Xe, un fantasma del idioma

Escolios a «uno de los raros casos en la literatura paraguaya en los que la prosa medita»: la novela Xe (Asunción, Ediciones de la Ura, 2019), de Damián Cabrera.

Música de DJ Farli en la noche de la presentación del libro Xe, de Damián Cabrera, en Tragaluz / Espacio Transversal, Asunción, Paraguay, 2019.
Música de DJ Farli en la noche de la presentación del libro Xe, de Damián Cabrera, en Tragaluz / Espacio Transversal, Asunción, Paraguay, 2019.

«Un fantasma soy. De mi idioma

El lenguaje. Que no cabe en la boca.»

Claro: si –como postula el filósofo teutón Markus Gabriel– las ideas, que son generales y objetivas, no están en el interior de las cabezas de la gente, sino en el espacio exterior, ágora común a todas las personas, entonces tampoco el lenguaje estaría en la boca de sus hablantes: apenas pasaría por una especie de rito de purificación o de ensalivamiento por la glotis o por una gargarismización de fonemas, acceso de asma verbal, para volver a circular de boca en boca, de tête a tête, de hablante a hablante, de persona en persona.

«Porque la vida me come.»

Stendhaliana visión. Saber que vamos a morir, vivir en la desmesura de ese conocimiento, estropea la vida. El saber nos come. La vida, desde entonces definitivamente enclencle, ya nunca aleada, termina siendo ese «mientras llega la muerte».

Pero no es que sea –como proclamó ex cátedra Roa Bastos el posmo («The Paraguay writer can’t think this text, he says; it is the text that thinks the writer»: «El escritor paraguayo no puede pensar este texto, dice; es el texto el que piensa al escritor») (1)– imposible pensar el texto, ni porque sea el texto quien nos piensa. Eso es repetir aquella tontería de Derrida de que no hay nada fuera del texto: acá existe el yo como fantasma asmático de palabras, existen las frases paratáxicas, los recuerdos astilllados, los amoríos callejeros; existe el miedo a la profundidad de la escritura que pueda despojarse de todo, el miedo a quedar aplastados como la tortuga que no conoce los ritmos de nuestros desplazamientos, miedo visible sobre todo en el hecho de que el yopará metafísico vaya, en sus facetas más decorosas, pasando por la aduana de la gramática española, mutilando sus partes excesivamente valles, sus excrecencias váyras, etc.

«Un fantasma de mi idioma.»

Esto no hay que tomarlo en el sentido de la hermenéutica freudiana, para cuyo nihilismo in nuce toda experiencia al final, amo hapópe, es reductible a pija y concha, y el mismo maremágnum ontopoético de la vida, a dos signaturas, las de la genitalia. Solo un humorista como Groddeck, en El buscador de almas (¡sí, cuando chupamos un par de turgentes tetas en realidad estamos chupando un par de pijas infladas! El dar vuelta a todo solo es compatible con un humor, nihilista también, que en esa operación sucumbe a una despiadada simplificación del mundo), pudo develarnos ese espíritu del psicoanálisis, ciencia verdaderamente asesina de la experiencia.

«Fantasma.»

No porque el narrador, aposentado en una mirada retrospectiva sobre las cosas, solo tenga ya acceso a los fenómenos y no a la cosa en sí, pues las palabras son también cosas, en las letras, en la firma, en las pronunciaciones disléxicas, en los acentos bien marcados, etc. ¿Entonces? Es una antología inmanentista de pleno derecho, mallarmeano, del libro como mundo, y no tiene nada que ver con la nostalgia metafísica de una autenticidad por siempre perdida e inaccesible. Fantasma, en fin, por la ligereza de movimientos del ojo de la memoria que va de una reminiscencia a otra, de un pedazo del pasado a otro, sin envejecer en tal travesía constante, sin sentir la carga del tiempo sobre el vagabundo cuerpo memorioso.

Escritores-actores porno

Prima facie, Damián Cabrera parece un escritor anti-Barthes. Prefiere el efecto y no la frase (el todo y no la parte, la línea zigzagueante que con lógica apostólica cumple su misión teleológica, y no el aquí y el ahora; el punto final y su sentido, y no el fragmento y el anacoluto; los escritores-actores porno, y no los escritores de eyaculación precoz que acaban en la frase paratáxica y no se quieren mover nunca más de ella, que buscan más la interrupción y la digresión que el cierre categorial), pero creo que en el fondo coinciden, aunque la escritura del mingaguazuense no sea tan arborescente, tan rizomática, tan chateaubriandiana.

«No sé si influido por lo que me pasa con el whisky, o por una disposición natural en mí, en la literatura también voy al efecto, y me son indiferentes las apreciaciones sobre la calidad de la escritura.»

Su definición de escritura, sin embargo, es simple: traducir traducciones. Una escritura que parte siempre de una mediación, un trasvase sin fin.

Se podría decir que anhela esa literatura que sobrevive dentro de otras literaturas, como ciertos poemas de Saigyô que sobrevivieron a los siglos dentro de los versos de otros poetas.

Como el padre sobrevive en el hijo, como la vida, siempre, sobrevive a la muerte.

Diría que es uno de los raros casos en la literatura paraguaya en los que la prosa medita. No describe ni narra, sino que medita sobre las cosas: en su introspección, diría, stirneriana, ese Xe se hace y se yergue a sí mismo cada vez, de modo que llegamos a la conclusión de que recordar es ser (o mirar es ser) como la clave de Xe. Si…

«…El día más oscuro

es el día sin risa…»

(Sébastien-Roch Nicolas de Chamfort a través de Long After Chamfort, de Samuel Beckett),

diríamos aquí que el día más luminoso de la escritura es el día de la memoria meditativa (un pleonasmo).

Notas

(1) A. Roa Bastos: «La narrativa paraguaya en el contexto de la narrativa hispanoamericana actual», en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 1984, año 10, número 11, pp. 7-21. Citado por Sara Castro-Klaren (ed.) en A Companion to Latin American Literature and Culture (Blackwell, 2008).

kurubeta@gmail.com

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