El traje de príncipe

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Barrio de la Recoleta, Asunción, década de 1890. Historias de la posguerra, de la marcha a la capital después de la hecatombe y de generaciones cuyo aliento llega a nosotros y que siguen poblando las memorias y las calles.

EL REGRESO A CASA

Barrio de la Recoleta, década de 1890. En veinte años se habían levantado varias casas con los restos de aquel esfuerzo que casi se agotó en la Diagonal de Sangre. En la marcha a Asunción, tras la hecatombe, el pie desnudo de Petrona Iglesias –conductora quinceañera de Oro y Paloma, viejos y flacos bueyes que tiraban de la carreta– tropezó en la arena con un Niño Jesús dorado a fuego antes de llegar a los restos de la casa familiar, en las proximidades de la deteriorada Estación del Ferrocarril.

En el umbral de esa casa, poco tiempo después, alguien golpeó las manos, y Petrona, al atender, encontró a un hombre joven aún, de cabello, rubio como el suyo, hasta los hombros, calzoncillo «mbocá» y camiseta otrora roja del Ejército Nacional, que le preguntó si sabía dónde quedaba la casa de los Iglesias. Por una rara cicatriz de niñez que le cruzaba la frente, reconoció en él –y su grito despertó a toda la familia, que voló a abrazar al sobreviviente de decenas de batallas que también volvía al añoso lar– a su hermano Agustín.

TRAS LA TEMPESTAD

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La vida era azarosa en Asunción. En los corredores de las casas, los ocupantes soldados de la Tríplice alojaban a excombatientes que trataban como esclavos, pero a los que… ¡les daban de comer!, y favorecían con alimentos a las paraguayas que cortejaban; a veces, si obtenían los favores de alguna, ponían unas monedas de oro o plata en su corpiño. Petrona era pretendida por oficiales de alto rango, entre ellos un médico argentino y un artillero brasileño que, entre el hambre y las penurias, consumaron una seducción que la dejó con tres hijas. Las crió hasta la edad de merecer, y todas fueron bien casadas, una con un médico, otra con un escribano público y la tercera con un contador del primer Banco Nacional, que luego fue gerente en Villarrica. Cuando las aguas del conflicto se aquietaron, los yernos le obsequiaron una casa; se construyó cerca de la Recoleta, en lo que hoy es el cruce de la avenida Mariscal López y América, con seis o siete habitaciones y un amplio corredor cubierto por un gran Yvapovõ.

Ya mayor, la colaboración de Petrona con el párroco de la Recoleta la volvió protagonista de los actos del culto: el Jueves Santo servía a los «apóstoles» de la parroquia una suculenta tallarinada; y, gracias a la generosidad de uno de sus yernos, que había ido becado a Italia, tenía todos los santos y figuras del pesebre, que llenaba cada fin de año las dos habitaciones delanteras de la casa en espectacular adoración del Niño Jesús hallado durante la Residenta, cuando el dedo gordo de su pie derecho lo desenterró de la huella.

Las hijas le dieron multitud de nietos, para los que vivía haciendo dulces con las frutas de los muchos árboles de la casa, y que, al llegar de visita, lo primero que hacían era juntar las manos y pedir «La bendición, maína», pues la abuela era también madrina de bautismo de toda la nietada.

EL TRAJE DE PRÍNCIPE

Como suele ocurrir, doña Petrona tenía un nieto predilecto, el mayor de los varones de la hija casada con el escribano, y segundo de sus vástagos; a la primera, bautizada, por influjo de las lecturas religiosas de su madre, con un nombre bíblico ponderado por algunos y discutido por otros, que no sabían cómo pronunciarlo, los padres terminaron llamándola «la Nena», y el segundo pasó a ser «el Nene». El Nene era simpático, dicharachero y mimoso con su abuela-maína, que gastaba en regalos para él casi todas las sumas que sus tres yernos le hacían llegar a cada rato. Quería tener siempre a su lado al Nene, y, fiel colaboradora de la catequesis parroquial, lo instruía en el Antiguo y el Nuevo Testamento, y al atardecer rezaban las oraciones comunes y el Santo Rosario, con una camándula que tenía diez misterios.

Al acercarse la primera comunión de los hijos de los feligreses de la Recoleta, entre ellos el Nene, doña Petrona, desviando, una vez más, el óbolo de sus hijos políticos, recurrió en secreto a una costurera del barrio para prepararle al nieto el traje de la primera comunión, de pana negra y con cuello y puños adornados con telas bordadas en poplín blanco. Medias de tres cuartos y zapatos de charol completaron la indumentaria, sometida, ocho días antes, a consideración de todas las hijas, que quedaron sorprendidas de la elegancia del niño. Su propia madre abandonó sus pretensiones de ataviarlo, dado el alto coturno de lo que la costurera llamó «el traje de un príncipe», nombre con el cual quedó bautizado el trajecito, que la abuela iluminó con un brazal blanco y adornos de hilo dorado que el Nene luciría el fausto día en el brazo izquierdo.

EL RECLINATORIO

Antes de la ceremonia, a celebrarse en la misa de nueve el día de Todos los Santos, la abuela, que también se había mandado hacer un vestido nuevo para acompañar al catecúmeno, dispuso el desayuno de madrugada para respetar el uso de no comer, ni beber siquiera agua, una hora antes de la comunión. Bañado por su mamá con jabón de olor, el Nene vistió el «traje de príncipe», fue a casa de la abuela, que había reclamado el derecho de conducirlo al templo, y partieron de la morada de la calle Colombia, también conocida como Manorá, con dos criaditas que llevaban el reclinatorio forrado en tela bordó de doña Petrona. En la iglesia, fueron a la primera fila y ella, que le había comprado a su nieto una vela de regular calibre, le dio fuego con un fósforo y le dijo que se quedara al lado del reclinatorio mientras iba a saludar al párroco, el padre Castelvi, «pa’i Castel» (después de que donó su quinta, llena de plantas de limón, a la Iglesia para ampliar el cementerio, era común dar el chismoso parte de algún fallecimiento con un «Ohóma pa’i Castel quíntape»). El Nene quedó montando guardia al lado del reclinatorio y doña Petrona fue a saludar al pa’i, que organizaba la procesión de los niños que recibirían por primera vez el sagrado cuerpo del señor, entre escalas que el músico contratado ejecutaría en el armonium parroquial. En eso llegó una dama de mediana edad, vio el reclinatorio y se arrodilló en él. El niño, indignado, le dijo: «Señora, ese el reclinatorio de mi abuela»; la aludida, airada, contestó: «Acá ningún lugar tiene dueño». El menor, muy molesto, replicó: «Ahí viene ya mi abuela; levántese, señora». Y como la dama no lo hiciera, no encontró nada mejor que darle un golpe con el cirio encendido que tenía en la mano, y que se partió en dos. La mujer se batió en retirada y Maína, al ver el cirio partido en la batalla por la defensa del reclinatorio, envió a una de las chicas de su cortejo a comprar otro en la santería anexa.

«¡VIRGEN SANTANA!»

En la puerta, los catecúmenos formaron fila para allegarse a los primeros lugares, mientras el Nene permanecía lo más cerca posible de su abuela, que lagrimeaba de emoción. Los niños hicieron la comunión luego del sermón de pa’i Castel, que, concluida la ceremonia, los invitó a ir con sus padres al corredor aledaño a disfrutar, en una bien servida mesa, de una chocolatada, generoso condumio que se prolongó, igual que la charla de los presentes, lo que muchos niños aprovecharon para ir a la quermés a curiosear entre los juegos y el palo enjabonado o «yvyra sÿi-n», de cuya punta colgaban premios para los audaces que los alcanzaran. Un mitã’i que se había cubierto de ceniza en un lugar donde se había quemado basura, lo logró, eligió entre los premios colgantes un billete de diez pesos, un cinturón, una corbata y un pollo asado, y, deslizándose raudamente, salió corriendo con su premio, entre aplausos. El Nene, celoso de esa hazaña y olvidando su lujoso atuendo, corrió a cubrirse cuerpo y traje con cenizas y emprendió la subida, deseoso de premios y de aplausos de un público que admiraba el valor de los contendores. Cuando estaba ya por la mitad del palo, apareció inesperadamente la abuela, que, al verlo tan alto, prorrumpió en ese grito, común entre los fieles, que une el nombre de la madre de Jesús con el de su propia madre, Santa Ana: «¡Virgen Santana!»

El efecto fue instantáneo: el Nene resbaló palo abajo a gran velocidad para ser rescatado por su abuela, tranquilizada al verlo tocar tierra en aterrizaje forzoso. El resto de la familia llegó para asombrarse al ver el atavío ceremonial «engalanado» con ceniza protectora de resbalones en el tronco demostrativo de la Ley de Gravedad. Pocos minutos bastaron para que pasara el estupor y padre y madre se turnaran en el zamarreo del héroe, al que salvó de la tunda paterna que se avizoraba en el horizonte doña Petrona, convertida, una vez más, en protectora del travieso personaje, al que abrazó cariñosamente anunciando que lo llevaba a su casa en asilo territorial. El Nene, emocionado, iba pegado a su protectora, transmitiendo al elegante vestido de esta parte de la ceniza del suyo y algo de la sustancia resbalosa que sus manos habían recogido durante la prueba. Al sentirse salvo, no atinó a agradecer a la abuela, y, juntando las manos, dijo tan solo: «La bendición, maína».

Barrio de la Recoleta, década de 1890. En una veintena de años se habían levantado varias casas, con los restos del esfuerzo que casi se agotó en la Diagonal de Sangre. Al lado de la iglesia parroquial crecía el nuevo cementerio, lleno ya el antiguo Mangrullo. Por ahí estuvo el dominio telúrico de los López. Más allá, en Santísima Trinidad, don Carlos había alzado una casa de dos pisos, que hacia 1940 nuestro padre nos llevó a conocer, en tren; había sido adquirida por un señor argentino de apellido Ladouch, de cuyos hijos él era tutor desde la muerte del padre, acaecida en las proximidades de Tierra del Fuego. Las historias de la marcha a Asunción tras la hecatombe, como la del pie desnudo de la rubia quinceañera Petrona Iglesias tropezando en la arena con el Niño Jesús, o las de las generaciones que vinieron después, como la del Nene y el Traje de Príncipe, siguen poblando nuestras calles y memorias para siempre.

aencinamarin@hotmail.com