La percepción insignificante

M. C. Escher, Convexo y cóncavo, litografía, 1955.
M. C. Escher, Convexo y cóncavo, litografía, 1955.

Una reflexión a propósito de la preeminencia de la subjetividad.

Discúlpenme si comienzo con una obviedad de Perogrullo: lo malo de la subjetividad es que es subjetiva, quizás demasiado subjetiva, considerando que la percepción individual de cada persona, si se acepta como criterio de realidad, tropieza inevitablemente con la subjetividad de todos los otros miles de millones de habitantes de nuestro pequeño pero densamente poblado planeta Tierra.

La historieta Mafalda, de Quino, tiene un inmejorable ejemplo humorístico al respecto: los arquetípicos chiquillos, que están conversando en un corro, se plantean lo fácil que sería que el mundo fuera hacía adelante… Pero, claro, como están en corro, el «adelante» de unos es el «atrás» de otros, y acaban a trompadas… ¿Les suena familiar, verdad? Porque ocurre en gran parte de los grupos de WhatsApp que no evitan los temas de religión o ideología.

Los pensadores posmodernos abrieron la caja de los truenos cuando empezaron a afirmar que la realidad no existe como tal, sino que es un constructo más o menos consensuado… Son varios los que se explayaron sobre el tema, pero quizás fue un tal Derrida el que llevó tal idea al extremo al suponer que no existe en absoluto lo objetivo, sino solamente «lecturas subjetivas»… Me objetarán que simplifico mucho la compleja teoría del filósofo francés, y tienen razón, no contestaré que es «mi lectura».

También me dirán, con razón, que esa «lectura subjetiva» no es nada novedosa si se piensa que los versos más conocidos de Campoamor ya decían, cito de memoria, «…en este el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira». O, más atrás aún, Calderón: «…que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son». Sin embargo, ni Derrida ni Campoamor habrán podido convencer a nadie de que un gato es un elefante o, como estamos últimamente escuchando día de por medio, que un intercambio ininterrumpido de bombardeos es una guerra terminada… cosa que solamente puede afirmar alguien que practica sus «lecturas subjetivas» desde muy lejos de donde caen las bombas.

Ramón de Campoamor.
Ramón de Campoamor.

El caso es que esa indexación excesiva del subjetivismo ha llevado a que se sobrevalore la percepción personal, lo cual es claramente engañoso no solo porque la autocrítica no es una de las virtudes más extendidas entre los seres humanos, sino porque el efecto Dunning-Kruger explica claramente que mientras más tontos e ignorantes somos, más listos y sabios nos creemos, porque precisamente nuestra percepción subjetiva carece de las herramientas necesarias para establecer los límites de nuestra capacidad.

Y así llegamos también a «yo me percibo tal cosa y por lo tanto lo soy». De ello ya escribió hace unos días mi amigo Neri Farina, a propósito del delirante caso del analfabeto funcional que no solo se creyó abogado sino que ejerció en el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, y los papeles falsos que, tras el periodo de prescripción, se perciben verdaderos.

Sin embargo, la existencia de los therian podría ser, a veces, una forma de autocrítica, si no fuera porque rara vez coincide la autopercepción con la percepción de los demás: no creo que el ministro estronista conocido como «Ñandejara Taxi» fuera un therian que se percibía a sí mismo como descendiente del burro que, según la tradición, transportó a Jesucristo en el Domingo de Ramos, pero la gran mayoría de los paraguayos lo percibía como tal. Si miramos a nuestra clase política, deberíamos encontrar a quienes se identifiquen con buitres, ratas, hienas, sanguijuelas, etc., y quizás ellos también lo sepan, aunque se resistan a reconocerlo y lleven puesta permanentemente una máscara de seres humanos para mostrar que se perciben como tales.

Pero volvamos a la filosofía: sí es cierto que los seres humanos accedemos a la realidad mediante el lenguaje y, en consecuencia, ese acceso puede considerarse una «lectura subjetiva», en la práctica el componente subjetivo de las lecturas es bastante más pequeño de lo que se podría pensar, porque de hecho el lenguaje humano está construido para preservar la información, no para destruirla; para que podamos comunicarnos, no para generar incomunicación.

Del pensamiento subjetivista han surgido la posverdad y la convicción de que ningún disparate, por irracional que sea, puede ser desmontado con razonamientos ni con pruebas, porque se trata de «mi verdad» o porque «así lo percibo yo». El problema es que tales afirmaciones condenan a quienes las realizan a la insignificancia: no convierten sus informaciones o sus percepciones en verdaderas, sino en tan insignificantes que solo tienen validez para la misma persona que las formuló, porque todos los demás tienen derecho a percibir sus verdades como mentiras y sus percepciones como autoengaños.

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*Ángel Luis Carmona Calero es periodista, docente universitario y crítico de arte, de vasta trayectoria como columnista y autor de artículos de fondo en distintos medios, esencialmente en áreas culturales y de opinión, pero también en política internacional. Ha publicado Crítica de la sinrazón pura: epigramas ajaponesados o epihaikus (AranduBooks Ediciones, 2024).

El periodista español afincado en Paraguay Luis Carmona y su nuevo invento, los "epihaikus", recogidos en la "Crítica de la sinrazón pura", libro que se presentará el jueves.
El periodista español afincado en Paraguay Luis Carmona