En 1963, Hannah Arendt publicó una de sus obras más reconocidas, Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal. Como es sabido, el libro fue concebido luego de que ella cubriera para la revista The New Yorker el juicio por crímenes contra la humanidad al exjerarca alemán de las SS en 1961 en Jerusalén. La historia es conocida: en lugar de realizar la habitual crónica sobre las alternativas de un juicio a uno de los más connotados criminales de guerra nazi, optó por centrarse en la figura del acusado, en tratar de entender cómo una persona corriente pudo llegar a formar parte de un plan de exterminio. Y aquí se encuentra la originalidad de su mirada en aquel lejano 1963: donde la mayoría vio, o quiso ver, la maldad personificada, a un «monstruo», ella vio a un tipo común que, en principio, no mataría ni a una mosca.
Simplificando y resumiendo al extremo, Arendt plantea que Eichmann llegó a cometer prácticas genocidas por considerar que esa era su tarea en el engranaje del régimen. La autora sugiere que uno de los motivos que lo llevó a cometer atrocidades fue su deseo de ascender en la estructura burocrática del poder nazi, de hacer «carrera» cumpliendo órdenes superiores, lo que remite al concepto de «obediencia debida», en donde el ejecutante no reflexiona sobre la ética de la orden recibida. Este mecanismo, que se puede dar en sujetos comunes y corrientes, es lo que lleva a Arendt a acuñar la categoría de la banalidad del mal.
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José Duarte Penayo fue designado en diciembre de 2024 por decreto del titular sustituto del Ministerio de Educación, David Velázquez Seiferheld, como titular de la ANEAES, la agencia gubernamental que evalúa las diferentes carreras universitarias. Duarte tiene la apariencia de alguien que no mataría ni a una mosca. Su currículum académico, que incluye títulos de grado en la UBA (Argentina) y de posgrado de Filosofía en La Sorbonne (Francia), lo hace aún más «civilizado» que el resto de los mortales. Siempre está bien vestido, de traje y corbata, y nunca se lo ve despeinado. Sin embargo, la semana pasada se despachó con declaraciones públicas –que poco tienen que ver con su función– sobre algunos aspectos de la dictadura de Stroessner. Las frases que más polémica causaron fueron: «para mí, fue un presidente constitucional» y «frente a este período oscuro (1904-1940), la dictadura de Stroessner fue benigna», además de la afirmación de que las violaciones de derechos humanos se produjeron sobre todo al final del régimen, lo que demuestra un desconocimiento alarmante de los ciclos represivos anteriores. Al día siguiente, frente a múltiples expresiones de repudio provenientes de diferentes sectores políticos y académicos, Duarte redobló la apuesta y dijo en varios medios que no se retractaría en nada de lo que expresó, escondiéndose detrás de los argumentos de Paul Lewis, autor del libro Paraguay under Stroessner (1980), que, dicho sea de paso, no expresa lo mismo que declaró Duarte.

Duarte no llevó adelante torturas físicas ni ejecutó presos, pero sí intentó minimizar la crueldad de los epígonos locales de aquellos fascistas como Eichmann que actuaron durante el régimen estronista en Paraguay. Y no lo hizo por convicción propia, sino cumpliendo órdenes, al igual que el jerarca de las SS. Sus declaraciones no son espontáneas. Es un intelectual orgánico al servicio de las derechas paraguayas que con sus dichos realiza un ensayo para probar hasta dónde se puede llegar en la intención de la ANR de rehabilitar la figura de Stroessner y, por ende, la trayectoria de ese partido entre 1954 y 1989. Lo que propone Duarte es una trampa, se refiere a cifras de muertos y a niveles mensurables de violencia para no hacer explícita su verdadera intención –que claramente no es abrir un debate histórico–: limpiar el pasado reciente de su partido durante el estronismo. Ahora esperarán las reacciones o no de la sociedad civil. Si no advierten resistencias, avanzarán más y podrían llegar a concretar la profecía que Paul Lewis incluyó al final de su libro: «puede predecirse que Stroessner, pese a lo brutal y corrupto de su régimen, encontrará algún día su lugar en el Panteón de los Héroes» (p. 426).
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En estos momentos se desarrolla el juicio a los torturadores estronistas Fortunato Laspina, Eusebio Torres y Manuel Alcaraz. Duarte no inflige dolor físico a víctimas de un poder dictatorial, pero si produce heridas graves a algo inmaterial como la memoria histórica, causando un dolor en el pecho de los familiares de las víctimas del estronismo. Duarte es más peligroso que aquellos que provocaban dolor físico por obediencia, y, quizá, por placer, porque con sus dichos atenúa la gravedad de aquellos actos.
Cualquiera puede convertirse en la actualidad en un Eichmann si en lugar de pensar por su cuenta adhiere a las propuestas de las derechas radicales que ocupan el poder en muchos países del mundo, con posibilidades de ampliarse cada día más. Y Duarte es uno de ellos, ya que pensaba de modo radicalmente diferente hace diez años, cuando ejercitaba la práctica del pensamiento autónomo, sin un comisario político que le dijera lo que tenía que declarar. Es así que el domingo 18 de octubre de 2016 publicó un artículo en este mismo Suplemento Cultural, en donde criticaba la designación de Fernando Griffith como titular de la Secretaría Nacional de Cultura del gobierno de Horacio Cartes, y, por extensión, la política cultural del cartismo. En resumen, el Duarte de 2016 se escandalizaba ante la posibilidad de que aspectos culturales de un país fueran manejados por una persona cuestionable intelectualmente como Griffith, y sobre Horacio Cartes opinaba que este creía que «las políticas culturales consistían en recuperar el Jardín de la Cerveza». Cerraba su artículo afirmando que la elección de Griffith era un recurso de Cartes para revigorizar su gobierno que, según Duarte, estaba en crisis, con narrativas esencialistas y positivas de la nación: «aquel que viene para dar un abrazo y decir que todo va a estar bien, con la voz afectada de la falsificación histórica, el delirio biologicista y la venta de humo profesionalizada, revestidos todos con los honores del rango ministerial», agregando que Griffith podría «proveer al gobierno de un relato, de una narrativa que le permita delinear una identidad ideológica más clara». ¿Será que ahora el señor Duarte está cumpliendo el mismo papel por el cual cuestionaba a Griffith en 2016? ¿Quiere ser Duarte el Natalicio González del siglo XXI? ¿Desea convertirse en el proveedor de una ideología un poco más ilustrada y sólida para el coloradismo cartista? ¿O simplemente, y utilizando la categoría reciente de Federico Finchelstein, es un aspirante a fascista más? El próximo lanzamiento de su libro Diez tesis sobre el Partido Colorado se encuentra relacionado con estos interrogantes.
Duarte, como señala Arendt sobre Eichmann, dejó de pensar con la autonomía que demostraba su otro yo de 2016, y ahora solo cumple órdenes. Pasó a ser como los miles de infectados de la serie Plur1bus, y ahora se encuentra conectado a la «mente colmena» de la ANR. No hay que enojarse con él, ya que simplemente está «cumpliendo su deber», el que le dictan los mandarines del poder.

*Mariano Damián Montero es historiador por la la Universidad de Buenos Aires, magister en Historia Intelectual por la Universidad Nacional de Quilmes, miembro de la Red Internacional de Estudios Críticos sobre el Stronismo y de la Red Latinoamericana de Teoría e Historia de la Historiografía, investigador y autor de artículos sobre historia reciente del Paraguay publicados en revistas de diversos países. Ha publicado los libros Agapito Valiente. Stroessner kyhyjeha (Arandurã, 2019), Lincoln Silva: Obras completas (Arandurã, 2021) y Super Omnia Veritas. La Academia Paraguaya de la Historia y la dictadura de Stroessner (Arandurã, 2025).
