Culturas indígenas cambiantes

La configuración sociocultural de nuestro país en el contexto del mundo contemporáneo, con sus cambios constantes y veloces, plantea un panorama de complejidad creciente: desde la Antropología, cinco maneras de ser indígena hoy en Paraguay.

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La configuración sociocultural del mundo indígena paraguayo se revela más compleja que en un pasado reciente. Ya no se puede afirmar que tengan las mismas aspiraciones o proyectos de vida colectiva. Emergen, aunque con confines no siempre bien definidos, nuevas filosofías de vida y sorpresivos rasgos culturales.

Me parece que en la actualidad se perfilan cinco maneras diferentes de ser indígena, con nuevas problemáticas que requieren políticas indigenistas diferenciadas. Es común a todas ellas el acentuado sentido de pertenencia a un pueblo indígena y el orgullo por sus culturas tradicionales. Sabemos que en Paraguay existen veinte pueblos indígenas con sus respectivas lenguas y culturas, esparcidos en aproximadamente quinientas comunidades; sin embargo, las cinco maneras de ser indígena son transversales a los veinte pueblos, o sea que en un mismo pueblo podemos encontrar grupos con actitudes diferentes frente al mundo globalizado y a las aceleradas presiones de cambio producidas por la sociedad tecnológica y consumista.

Un primer grupo, numéricamente reducido, está constituido por los indígenas «en aislamiento voluntario»; viven en un hábitat propio e intentan conservar un estilo de vida tradicional, pero tienen contactos con otras comunidades de la misma lengua y con la sociedad nacional. Han adoptado una economía mixta, con alimentos del monte y del supermercado, una educación escolar formal, y recurren a una medicina tradicional y chamánica, pero también a la medicina académica. A este primer grupo podemos agregarle unos pocos ayoreos del Chaco que viven como nómadas y sin contacto ni siquiera con los de la misma lengua y cultura.

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El segundo grupo está conformado por los indígenas urbanos, que han abandonado, por diversas razones, sus territorios, y han optado por una vida indígena en la ciudad. La migración es un fenómeno común a todos los países, latinoamericanos y del mundo. Es bastante visible en Asunción, Concepción, Ciudad del Este, Encarnación y Filadelfia, entre otros lugares. Viven en la ciudad, pero no son de la ciudad, y están creando una nueva cultura indígena urbana.

El tercer grupo, el más numeroso, está constituido por aquellas comunidades que ya poseen un territorio propio y que experimentan una fuerte tensión entre lo antiguo y lo nuevo. Con su hábitat tradicional parcialmente deforestado, y no disponiendo de caza y recolección, sobreviven con «changas», trabajos en estancias o pueblos cercanos. No tienen capacitación laboral ni saben cómo explotar sus campos; entonces, muchos de ellos alquilan sus terrenos a sojeros, ganaderos, marihuaneros, etc. Este grupo es fuertemente presionado por extraños para ceder sus terrenos con contratos ilegales y leoninos que generan frecuentes divisiones y conflictos en las comunidades.

En el cuarto grupo están aquellas comunidades que, debido a la falta de alimentos y de trabajo, han optado por una agricultura mecanizada. Sin renunciar a sus idiomas y lazos histórico-culturales, han elegido el cambio en lo referente a los recursos económicos y a la relación con el territorio tradicional. «Ya no puedo ser cazador como mi padre, porque ya no hay bosque», decía el maestro aché José Anegui en el Foro de Políticas Lingüísticas del Mercosur, realizado hace pocos días en Asunción. «Yo hablo mi lengua aché y la enseño en la escuela a nuestros niños; apreciamos nuestra cultura tradicional, pero utilizamos las tecnologías modernas para producir y comercializar los productos». Este grupo no es numeroso, pero hay señales de que irá ampliándose en un futuro próximo. «Ya no puedo vivir como antes; yo quiero ser ahora un cazador de conocimiento», decía el mismo maestro, que cada día va a Ciudad del Este, donde estudia Derecho en la Universidad Nacional.

El quinto grupo está compuesto por aquellas comunidades que aún no poseen un territorio propio y cuyos líderes recorren ansiosamente las instituciones públicas y gubernamentales para agilizar sus expedientes. Hay casos que llevan décadas de trámites y aun no tienen solución. Es el grupo que padece más penurias, porque no tienen donde vivir, están en la precariedad total y soportan el peso, encima, de la decepción, debido a que las buenas leyes que tenemos en Paraguay no se cumplen para ellos.

Por lo aquí expuesto, comprendemos varias cosas: que el mundo indígena hoy es complejo, que responde de maneras diferentes a los desafíos de la supervivencia y experimenta profundos mecanismos de adaptación y cambio cultural, y que necesita políticas indigenistas diferenciadas y acordes a los diversos grupos emergentes arriba mencionados.

josezanardini@hotmail.com

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