Debilidad económica se convirtió en amenaza para la democracia

Este artículo tiene 5 años de antigüedad
La pandemia hizo que se sacara el velo de la ineficiencia, el mal gasto y la corrupción lacerante de un sector estatal que no estaba desde luego preparado para lo que se enfrentó.
La pandemia hizo que se sacara el velo de la ineficiencia, el mal gasto y la corrupción lacerante de un sector estatal que no estaba desde luego preparado para lo que se enfrentó.Archivo, ABC Color

Los obstáculos al progreso del país no están en la falta de dinero por parte del Estado ni en los recursos naturales que, por cierto, los tenemos en abundancia. Ni tan siquiera el agua dulce y la electricidad llegan de modo eficiente a la población.

Las barreras que tenemos se encuentran en la política y en las ideas equivocadas prevalecientes que de ella emergen como un modo de organizar a la sociedad. Gran parte de nuestros dirigentes todavía están seducidos por las viejas, caducas e ineficientes líneas de pensamiento por el cual el poder coercitivo del gobierno adquiere rol preponderante en la sociedad y desde ahí a la política y la economía.

No debería sorprendernos que precisamente teniendo la economía una lección básica por la cual los recursos siempre son escasos, esto es, nunca hay suficiente cantidad de bienes para satisfacer completamente a todos los que lo desean; para los políticos, sin embargo, su sacrificada tarea consiste en ignorar aquella primera lección.

Creados por la coerción

Creen que las disponibilidades de ahorro y capital son producidos por decreto o por ley, como si la legislación fuera una cuestión divina por la cual se convierte el agua en vino, en cualquier momento y cuando así se disponga. Esta noción equivocada y sobre todo ignorante en el correcto uso de esta palabra no es una mera especulación, es una permanente práctica perversa e inmoral aplicada por los políticos de ideas erróneas para que otros paguen el despilfarro y la corrupción provocada por ellos.

Al solo efecto de levantar la mano en las sesiones legislativas y de firmar mediante disposiciones del Ejecutivo el mal uso del dinero de la gente, convierten sus actos en un robo legalizado que, es cierto, podrá tener el formalismo propio que las democracias imponen para tan tamaña aprobación gubernamental. Pero no le saca aquella característica malsana dado que la depredación y el pillaje son iguales al que realiza cualquier criminal que ingresa a una casa o a un negocio cualquiera para llevarse el dinero ajeno sin el consentimiento de sus dueños y, desde luego, sin rendición de cuentas ni nada que se le parezca a la transparencia.

El importante endeudamiento llevado a cabo no solo por este gobierno sino por los que le precedieron, sin tomar en cuenta aquella primera ley de la economía por la cual los recursos siempre son escasos y que además son proveídos por las personas y empresas del sector privado se ha convertido no solo en una debilidad para la sostenibilidad fiscal y el equilibro monetario, sino también en una amenaza directa para cada uno de los paraguayos y extranjeros que apuestan su trabajo diario para un mejor porvenir de sus familias.

Debilidad y amenaza

El endeudamiento que llega a más del 30 por ciento del producto interno bruto (PIB) sumado al mal gasto y a la falta de reformas para corregir todo aquello y contar con más recursos que solo pueden ser proveídos con una economía privada más pujante, en efecto, no solo es una mera debilidad; es una amenaza para el presente y sobre todo para un futuro que se ha vuelto todavía más incierto en razón a la situación regional y económica mundial.

Al comienzo se podía decir que dicha situación de más deudas caracterizada por el despilfarro sin reformas comprometidas eran una debilidad y extrema por cierto, esto es, que Paraguay se encontró ante un escenario de agotamiento que lo llevaba a comprometer algunas de sus fortalezas logradas como el control de la inflación y el déficit fiscal. Sin embargo, si la debilidad implica la necesidad de mejorar y no se hizo al respecto lo que se tenía que hacer (programa de austeridad, reformas y control del gasto corriente) lo que ahora se hace está comprometiendo seriamente lo que se logró en cuanto a la sostenibilidad fiscal y monetaria. Estamos pasando a una situación en la que surgen obstáculos cada vez más serios para lograr el objetivo para una economía pujante y vigorosa, es decir, ingresamos al estadio de la amenaza.

Nadie en su sano juicio puede estar en desacuerdo en que nuestro país tiene rezagos en materia de infraestructura. Por citar alcantarillado, tratamiento de agua, puentes, rutas, distribución de electricidad, salud y educación, ciertamente todo ello requiere de multimillonarias inversiones. Pero ocurre que todo esto no puede avanzar sin la existencia de una economía privada vigorosa, capaz de generar los ingresos al fisco para pagar así como se lee y escucha, “pagar”, todas aquellas inversiones.

¿Quién paga?

De ninguna manera se puede subestimar, dejar de lado y tomarlo como algo secundario que las herramientas con las que cuenta el Estado para contar con dinero para aquellas necesidades citadas, ya sea el endeudamiento en general, préstamos en particular, tributos y tasas provienen del dinero del sector privado, individuos y empresas. ¿Quién paga todo ese dinero, desde el lápiz y el borrador que tiene un funcionario gubernamental o las deudas cada más altas?

Las debilidades ocultas que tenían las administraciones del Gobierno central a las que hay que sumar a las descentralizadas como las municipalidades y que hasta hace poco podían ser subsanadas, pues ahora no lo son, ya que se constituyen en un riesgo intimidante no solo para la economía sino para la de la misma democracia constitucional.

La estabilidad macroeconómica como la responsabilidad fiscal son fundamentales en este momento para evitar lo peor. El deterioro de las citadas variables no se deben a la pandemia del coronavirus, como algunos pretenden hacernos creer. La pandemia hizo que se sacara el velo de la ineficiencia, el mal gasto y la corrupción lacerante de un sector estatal que no estaba desde luego preparado para lo que se enfrentó. Y no por la falta de recursos como los agoreros del estatismo nos quieren hacer creer para elevar la presión tributaria con más impuestos, sino porque con el dinero que contaban hicieron una piñata para uso y abuso de sus ocasionales administradores y bufones que les deleitaban con sus hurras.

Las serias e inadmisibles deficiencias que en este momento soporta la población en servicios como la electricidad, el agua, educación, salud y el cemento, y solo por citar a estos, es la prueba de que la debilidad económica administrada por un Estado gigante con pies de barro se ha convertido en una amenaza para la misma democracia que debería ser del pueblo y para el pueblo.

(*) Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.