«Continuará…»

Fuera de su increíble cantidad de publicaciones, Branka Susnik produjo un pensamiento propio que la hace, quizá, la intelectual más importante de Paraguay, escribe la antropóloga y fotógrafa Gabriela Zuccolillo.

Branislava Susnik entre los chiripá, 1958.
Branislava Susnik entre los chiripá, 1958.Archivo, ABC Color

En la primera conferencia que Susnik dicta en Paraguay, en 1953, hace un recorrido por las distintas teorías existentes –desde el siglo XVII hasta ese momento– sobre el origen del hombre primitivo y señala tres áreas posibles de investigación para abordar ese tema: el material antropo-arqueológico, el etnográfico y el lingüístico. Durante su vida abordará las tres, pasando por distintas etapas de investigación: etnolingüística, etnográfica, etnohistórica e histórico-social. Desde 1949 hasta su muerte.

Afirmando la relación entre lengua y cultura, Susnik inicia sus investigaciones desde la etnolingüística realizando trabajos de campo con los toba en Formosa, Argentina, entre 1949 y 1950, y tras su llegada a Paraguay en 1951 continua con los maká, los chulupí, los lengua, los sanapaná y los choroti. En base a los apuntes tomados en trabajo de campo y la investigación bibliográfica existente sobre las ocho lenguas indígenas que aprendió, hizo investigaciones fonéticas, gramaticales y produjo diccionarios y frasearios –que «tratan de abarcar los hechos de la vida tal cual relatados por los mismos indígenas»–. Primero, de cada lengua, luego comparando lenguas de una misma familia y finalmente lenguas de distintas familias lingüísticas. Es pionera en la investigación etnolingüística en el país, a la que se refiere como «el ensayo de traducir la realidad cultural de una tribu a través y por medio de su lengua» (1962), y produjo el primer mapa etnolingüístico de las comunidades indígenas del Paraguay.

También en sus trabajos de campo más extensos –con los lengua (1953), los chamacoco (1956/7), los chiripá (1958), los guayakí de Arroyo Morotí (1960)– hace investigaciones etnográficas con énfasis en los mitos y leyendas, porque «la cultura material es creada por el indígena que no solo “hace”, sino también dice, piensa, y sanciona mítica y religiosamente sus expresiones de la vida; hacia el estudio de este factor antropológico se dirigen las actuales investigaciones del Museo» (circa 1960). Aborda el pensamiento indígena desde las vivencias de los propios sujetos en su propia época (de 1951 a 1976), marcados por el impacto de los vínculos intertribales, los mestizajes, los bilingüismos de sus lenguas con el guaraní, el plattdeutsch, el inglés o el castellano, y la influencia de la sociedad criolla, la menonita, las misiones religiosas, etc. Susnik se diferencia de gran parte de la investigación local en esa época tanto porque visibiliza las poblaciones indígenas no guaraníes cuanto porque no le interesa solo «rescatar» el mito «originario» sino también las interpretaciones actuales, como le señala a Cadogan en una carta personal de 1958: «La conservación del antiguo dialecto es indudable como Ud. dice; al respecto, yo trato de seguir mi método: tradición en antigua lengua pero luego la misma tradición vertida en el habla actual; la interpretación del significado es de suma importancia!!».

Este énfasis –que planteó muy temprano– en mirar al indígena de hoy antes que «rescatar» el indio arcaico de otros tiempos responde a que las sociedades indígenas no están aisladas, no son estáticas, ni pertenecen al pasado, sino que forman parte del presente de la sociedad nacional, y su dinámica está vinculada a ella. Por eso hablará de cambio sociocultural. En sus dos últimos trabajos de campo revisitará comunidades ya estudiadas para cotejar las transformaciones: en 1968, en Puerto Diana, analiza los cambios entre las generaciones mayores y las jóvenes por el impacto de la sociedad nacional y la influencia religiosa; en 1976, en comunidades lengua, investiga los vínculos con la sociedad criolla y las diferencias socioculturales del bilingüismo maskoy-guaraní en las estancias, el maskoy-plattdeutsch en las colonias menonitas y el maskoy-inglés en la misión anglicana de Makthlawaiaya.

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Hizo también reconocimientos y excavaciones arqueológicas, obviamente limitados por no contar con equipos e infraestructura para este tipo de tareas, y los muy escasos fondos que le otorgaba la Fundación. Exploró principalmente el área guaraní en la región Oriental (Villa Florida, Paraguarí, Altos, Hohenau, San Pedro) y en Bahía Negra en 1956/7, 1966 y 1990. Aunque logrará solamente juntar piezas «y así prevenir que los niños sigan jugando con hachas de piedra, echándoles al río Paraguay como ocurre por ej. en 14 de Mayo, etc.» (1957), la arqueóloga Mirtha Alfonso Monges considera que Susnik sentó «la base de los estudios arqueológicos en el Paraguay» (Última Hora, 6 de junio de 2020).

En los 60 inicia su etapa etnohistórica, con énfasis en los procesos históricos de las poblaciones indígenas. Investiga en el Archivo Nacional de Asunción y en archivos de Argentina, Brasil y Bolivia. También pionera en este tipo de abordajes en el medio, de 1964 a 1969 produce los tres tomos de El indio colonial. Se le suma Chiriguanos. Dimensiones etnosociales. Incluso en estas investigaciones etnohistóricas su interés es comprender la realidad indígena actual: así, Chiriguanos, realizada en Bolivia, debía seguir con la contrastación en trabajo de campo en comunidades guaraníes de la Región Occidental: chiriguanos, guarayos y tapietés.

Las dos décadas siguientes se dedicará a sistematizar todo lo investigado, cruzando datos etnográficos, etnohistóricos y arqueológicos, para producir Dispersión Tupí-Guaraní; los seis tomos de Lenguas chaqueñas; siete tomos de la serie Los aborígenes del Paraguay, y dos tomos de El rol de los indígenas en la sociedad nacional (desgrabaciones de uno de sus cursos). En los 90 abordará la etapa precolonial en Interpretación etnocultural de la complejidad sudamericana antigua, partes I y II, y escribe Los indios del Paraguay con Miguel Chase Sardi, quien la invitó a publicar conjuntamente ya que «en los primeros meses de investigación etnohistórica, me di cuenta de que todo lo que llega hasta la mitad del siglo XIX ya estaba exhaustivamente elaborado por Branislava Susnik».

Finalmente, y como un manjar cocinado a fuego lento, aborda la sociedad paraguaya desde la historia social, proponiendo una historia del Paraguay a la que subyace la etnohistoria. Una visión socio-antropológica del Paraguay, en tres volúmenes, abarca desde el siglo XVI –la llegada de los primeros conquistadores– hasta el final del siglo XIX –el Paraguay de la posguerra de la Triple Alianza–. Hace una genealogía del proceso de construcción de la identidad paraguaya desde la «provincia-patria» hasta la nación independiente sin tomar «bandos» ni pretender justificar a uno u otro, tejiendo el rol de los conquistadores, los colonizadores y los gobernantes paraguayos con actores indígenas como «Pablo y Nazario, hijos del antiguo cacique asunceño Cupiratí» (t. I), «el grupo del cacique Deguachí de los Abipones» (t. II) o «tres cacicazgos con sus principales Mberú-cabá, Mberú-avá y uno con apellido cristiano» (t. III). Como una gran síntesis de su proceso de investigación, puede abordar ahora la sociedad nacional dando cuenta tanto de su impacto en las poblaciones indígenas como del impacto de estas poblaciones en los procesos de conformación de dicha sociedad. Pone en juego la complejidad del mestizaje, ampliando el fenómeno para abarcar numerosas poblaciones coexistentes en cada época, y hace una descripción descarnada de la sociedad nacional en base a una agobiante cantidad de datos documentales que constatan históricamente la desigualdad, la falta de justicia, la debilidad institucional, la corrupción, el espionaje y la delación, fenómenos que creemos recientes. Ajena a cualquier simplificación, nos regala una historia coral en la que más bien leemos nuestro presente. Por supuesto, fue también pionera en este tipo de investigaciones en Paraguay. Ya en 1972, respondía a un cuestionario enviado por Meliá: «Desde mi criterio antropológico, el concepto de indígena debe estudiarse simultáneamente con el concepto “del blanco” que los mismos indígenas tienen, pues solamente así la Antropología quedará al servicio del verdadero humanismo».

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Susnik fue elaborando pacientemente una metodología de investigación propia, anclada, por un lado, en vivencias y palabras de actores indígenas registradas en trabajo de campo y, por otro, en datos obtenidos de sus exploraciones arqueológicas e investigaciones en archivos, para recuperar procesos históricos de los pueblos indígenas del Paraguay. Por ello, más allá de reconocer pistas de intertextualidad en su producción, es difícil ubicar su pensamiento dentro de marcos teóricos o escuelas antropológicas, como la difusionista o el relativismo lingüístico, pues ella inventó, en su propio proceso, conceptos y una metodología de investigación. Y con ello fue creando un corpus teórico que podemos nombrar susnikiano. Más allá de su increíble cantidad de publicaciones, produjo un pensamiento propio que la hace, tal vez, la intelectual más importante del Paraguay. Fue Primer Premio Nacional de la Ciencia en 1992. Lo recibió una encorvada mujer que aparentaba más años que los 73 que tenía, tras haber trabajado por décadas veinte horas por día, con una disciplina y capacidad de trabajo enormes, comiendo poco, fumando un cigarrillo tras otro. Pagando casi todas sus investigaciones y publicaciones con sus ahorros; muchas, como los tres tomos de El indio colonial, en su totalidad; otras, al menos en parte. Cuando murió, dejó solo su obra y su pensamiento. Posesiones materiales, casi ninguna. Dijo de su antecesor en la dirección del Museo: «La vida entera de Schmidt fue dedicada a investigaciones, exploraciones y sistematizaciones del material etnográfico; esta circunstancia, su carácter introvertido y su vida retirada permiten conocer la personalidad de Max Schmidt más bien a través de sus libros que por los datos personales» (1991). Modificando algunas palabras, podría estar hablando de sí misma.

Branislava Josefina Susnik también dedicó su vida a la investigación, pero además fue docente y museógrafa. Tres roles a los que se dedicó con la misma intensidad, aunque hoy predomine la Susnik investigadora. Armó el Museo Etnográfico Andrés Barbero, que a más de contener hasta hoy la más completa colección etnográfica del país fue el espacio desde donde, a falta de otros ámbitos académicos idóneos en Paraguay, pudo producir. Recalcando siempre su lealtad a Andrés Barbero y a sus hermanas, que crearon la Fundación La Piedad: «Yo he declarado que mis investigaciones científicas en el Paraguay están y seguirán siendo dedicadas exclusivamente al Museo Etnográfico Andrés Barbero».

En tanto docente, desde que fuera nombrada Directora del Museo y de la Biblioteca en 1956, intentó crear allí un Instituto de formación e investigación. Por ello, dictaba cursos y seminarios de etnolingüística y etnografía en el Museo (MEAB), en la Sociedad Científica del Paraguay (SCP) y, desde 1958, en la Facultad de Filosofía UNA, donde luego enseñó desde su Cátedra de Arqueología y Etnografía Sudamericana (incluyendo Paraguay) de 1961 a 1985. «El universitario debe adquirir el sentido de análisis, de comparación, un espíritu crítico, y hacer su aprendizaje en los métodos y técnicas de cada materia. Para salir del pernicioso hábito de memorización estéril, para aprender a estudiar debidamente y, por ende, pensar, analizar, comparar e integrar los nuevos hechos conocidos, el estudiante universitario debe leer» (1966). Pensando en sus alumnos escribió los Manuales del Museo desde 1962, llegando a seis volúmenes, y publicó los Apuntes de clases de Etnografía Paraguaya, materiales todavía vigentes. Elaboró planes de estudios sobre el mestizaje y la población nacional, desde la Chacarita, los alrededores de Asunción, áreas de convivencia de guaraníes con campesinos en la región oriental, hasta el Chaco, Bahía Negra y la zona de estancias donde conviven y trabajan lenguas, principalmente. Consciente de la vastedad de sus objetivos, empezó a dar más cursos para formar investigadores con herramientas y métodos científicos. Los dos discípulos que pensó que la sucederían en el Museo, Tito Rojas Cardozo y Maris Stella Macchi, viajaron a formarse en el exterior, alentados por ella, pero no continuaron la labor de Susnik.

Ella sigue igual, sola, infatigable, su obra. Y es que, como escribe a Chase Sardi: «Usted debe bien saber que yo no busco ni instituciones, ni grupos, ni plataformas; me interesa solamente contribuir –dentro de mis posibilidades y conocimientos– a la formación de algunos universitarios que tengan suficiente mística de investigación, suficiente valor moral y disciplina para el trabajo intelectual creativo, y una convicción ética de honestidad mental, a fin de que se comiencen en el Paraguay los primeros ensayos de estudio antropológico social. Y yo no pronuncio solamente las palabras, las vivo» (1966).

Branka Susnik nunca fue mainstream ni se dejó llevar por tendencias o modas. Rechazaba invitaciones a congresos y universidades, tanto locales como internacionales, aduciendo que tenía demasiado trabajo de investigación que realizar. Nunca buscó promocionarse ni adjudicarse logros: cuando la noticia de la sublevación de un grupo ayoweo –estando ella en trabajo de campo– fue nota de tapa de la revista Ñande, se corrió del protagonismo negándose a ser entrevistada, señalando que correspondía a los religiosos de la misión hacerlo. Rehuía las notas periodísticas. En las pocas que aceptó, solicitaba un cuestionario que contestaba por escrito, pues sentía aversión por la superficialidad con la que el periodismo trataba los temas. Ante la pregunta directa, dijo temer a las entrevistas porque «cuando se debe comprender un problema de hoy el periodismo fracasa por falta de formación que le permita integrar el presente con el pasado, mirando hacia el futuro» (1984).

Su exalumna Elke Unger la acompañará desde 1966 hasta 1986 como secretaria del Museo y ayudante de Cátedra, aliviándole del agotador y minucioso trabajo diario –atención a visitantes e investigadores, contabilidad, correspondencia, fichaje y catalogación de piezas, mantenimiento, fumigaciones y una larga lista más–. También del sistema de canje que Susnik inició tempranamente con instituciones científicas del exterior a las que enviaba el Boletín de la Sociedad Científica del Paraguay y el Museo Etnográfico, reiniciado en 1957, donde Susnik publicaba sus investigaciones, en intercambio con las publicaciones de dichas instituciones, lo que le permitió estar actualizada y, a la vez, difundir su propia producción. De ahí la necesidad de pagar ella misma muchas veces los esténciles, mecanografiar los textos, comprar resmas de papel y pasarse horas, a veces toda la noche, mimeografiando las páginas de los Boletines, que luego ensamblaba, mandaba encuadernar, empaquetaba y enviaba por correo. Por ello también hay bibliografía de Susnik en numerosas bibliotecas especializadas en Ciencias Sociales en América y Europa.

En los últimos meses solo le preocupaba terminar las investigaciones que tenía en proceso. Luego, hospitalizada, se comunicaba con Adelina Pusineri –la secretaria que la acompañó los últimos siete años– y las enfermeras por escrito. A una de ellas, que le habrá preguntado a qué se dedicaba, le contestó con caligrafía ya temblorosa: «Escribí 75 libros sobre diferentes tribus y 3 sobre Paraguay (XVI-XX)». En su conferencia al recibir el Premio Nacional de Ciencias dijo: «Vine al Paraguay hace 42 años, después de las violencias de la Segunda Guerra Mundial; gracias a la colaboración del patrimonio familiar del filantrópico intelectual paraguayo Andrés Barbero, fundador de la Sociedad Científica del Paraguay y del Museo Etnográfico, pude dedicarme íntegramente a las investigaciones antropológicas y con mis trabajos agradecer al Paraguay que me acogió tan generosamente». A pesar de muchos tragos amargos, que guardó en silencio. Con la misma discreción con la que guardó su vida privada.

Entre los silencios, está el hecho de que nunca publicó sobre los guaraníes actuales, pese a su trabajo de campo con los chiripá durante todo el año 1958. En el campo, recibió una carta de Cadogan, que la amenazaba con patrocinar una querella criminal y la acusaba de sembrar «el odio y la anarquía entre la parte de nuestra población que más necesita amparo»; en tanto «Curador de Indios» (cargo otorgado por el Gobierno), «pondré en conocimiento [sobre la población indígena anarquizada por Ud.] del Sr. Ministro del Interior [Edgar L. Ynsfrán] el abuso incalificable que Ud. está haciendo de la tarjeta que él le expidió». Esto en plena dictadura. Con ella trabajando en zona de guerrillas. Ese año, Susnik le escribía a su madre: «sí, también aquí estoy estudiando, averiguando y viajo entre los Indígenas, no me hallo aquí en la tierra paraguaya, tanto menos ahora que estamos en la dictadura militar –dura y cruel». Susnik presentó informes, hoy desaparecidos, en los que hablaba de la aculturación de los chiripá y criticaba el indigenismo, y su ideología nacionalista y paternalista de «ayuda» al indígena. Ella abogaba por la investigación y el respeto a lo que el indígena quiere, frente a los prejuicios y esencializaciones de la sociedad nacional. En 1954 había advertido que «ocurrirá en el Chaco lo que ya ha tenido lugar en otros países sudamericanos: los indígenas se transformarán en objeto de demagogia de todos los colores políticos posibles».

Su auxiliar Vicente González afirma que Susnik escribió mucho en esa época. También que dijo temer por su vida si hacía públicas esas investigaciones. Por su correspondencia, sabemos de una investigación sobre los guaraníes en esloveno, hoy desaparecida. Y es que Branka cargaba los horrores de la Segunda Guerra Mundial: asesinaron a su padre frente a ella en el patio de su casa; estuvo presa en la cárcel de Adjovscina cuando intentó escapar a Italia; vivió en campos de desplazados, hasta que logró migrar a Argentina en 1947. No quería volver a pasar por situaciones similares. Necesitaba proteger el mundo que se creó para sí misma en Paraguay, que le permitía investigar. Aunque naturalizada paraguaya en 1956, se sentía extranjera y sabía las consecuencias que podría tener internarse explícitamente en disputas políticas.

Contestó produciendo. Trascendiendo un medio, por cierto muy masculino, en el que no tuvo interlocutores. No la entendían y la veían como un bicho raro por su rigurosidad, su intransigencia y su ética, que se trasluce en la coherencia entre su pensamiento y sus actos. Aunque muchos recuerdan que fueron tratados fríamente por ella, quienes la conocieron en el día a día recuerdan su presencia imponente, que, pese a su pequeña estatura, intimidaba. Su erudición. Pero, sobre todo, su generosidad, su manera particular de mostrar afecto y su sentido del humor, su finísima y potente ironía. Ironía que se trasluce incluso en párrafos de sus investigaciones, hasta hoy más citadas que realmente leídas. Se habla mucho de Susnik –o se la pinta en murales–, pero sus obras aún se leen muy poco.

Murió el 28 de abril de 1996, dejando dos libros más que se publicaron póstumamente. El tercer tomo de Una visión socio-antropológica del Paraguay. Siglo XIX, Parte 1era termina con la palabra «Continuará». La segunda parte de esta demoledora investigación quedó en apuntes...

Pero la obra de Susnik continuará. Sobre todo en la medida en que la leamos, y no solo este año en el que habría cumplido cien. Susnik requiere ser leída más de una vez: no expresa sus puntos de vista por medio de simples juicios de valor sino asumiendo la complejidad de factores que interactúan y por medio de la selectividad en la organización de los datos. Así, dice «sin decir». Hay que pensar lo que dice y cómo lo dice para entender realmente qué está diciendo. Y seguiremos creciendo en la medida en que incorporemos su pensamiento, hasta hoy tan poco estudiado. Y ojalá alguien tenga la iniciativa de reeditar sus obras completas, lo que sí sería un homenaje coherente con lo que fue Branka Susnik en vida.

Uno de sus primeros artículos, «Entre los indígenas Lengua», de 1954, concluye así: «Los lengua y los sanapaná no conocen la palabra “terminar”, y dicen simplemente “kjahao”, lo cual significa “hasta aquí”. Por eso, queridos lectores, continúen ustedes».

gabrielazf@gmail.com

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