada”. Era partidaria de la monarquía absoluta, pero con un discurso paternalista; anteponía la razón a sus acciones por encima de los sentimientos. Buscaba enriquecer culturalmente a su país, y con ella florecieron todas las artes, la cultura y la sociedad en general.
“Ella fue educada por los jesuitas, aunque no para reinar. No utilizaba el lenguaje formal, sino hablaba el dialecto vienés, por lo que su padre siempre la regañaba. Le gustaba la ópera y desde los 14 años acompañaba al emperador, su padre, a las reuniones del Consejo de Estado, aunque sin discutir asuntos políticos, ya que su padre no perdía la esperanza de tener un heredero varón, por lo que nunca preparó a su hija como soberana”, sigue relatando Erick, como si fuera una lección de historia.
El emperador Carlos VI murió en 1740 por ingestión de setas venenosas y la única heredera fue María Teresa. Encontró a su país arruinado por las guerras y con muchos enemigos exteriores. “Decía que se encontró sin dinero, sin crédito, sin ejército, sin experiencia ni conocimiento de su condición y sin nadie para aconsejarle. Sin embargo, decidió seguir los consejos que le había dado en vida su padre y mantuvo a los consejeros de este, pero dejó a cargo de su marido Francisco I (de Lorena), las cuestiones de Estado, como corregente. Sin embargo, pese al gran amor que sentía por su esposo, varias veces lo mandaba echar del recinto”.
La primera hija de María Teresa, Isabel, causó gran decepción a su familia y a los austriacos que esperaban un heredero. Recién el cuarto hijo fue un varón y lo llamaron José. “A lo largo de veinte años tuvo 16 hijos, trece de los cuales sobrevivieron más allá de la infancia. Apenas terminó de dar a luz a sus hijos, ya estaba en la ardua labor de casar a los mayores.
En su época, sus embarazos y guerras se sucedían al mismo tiempo, tal es así que ella afirmaba que, de no haber estado encinta, hubiera ido sola al campo de batalla”, cuentan abuela y nieto.
Ella era muy cariñosa con sus hijos, aunque a veces los trataba como si fueran peones en los juegos dinásticos. No obstante, los supo formar y entre ellos hubo dos reinas, María Antonieta y María Carolina de Austria; una duquesa, María Amelia de Habsburgo-Lorena, y dos emperadores para el Sacro Imperio Romano Germánico, José II y Leopoldo II, cogobernantes de Austria y Bohemia, junto con la madre.
María Teresa sufrió un ataque muy fuerte de viruela al llegar a los 50 años, enfermedad que le contagió la nuera, quien después falleció. Al caer enferma María Teresa, obligó a su hija la archiduquesa María Josefa a rezar en la cripta imperial con la tumba abierta de la fallecida y a los dos días ella también empezó a enfermarse. Al poco tiempo murió y María Teresa cargó con esta culpa durante toda su vida.
Era la época de los matrimonios arreglados para mantener la monarquía. En 1770, otra de sus hijas, María Antonieta, se casó mediante un poder con Luis de Borbón, delfín de Francia, quien sería luego Luis XVI. María Antonieta murió en la guillotina durante la Revolución francesa. “Aunque su madre había tratado siempre de darle una buena educación desde niña, ella prefirió darse a la pereza y a la frivolidad, defectos que se llevó a Francia”.
Muy religiosa
María Teresa fue católica, apostólica, romana, como todos los demás miembros de la Casa de los Habsburgo, y mantenía estrechas relaciones con la Santa Sede, aunque nunca permitió que este hecho interfiriera en su mandato. Ella elegía a los arzobispos, obispos y abades, y llevó con altura la viudez durante 15 años.
Aunque de niña había sido educada por los jesuitas y estos influyeron mucho en la educación de su heredero, ella no dudó en expulsarlos de todas las instituciones imperiales cuando sus ministros le metieron en la cabeza que eran un peligro para la autoridad monárquica. Consideraba peligrosos a los judíos y a los protestantes, y fue la monarca más antisemita de su época.
Sin embargo, fue muy buena administradora de los bienes del Imperio e hizo grandes obras que aún hoy benefician a los austriacos. Fundó el hospital de Viena y luchó contra la viruela, protegiendo especialmente a los niños. Propició una campaña de vacunación contra el mal en 1767 tras la gran epidemia. También reestructuró el sistema educativo austriaco; prohibió que se quemara a las mujeres por los cargos de brujería y también prohibió que se las torturara.
Otro pasaje trágico de la vida de María Teresa fue la muerte de su esposo, Francisco I, en 1765, mientras se celebraba la boda de su hijo Leopoldo. Esto hizo que su hijo mayor se convirtiera en el emperador regente del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de José II, acompañando a su madre.
“María Teresa quedó desolada, dejó de utilizar todo tipo de adornos, se cortó la cabellera rubia, pintó de negro su cuarto, y vistió luto hasta que murió rodeada de sus hijos y 20 nietos, aunque ella siempre soñó con que tendría más”.
Con la muerte de María Teresa desapareció la dinastía de los Habsburgo, que pasó a ser reemplazada por la de Habsburgo-Lorena al asumir totalmente el trono José II.
Su mayor legado fue un imperio floreciente y su máxima joya, el Palacio de Schönbrunn, visitado hoy por miles de turistas.
En Viena es imprescindible la visita al Palacio imperial de Hofburg, la residencia de invierno de los Habsburgo durante 600 años, pero quizás lo más impresionante sigue siendo la caminata por los jardines del Palacio de Schönbrunn. En primavera hay que aprovechar muy bien un día soleado, porque al día siguiente puede llover.
¡Digan si no se parece a una novela!
