Existe la creencia de que para disfrutar de la música es necesario comprenderla. Reconocer sus formas, anticipar sus desarrollos, seguir su lógica interna como quien sigue un plano arquitectónico. Perderse, en cambio, suele vivirse como un defecto del oyente: una distracción, una falta de atención, casi una culpa.
Sin embargo, perderse en la música es un derecho tan legítimo como escucharla con atención analítica. Y quizá hoy, en una época obsesionada con la claridad, la síntesis y la eficacia, sea incluso una necesidad.
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Esta idea atraviesa Milagrerías y escalas disonantes, libro publicado el año pasado que reúne textos del pianista, poeta y escritor austríaco Alfred Brendel (1931–2025). La obra es una recopilación de artículos que recorren temas tan diversos como la música de Schubert y Beethoven, la orquesta del Sistema de Venezuela o el cine de Buñuel, Chaplin, Woody Allen y Hitchcock.

El análisis que Brendel dedica a los dos grandes colosos del romanticismo alemán es uno de los capítulos más reveladores del libro. Allí sostiene que la música de Franz Schubert ha estado históricamente cargada de prejuicios, que clasifica en tres grandes ideas: que es una copia menor de Beethoven, que es un compositor excesivamente lírico y poco épico, y que es un creador «sonámbulo», en contraposición a Beethoven, considerado «el arquitecto» de la música.
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Este último calificativo, claramente despectivo, alude a que la música de Schubert puede resultar extensa, con motivos que parecen desarrollarse sin un final evidente. Beethoven, en cambio, aparece como resolutivo, enérgico, épico y condensado. Frente a esta oposición, la historia de la escucha musical en Occidente ha tendido a privilegiar la síntesis, la fuerza y la direccionalidad clara por encima de lo ambiguo, lo prolongado y lo errante.
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Durante más de dos siglos se ha impuesto la idea de que una obra musical debe avanzar siempre hacia adelante, ser comprensible en todo momento y ofrecer procesos reconocibles para el oyente a fin de ser considerada válida. Sin embargo, Brendel cuestiona esta mirada cuando afirma: «Frente a la condensación beethoveniana, aparece Schubert como un músico que se deja llevar al borde del abismo, que, más que dominar la vida, se expone a ella».

Esto no implica que Schubert ignore las formas ni que componga desde la improvisación permanente. Por el contrario, su música nos invita a un viaje sonoro amplio, a un desarrollo de ideas sin reafirmaciones constantes, donde perderse forma parte del recorrido. Un extravío que, lejos de ser un defecto, abre la posibilidad del reencuentro.
El derecho a perderse en la música es tan natural como la vida misma. Aun así, persiste el mito de que es necesario comprender todo lo que se escucha para poder disfrutarlo. Otro mito complementario sostiene que los verdaderamente «cultos» son aquellos capaces de seguir una obra de principio a fin sin dispersión alguna.
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La experiencia real de la escucha desmiente estas creencias. Tanto en canciones como en obras sinfónicas de gran extensión, incluso los oyentes más entrenados atraviesan momentos de desconexión, distracción o abandono momentáneo del hilo musical. Escuchar no es un acto lineal ni permanente, sino una experiencia fluctuante.
En los últimos años, además, la capacidad de concentración y abstracción se ha visto seriamente erosionada. La lógica de la hiperconectividad y la gratificación inmediata ha modificado nuestra relación con el tiempo y la atención. No es casual que gran parte de la música actual tienda a ser cada vez más breve, simple y reiterativa, adaptándose a una escucha fragmentada y ansiosa.

Perderse, entonces, no solo es normal, sino también necesario. No comprender una obra instrumental no vuelve ignorante a quien escucha; renunciar a escucharla por temor a no entenderla, en cambio, priva de una experiencia cada vez más escasa: el disfrute del placer estético. Disfrutar la belleza del sonido por sí mismo, sin exigirle significados ni explicaciones lógicas.
En este tiempo de pausas y reflexiones, la invitación para el lector es simple: perderse en la escucha. Tal vez sentado en un espacio cómodo, mirando el atardecer en silencio y dejando que la noche acompañe. Mientras tanto, la música se apoya en otros sentidos y se convierte en parte de un espacio de contemplación más amplio.
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Escuchar a Schubert en manos de Alfred Brendel en obras como la Fantasía en Fa menor D. 940 o los 4 Impromptus Op. 90 –por solo citar algunos ejemplos– es aceptar una música que no promete certezas. Una música que no empuja, sino que acompaña. En ese dejarse llevar, en ese no saber del todo hacia dónde se va, la escucha se parece un poco más a la vida: abierta, frágil y, por eso mismo, profundamente humana.

*Javier Acosta Giangreco (Asunción, 1989) es guitarrista, compositor e investigador musical, licenciado en Composición Musical por la Pontificia Universidad Católica Argentina y máster en Investigación Musical por la Universidad Internacional de La Rioja (España). Se ha presentado en escenarios de Paraguay, Argentina, España y Estados Unidos. Fue director artístico del programa social Sonidos de la Tierra. Ha publicado los libros Nicolás Pérez González: la revolución inconclusa (2018) y El sortilegio de Sila Godoy (2025).

