Mis recuerdos de la Dra. Branislava Susnik, mi Jefa, mi Maestra, mi Amiga

«Kaj je umirati?» («¿Qué es morir?»), escribía Branislava Susnik en su agenda al final de su vida, recuerda su colaboradora y amiga Adelina Pusineri, historiadora y directora del Museo Etnográfico Andrés Barbero.

Frente al monumento en Bahía Negra, 1990. Viaje de exploración arqueológica.
Frente al monumento en Bahía Negra, 1990. Viaje de exploración arqueológica.Archivo, ABC Color

Vienen a mi memoria muchos recuerdos, aunque ya hace 24 años de su partida y siete y medio desde que compartí el día a día como su secretaria en el Museo Etnográfico Andrés Barbero. Todos los días seguimos sintiendo su presencia en el Museo: siempre hay algún motivo, algún acontecimiento que nos hacer pensar en cuanto hacía, quería, ponía o decía la Doctora. Estos recuerdos son los que trataré de narrar para que tengan una imagen de la persona frágil, sencilla, pero fuerte, la mujer-maestra-amiga-cientifica-escritora-fotógrafa-orientadora-confidente-consultora sentimental-chistosa, preocupada por Paraguay y su destino, por los pueblos indígenas, por la juventud y la docencia, por tantos otros motivos que la hacían interiorizarse de las noticias del país y el mundo escuchando por las noches en su radio onda corta emisoras de Europa, Europa del Este, como radio Moscú y otras.

Iniciaba el día dirigiéndose a mí con un «prepárese un café y venga». Me sentaba a su derecha en la mesa de la sala de lectura de la Biblioteca y comenzábamos nuestras charlas matutinas sobre las noticias del día. Para entonces, la doctora ya había leído el periódico, que llegaba temprano al Museo. Así fui sabiendo de sus recuerdos, dolorosos por haber dejado atrás forzosamente su patria, su familia y sus estudios; fui conociendo sus gustos y desagrados, sus miedos y aficiones, sus recuerdos culinarios, sus viajes, y, al fin, supe de su llegada a América en 1947, después de la Segunda Guerra Mundial.

Su chispa era constante, pese a la fama que se había ganado entre los allegados que no entendían su agudeza. Decía su amigo el antropólogo Miguel «Gato» Chase-Sardi que era «de carácter fuerte y agresivo» (1). La calma paraguaya contrastaba con su estilo trabajador, incansable, sin las siestas propias de países calurosos.

Llegué al museo como secretaria el 1 de diciembre de 1988, aunque ya me había solicitado mi concurso en julio, luego de casi un año sin secretaria por la enfermedad de Elke Unger, su exalumna y asistente de cátedra, y secretaria del Museo. De julio a diciembre acudí al museo cada tarde a leer lo que me indicaba, conocer las colecciones, la etnohistoria de los pueblos indígenas, y aprender de sus conocimientos del barrio y sus pobladores mirando por las rendijas de las persianas de los ventanales todo lo que me mostraba: «¡Aquel que pasa es un payaguá!», «Esta es una mulata», «Ese es un indígena», «Aquellos son mestizos de payaguá». Las mujeres y sus hijos, las labores de los hombres que subían del barrio de la Chacarita, situado detrás del Museo; ¡escucharla era como ver una postal!

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A los dos meses de entrar a trabajar el golpe de Estado derrocó a Stroessner. Esa noche del 2 de febrero la pasó con mucho miedo, pues por la cercanía al centro se escuchaban los bombardeos desde la bahía de Asunción y le traían recuerdos de su juventud, la guerra, las ocupaciones en su país y las pérdidas, como la de su padre; me llamó al día siguiente y me contó de su noche sin dormir y sus temores y memorias.

Nuestro primer viaje juntas fue en julio de 1989 a Posadas, Argentina, para visitar el Museo Aníbal Cambas y reunirnos con miembros de la Junta Histórica de la ciudad. Nos alojamos en un hotel y durante cinco días fuimos al museo a fotografiar el material arqueológico: cerámica y material lítico recolectado por el alemán F. Mayntzhusen en territorio paraguayo a comienzos del siglo XX. Fue la primera vez que compartí a diario con ella dormitorio, trabajo, comidas, y charlas más personales y muy amenas.

En 1989, a fin de año, se programó un viaje a Bahía Negra, el último viaje de campo de la Dra. Susnik, y en mi caso el primero; visitamos la comunidad chamacoco, la misma que había visitado en 1956, en su primer viaje importante al Alto Paraguay, y luego en 1968, lo que resultó en su importante libro Chamacoco. Cambio Cultural. Encontró informantes de ese entonces que, felices, la saludaban. Luego, con apoyo de la Comandancia de la Armada, donde nos alojaron, fuimos al Puerto 14 de Mayo; ahí se hicieron trincheras de excavación arqueológica en las que se recolectó material cerámico, lítico y óseo. Volvió muy feliz de haber podido salir al campo, pero no escribió los resultados de este viaje.

En 1992, 1993 y 1994 fuimos a Buenos Aires a investigar en archivos y bibliotecas para su gran obra en tres tomos Una visión socio-antropológica del Paraguay, siglos XVI-XVII, XVIII y XIX. En Buenos Aires se sentía como si regresara a Europa. Llegábamos al hotel en domingo para ir al cine y buscábamos una película, en especial asiáticas o de otros lugares remotos. Los días comenzaban con un buen café en alguna buena cafetería, porque el del hotel no le gustaba, y se comía de nuevo una o dos medialunas. Íbamos a las bibliotecas, donde la reconocían con mucho respeto, y nos llevábamos muchos libros de obsequio y para mantener el canje. Todos los días almorzábamos en El Palacio de las Papas Fritas, en la calle Lavalle, donde los mozos, muy atentos, la saludaban, y los siguientes años ya la reconocían. Apostábamos quién vería al primer «buen mozo»; coincidíamos a diario con su «buen mozo», un hombre alto de unos 50 años, de bigote, que comía a nuestro lado, y me preguntaba cuál sería el mío. Por las tardecitas íbamos a una cafetería, también en Lavalle, El Reloj, donde nos encontrábamos con su discípulo, el etnobotánico residente en Buenos Aires Pastor Arenas.

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En sus últimos años, prosiguió su tarea cada vez más aprisa, como si la apuraran; estaba ya cansada y se aislaba, salía solo para comer, le incomodaban las consultas, pues decía que le hacían perder el tiempo que podría dedicar a escribir.

Después de la visita de la Dra. Irene Mislej desde Eslovenia en 1992, comenzó a hablar con mucha añoranza y menos miedo de su patria y a disfrutar cada revista eslovena que recibía. Sus ojos brillaban al ver las fotos, comentando los hermosos paisajes de montañas y valles, las costumbres y fiestas tradicionales, las comidas, las frutas, el campo, los cultivos, los viñedos, las cruces de los caminos.

No contestaba cartas de Eslovenia; sin embargo, me permitió escribir a la Dra. Irene Mislej, porque quiso que en su patria se supiera de su obra, y, más aún, aceptó que se enviaran notas periodísticas y fotos cuando recibió el primer Premio Nacional de Ciencias.

El año 1995 posiblemente fue el más difícil, por agudizarse sus problemas de salud. Cada día escribía en su agenda algún pensamiento en esloveno y manifestaba su soledad, que, aunque elegida por ella, le pesaba, e invocaba constantemente a su guía espiritual, el misionero Friderik Baraga (2), de quien tenía estampas y cuadros en su habitación, en la Biblioteca y entre sus carpetas.

Casi cada día de 1995 escribió: «Zakaj, Gospod!» («¡Por qué, Señor!»), «Kaj je umirati?» («¿Qué es morir?»), «Samota je tezka», («Estar sola es difícil»), «Hvala, B» («Gracias, B[araga]»), «Zdravje, Gospod» («Salud, Señor»), «Blagoslov, B», («Bendiciones, B[araga]»). Gracias a un joven esloveno que pasó por el Museo en 1997 pude entender esa tristeza manifestada en su lengua, aunque repetidas veces daba gracias: «Hvala, B».

Su trajinar diario en el Museo y la Biblioteca, su lugar de vida y obra, no cesaba ni entre las internaciones y los reposos que no cumplía. No se acostaba; sentada en su escritorio, seguía escribiendo cuando el domingo 14 de abril manifestó que no se sentía bien y la doctora Beatriz Herreros sugirió llevarla al Sanatorio San Lucas. Ella sola preparó su bolsón de ropa –no quería molestar– y al salir entregó «El ultimo reportaje», como lo tituló «Gato» Chase cuando fue publicado luego en un diario de Asunción. Ella misma había preparado una síntesis de su venida a Paraguay, su obra, sus viajes de campo. La Semana Santa de 1996 la pasó escribiendo y ordenando sus papeles.

Su genialidad brillaba aún en la sala de terapia, donde escribía para comunicarse, hasta irse. Ni la Dra. Herreros ni su amiga Julia ni yo mencionamos nunca su enfermedad: ¡hasta el último día ella fue la fuerte, «mi Jefa»!

Paraguay le debe tanto a la Dra. Branislava Susnik que ni condecoraciones póstumas (3), como la que recibió al poco tiempo de fallecer, son suficientes para homenajearla. Partió el domingo 28 de abril de 1996, asistida por un sacerdote católico, exactamente 49 años después de haber pisado orillas americanas. Reposa en la lejana tierra del Paraguay, que le dio «paz y quietud para escribir».

Notas

(1) Miguel Chase-Sardi, «El ultimo reportaje (I)», Última Hora, 8 de junio de 1996, p. 10.

(2) Venerable Frederik Baraga, misionero católico esloveno que publicó un diccionario de la lengua chippewa en el siglo XIX.

(3) Fue condecorada por el Gobierno cuando era presidente Juan Carlos Wasmosy, el 14 de mayo de 1996 (dos semanas después de su fallecimiento) con el grado de Gran Oficial; recibió la distinción el presidente de la Fundación La Piedad, Dr. Juan A. Cattoni.

rosapusi@hotmail.com

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