Hay que ver Pecadores (2025), película estadounidense producida, escrita y dirigida por Ryan Coogler (Creed, 2015; Black Panther, 2018). Dos gemelos idénticos, Smoke y Stack, retornan a su Clarksdale natal, en Mississippi, luego de pelear en la Primera Guerra Mundial y trabajar para la mafia —«war made the state and the state made the war», señalaba Tilly sin ironías—, y con el dinero ahorrado abren un club de blues para su comunidad, con acceso restringido a extraños, en principio, blancos. Una serie de sucesos, como anticipaciones narrativas propias del misterio o el terror, desembocará en el intento de los últimos citados de ingresar en ese club con siniestras intenciones.
Dos hechos, política y simbólicamente notables, me motivan a analizar Pecadores (2025): la plausible iniciativa, no exenta de implicancias estructurales, de España orientada a la regularización de inmigrantes, colectivo del cual 122.635 paraguayos formaban parte según datos al 1 de enero del año pasado (INE, 2025); y el fenómeno Bad Bunny, cuya irrupción en el espectáculo global del Super Bowl catalizó reacciones «desidentitarias» entre amplios sectores del público. El fenómeno transversal que explica estos dos hechos es el posicionamiento egodistónico de comunidades latinas inmigradas en diferentes espacios geográficos del mundo, que, aún conscientes de la amenaza de sus propios verdugos, persisten, en una suerte de paradoja afectiva, en apoyarlos y hasta defenderlos.
Lea más: Benito: Bad Bunny, good bunny
Cuando cada uno de estos hechos deja entrever elementos sumamente concretos que van dando forma a símbolos que una película, habiendo batido récords en nominaciones para la Academia, logra condensar en sus pasajes más perturbadores, cabría pensar que no todo está perdido. En cuanto a ese optimismo traducido en consuelo fugaz, matices habrá. Es precisamente en ese instante de consolación donde se introduce la tensión: aquella que, al hacerse cada vez más fuerte, nos atará a la pantalla. El terror sabe subordinar al espectador, pero el objetivo de Pecadores en particular es lanzar una advertencia que comenzará a tomar forma, a desnudarse. Y se posicionará al final, allá en el fondo de un abismo, con todo su misterio, en todo su esplendor. Y esperará un buen rato, dos horas y dieciocho minutos para ser exacto, a la catarsis para cerrar el círculo.

Esta catarsis es tomar conciencia de que esa advertencia es éticamente, por el contexto global que estamos viviendo, ineludible. Freire no se quedó corto al retratar, con notable precisión, una pedagogía que la película retoma, a través del vampiro, para transpolar el rol del oprimido, devenido ya opresor, y mostrar cómo este asecha, con la polarización y el aprovechamiento del desconocimiento como herramientas, a sus futuros acólitos. La mordida del vampiro encarna así la captura de ese descuido del pensamiento crítico que, en el momento menos esperado, le es arrebatado al oprimido pese a las advertencias. No hay vuelta atrás después de ese momento cumbre. La dignidad cae estrepitosamente y, a la vista de los semejantes, el individuo, ya converso, ya idiotizado, se pasa al bando opresor.
Lea más: JAVORÁI, pódcast de poesía paraguaya contemporánea
Empero, la metáfora, insisto, no será el recurso principal para comprender el discurso político del filme. Resulta, en cambio, una grata sorpresa que, tras los éxitos de Creed y Black Panther, al dejar de lado las triviales y ya aburridas narrativas de superación personal, el fetichismo meritocrático y los individualismos afines a la ideología neoliberal, Ryan Coogler se atreva a cuestionar estructuralmente el poder y sus mecanismos de opresión. Este gesto convoca una catarsis que se inscribe en el proceso de toma de conciencia de un pueblo históricamente oprimido en Estados Unidos, el afroestadounidense, pero cuya resonancia resulta replicable para quienes nos situamos en el «patio trasero». Lo que se nos ofrece advertimos, entonces, que no es sino el retrato de una sociedad fracturada en la que habitamos.
Probablemente esa lógica, esa paradoja que no terminamos de comprender encuentre su formulación más precisa en el propio dispositivo de terror que nos interroga. ¿Y si el verdadero horror consistiera, simplemente, en mirar de frente la realidad que nos circunda? ¿Qué pasa si el verdadero terror no es el hecho de que una comunidad está siendo vampirizada para acabar con su humanidad en el delta del Mississippi, sino que estamos simplemente viendo el reflejo de cómo, en forma análoga, se dibuja ante nosotros el asecho de un odio real, tangible, en las esferas del poder geopolítico que ha erosionado la ya frágil paz mundial?

Los personajes que representan al colectivo afro en la película ponen el foco de manera definitiva en una de las comunidades históricamente más marginadas del país, situación reforzada por las políticas actuales de Donald Trump, cuyo rechazo hacia estos colectivos y hacia los inmigrantes latinoamericanos es por todos sabido. Pero, aun a sabiendas de ello, los propios afectados, en el contexto actual, «vampirizados» por ideas fascistas, apoyan a líderes alineados con la ultraderecha: fue Bolsonaro en Brasil, ahora Milei en Argentina, Trump en Estados Unidos; y no debería extrañarnos que en España asciendan figuras como Abascal o Feijóo. Muchos de ellos se han valido del apoyo de comunidades enteras que, paradójicamente, pertenecen a colectivos históricamente vulnerados en sus derechos precisamente por esas ideas que hoy respaldan.
La advertencia de que en la película que nos ocupa hay vampiros al acecho pone en la cancha de la comunidad choctaw la misión de prevenir a los habitantes sobre la amenaza. Alegoría contundente. El mensaje claro del abandono de las raíces culturales o el irrespeto a las comunidades originarias se refuerza con la presencia extranjera que no radica necesariamente en el origen irlandés del «paciente cero», sino en que este, anteriormente, fue infectado. El problema no es la persona, sino la enfermedad, la idea. Una vez ingresada en la población, el desenlace será el peor: la homogeneización cultural, el aborrecimiento a la diversidad, a la riqueza de la pluriculturalidad que, en países como Estados Unidos o España, se debe en gran medida a sus poblaciones inmigrantes. Y es eso lo que está pasando hoy.
Lea más: Los psicópatas no son gente mala
La falsa conciencia (o la no conciencia de clase) es la nueva vampirización. Por eso hoy un latinoamericano vota contra sus propios intereses o, desde fuera, apoya a líderes de ultraderecha. Por eso un latinoamericano desaprueba la expresión de su cultura en un Súper Bowl, porque sus aspiraciones personales, a menudo egoístas, son reforzadas por un sistema que no lo conduce a pensar en lo colectivo, ya que, además, «la conciencia racial está profundísimamente sublimada», como escribía Gustavo Setrini (2026). Por eso, despreciar la cultura originaria es muchas veces imprudente porque la respuesta está en su historia, desbordada de procesos opresivos, marginaciones y etnocidios.
Para quien siga pensando que el arte, el cine, no es político, Pecadores será solo un pasatiempo, amenizado con una banda sonora de inmensa riqueza. Pero, para otros —pocos, quizá, como pocos fueron los que en la Berlinale reivindicaron el hacer cine como plataforma política de denuncia (puntualmente, frente al genocidio en Gaza)—, el arte no será, como sostenía Brecht, un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma.

Referencias
Instituto Nacional de Estadísticas (2 de diciembre de 2025). Censo anual de población. Disponible en: https://www.ine.es/dyngs/Prensa/CensoVariables2025.htm
Setrini, G. (2026). ¿Por qué les molestó Bad Bunny? Paraguay en el espejo del Super Bowl. Disponible en: https://www.ultimahora.com/por-que-les-molesto-bad-bunny-paraguay-en-el-espejo-del-super-bowl
*Julio de Torres es actor, dramaturgo e investigador en artes, licenciado en Antropología por la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (Brasil) y en Sociología por la Universidad Nacional de Asunción, máster en Estudios Avanzados de Teatro por la Universidad Internacional de La Rioja (España) y en Planificación por el Instituto de Altos Estudios Estratégicos, candidato a doctor por la Universidad de Barcelona y miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y de la Asociación Internacional para la Investigación Teatral, entre otras.

