La sencillez de las líneas arquitectónicas de esta residencia transmite la esencia de vida de sus propietarios, que anhelaban una casa propia, que sea cálida y a la vez muy funcional.
Se trata de una familia que empieza a dar sus frutos; la pareja posee dos hijos pequeños, que necesitan espacios amigables, cómodos, con buena iluminación.
La sala, por ejemplo, se encuentra próxima a una biblioteca, estas dos áreas se utilizan bastante por lo que la arquitecta Olga Heinrich destacó estas zonas y las ubicó en la entrada misma de la casa.
Una colección de iglesias de diferentes formatos se ven en obras pictóricas, piezas de cerámica y madera, artesanía local y de otros países se destaca en cada rincón de la casa. El dueño es aficionado a estos objetos decorativos y los exhibe en vitrinas especiales y en las paredes más importantes. En esta residencia se logra la fusión de una arquitectura moderna con la deco en la que priman mobiliarios antiguos, parte de la herencia familiar.
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El comedor se destaca por sus líneas de estilo, sencillas y elegantes, que la propietaria decidió darle a cada ambiente con buen gusto. Ella afirma que decora poco a poco, ajustando cada elemento a los lugares que así lo requieran, une los recuerdos, la belleza y un delicado sentido del hogar que se vive y se disfruta. Una sobria carpintería produce las superficies talladas, con marquetería, herrajes y tapizados sin desentonar jamás.
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