Leer y escribir en Paraguay

Este artículo tiene 12 años de antigüedad
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Son escritores. Piensan como tales. Pero, además, son lectores. Tienen los dos puntos de vista. Fijan residencia en la escritura, pero pasan decenas de horas en los ambientes asombrosos, misteriosos o inquietantes de las palabras de los otros.

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Irina Ráfols es escritora y docente. Sus últimos libros son Esperando en un café y las novelas Abulio, el inútil, Alcaesto y El hombre víbora. Está preparando la edición de un nuevo libro de cuentos y actualmente trabaja en una nueva novela. Ella asegura que creció sin tv y eso le ayudó a impulsar su afición por la literatura. “Crecí sin televisión, en ambientes donde todo el mundo leía, y era muy raro no leer. Además de que me gustaba, estaba sobreestimulada para hacerlo. Hoy en día resulta más difícil porque antes, todo lo que caía en mis manos era maravilloso. Ahora leo con microscopio, con escalas, y entonces sé que no todo vale lo mismo. Lo maravilloso no está en cualquier parte. Pero cuando lo encuentro (y en eso entran las relecturas de varios libros), sigo teniendo la posibilidad de sentir y reconocer esa magia”, afirma.

Para la poeta Mónica Laneri, “un libro es un pasaporte de ciudadano del mundo, de viajero frecuente, de espectador privilegiado. Un libro es, tal vez, alguna respuesta y, a cambio, muchas preguntas. Un libro significa jamás sentirse solo ni estancado; siempre en búsqueda, siempre disfrutando el camino y descubriendo anónimos compañeros de viaje”. Es autora de Versos horizontales, Eras Dios y te hice Hombre (versos de una Magdalena desnuda), Versos para un hombre ocupado, con Servilibro, y Copulario, con Felicita Cartonera. Escribe en el blog Un graffiti más en la pared (www.monicalaneri.blogspot.com).

Mientras, para el narrador Damián Cabrera la experiencia del libro es más intensa que otra cosa. “Pienso en todos los artefactos que nos rodean y con los cuales hacemos comunicación: producimos conocimiento y lo ponemos en circulación de muchas maneras, pero supongo que para alguien cuyo oficio está vinculado a un artefacto particular habrá algo en él que signe de manera más potente su vivencia del mundo. Así que para mí la experiencia que supone la palabra escrita, el libro, es intensa, capaz de producir vértigo; tan excitante como algunas experiencias físicas, la experiencia abstracta del libro nos estimula y nos transforma. Pero el libro no es, y esto lo digo siempre, algo inherentemente bueno: El libro es un mero artefacto (hermoso, ¿no?), y, como tal, puede ser empleado tanto como un soporte para la creación de belleza y la difusión de los saberes como, también, para la coerción”, expresó.

Damián escribió la colección de cuentos sh… horas de contar…, Xiru (Ediciones de la Ura, Asunción, 2012). Participó de las antologías Los chongos de Roa Bastos. Narrativa contemporánea del Paraguay (Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2011), Punta Karaja. Cuentos de fútbol (organizada por Javier Viveros, Asunción, 2012) y Nueva narrativa paraguaya (Arandurã, Asunción, 2012).

Ser escritora para Irina significa, primero, placer, juego y aventura. “El escritor es un artesano y un artista. Un malabarista de la vida, un jugador. Lo que representa para los demás depende de los demás. Creo en la fidelidad a uno mismo. Ya es mucho trabajo reconocer lo que significa para uno, no sobra tanta energía para ver cómo lo perciben los demás. Hay demasiado interno para explorar como para pensar qué puede representar por fuera. Como el ser humano está todo el tiempo construyéndose, modificándose hasta que muere, el oficio o el arte de escribir está sujeto a lo mismo, así que lo que representa es cambiante”, comenta.

Por su parte, para Mónica, ser poeta no es otra cosa que ser alguien que escribe versos porque necesita hacerlo, sean sus razones “las más sublimes o las más perversas”. Lo que produce la poesía, en el poeta, ya fue llamado adicción, maldición y bendición. Probablemente sea todo eso y más, manifiesta.

Damián señala que asumirse como escritor es un momento traumático. “Pero ser escritor tampoco es algo, necesariamente bueno: me gusta pensar que es antes que nada una condición, un deseo que corre pulsátil por una comunidad de hablantes y que estalla en algún lugar, en alguna persona; ahí donde también existe un deseo o una necesidad creativa vinculada a la palabra. Pero existen diversos tipos de escritores, y algunas veces me preocupa mucho pensar en qué tipo de escritor soy yo. El ejercicio de la escritura supuso muchas cosas para mí”, resalta.

Para la autora de El hombre víbora, siempre prima la esperanza cuando hablamos de libros en el Paraguay. Dice que hay desilusión cuando vemos que las cosas no funcionan como en otras partes, cuando queremos publicar lo que escribimos y no encontramos cómo. “Cuando nos vemos solos para difundir nuestros libros, cuando ansiamos llegar al público y no encontramos apoyo o no vemos la manera. Pero por algo es que siempre, siempre volvemos a escribir. Porque vence la esperanza”, puntualiza. En este punto Mónica ve ilusión. La ilusión de que los textos sean más accesibles para el público, de que la buena literatura nacional sea publicada y difundida. En cuanto a su experiencia como lectora, afirma que “los lectores son cucarachas, no se los ve, y aparentemente no están, pero surgen de entre las piedras del asfalto o el campo, y también son inmortales”.

Cabrera considera que cada vez hay más lectores en nuestro país y un emergente, pequeño, pero de gran calidad, grupo de editoriales independientes que conjugan la dimensión discursiva del texto con una estética coherente con su soporte. Y su esperanza es que el escenario se pluralice aún más.

Por último, Irina señala que el futuro de los libros está atado al futuro de la voluntad y la pasión humana, más que a la tecnología. “El libro no va a desaparecer, porque la literatura es poderosa. Siempre vamos a querer escuchar una historia o contar una. La literatura creó la historia y las religiones”, afirma. Mónica cree que el libro siempre tendrá su mundo y sus destinatarios, que serán los que tengan que ser. “Más allá de la cultura masiva; y al margen de cualquier otro medio y de cualquier adaptación necesaria a su tiempo. Leer siempre será la danza de la imaginación; la gimnasia olímpica del intelecto; y el libro, el alimento para deglutir y digerir por uno mismo”, concluyó.

Por su parte, Damián también apuesta por una mirada diferente. “No importa realmente cuál sea el futuro del libro, es un mero soporte para una forma de experiencia de lo lingüístico, para una forma de transmisión del saber, del conocimiento y de la creación a través de la palabra. Y hay muchos otros, ninguno necesariamente tiene un estatus superior. Tengo un e-book, y compro libros, pero desde hace años el lugar desde donde más leo es el mismo desde donde escribo: la pantalla del ordenador. El futuro del soporte no importa, lo que importa y debe preocuparnos es el futuro de la palabra y del sentido”, termina.

equintana@abc.com.py