Hacia un cambio de paradigma: el Estado que fracasa y lo seguirá haciendo

Los últimos hechos criminales sucedidos como el asesinato del fiscal Marcelo Pecci, el atentado contra el intendente de Pedro Juan Caballero, José Carlos Acevedo, muestran fuera de toda duda razonable que la seguridad que debería ser garantizada por el Estado mediante sus respectivas instituciones ha fracasado.

Este fracaso no es de ahora, es de hace mucho. El Estado como organización política jurídica, de hecho, es el principal agente violentador consuetudinario de los derechos individuales, motivo por el cual su existencia como tal no es ninguna garantía de que esto que viene sucediendo cambiará en el corto o mediano plazo.

Si el propio Estado mediante su respectivo gobierno es capaz, sin visos de limitarse de extraer el dinero de la gente y malgastarlo, si es capaz de llenar con papeles y burocracia la tarea emprendedora, es capaz como lo hace de endeudar a generaciones más jóvenes sin su debido consentimiento, o si es igualmente capaz de preparar y exigir mediante la coerción más impuestos para seguir metiendo dinero a un barril sin fondo, pues entonces digámoslo sin titubeos ni con demasiada diplomacia: el Estado es y se ha convertido todavía más en los últimos tiempos (y no solo aquí en Paraguay sino en el mundo) en un enemigo de la gente, de los ciudadanos, de las familias.

Sin embargo, y en atención al orden social que hoy tenemos en donde la existencia jurídica y acción del Estado está avalada por el positivismo jurídico del cual demasiada gente le rinde pleitesía, se hace necesario llevar a este Leviatán a su redil, de modo a que cumpla el rol de al menos llevar a cabo una parte de su tarea en atención a lo establecido en nuestra ley fundamental.

Y no solo se trata de elevar la calidad de los recursos humanos y de aumentar el respectivo presupuesto para más y mejores tecnologías y otros insumos necesarios. La cuestión está en otra parte. Debemos ir preparando un cambio del actual paradigma en el que la seguridad se convierta en una acción deliberada desde una alianza público-privada en que la gestión del gobierno deberá ser controlada por los ciudadanos que, por cierto, pagan y sufren las consecuencias de la inseguridad.

Cambio de paradigma

Como se sabe, el paradigma significa un conjunto de teorías basadas en ideas concretas que sirve de modelo a seguir para resolver problemas o situaciones como en este caso la inseguridad. Y el problema es ese precisamente, las ideas. Si seguimos haciendo lo mismo con retoques que nada cambian el fondo de la cuestión, pues los resultados seguirán siendo los mismos.

Se podrá contener quizás por un breve plazo la tormenta delincuencial, pero pronto volverá con más fuerza. Así como se procede con el narcotráfico donde se cree que la legalización de las drogas es un tema tabú sin siquiera haberla analizado con el debido rigor, entonces es hasta natural decir lo que los hechos así lo demuestran.

Estamos ante una guerra perdida en la que los prohibicionistas en el fondo y por sus hechos los conocemos y mucho en realidad no les interesan las familias ni que los jóvenes queden atrapados de por vida en una telaraña de adicciones.

Estamos ante un grupo de hipócritas que de boca para afuera hablan como los antiguos fariseos cuando son su copia más fiel. En el presente, las drogas sintéticas y de gran peligrosidad se crean en laboratorios sofisticados y otras en barrios donde no importa quiénes consumirán los “nuevos” productos.

Los narcos no están en la cárcel sino en las calles, pues el mismo sistema político y judicial les presta los favores correspondientes. Multimillonarias sumas de dinero llegan a los mismos jueces y fiscales, a lo que agregan las amenazas de muerte.

Tampoco a los adoradores del presente paradigma no les importa la evidencia empírica. Miran hacia otro lado en orfandad argumentativa, pero con las ínfulas de seguir mintiendo apelando desde el anonimato para así seguir inoculando el mismo veneno que en otras ocasiones también están dispuestos a cargar sobre sus prójimos.

Ahí está y cito en esta ocasión solo uno de los varios ejemplos lo que en su momento ocurrió con la famosa “ley seca” en Norteamérica, que penalizaba la producción y comercialización del alcohol. En nombre de un puritanismo falso como ruin, el resultado fue finalmente el aumento del consumo y de la producción clandestina del alcohol.

Lo que hay

La otra senda de ideas y prácticas ha sido casi destruida por el pensamiento mainstream prevaleciente en nuestra época, pensamiento que defiende el “statu quo” para que el Leviatán no solo termine con todo viso de seguridad sino que la misma se encuentra supeditada y administrada por la nueva monarquía emergente, la de los políticos y burócratas tan detestables y dañinos como aquella antes de las revoluciones de la libertad.

Infelizmente demasiados de nuestros intelectuales, políticos y burócratas están enceguecidos por las malas ideas prevalecientes. Creen como en un dogma que el sector estatal es el protagonista de los cambios y transformaciones de la sociedad. Cuando ellos dicen sociedad, la asocian como un grupo homogéneo, por tanto, controlable por ellos, cuando que la sociedad no es más la suma de los individuos que la componen por diferencias sustanciales que hacen precisamente posible la división del trabajo.

La senda diferente

El hecho cierto que las ideas de la libertad hayan retrocedido afectando nuestros derechos inalienables de la vida, la libertad y la propiedad se debe a que muchos de sus propios defensores no fueron lo suficientemente coherentes con su ideario programa.

Habiendo renegado de sus fundamentos filosóficos morales, económicos y políticos, las llamadas “nuevas teorías” (que no eran tales sino meras modificaciones de las vetustas y peligrosas de antaño) terminó por convencer a los formadores de opinión y de ahí se trasladó a la educación que, mediante precisamente el Estado, hizo que reemplazaran definitivamente a las buenas y correctas ideas y prácticas.

A la fecha no hay dudas de que casi todos los hacedores de políticas consideran como una fuente de verdad que el progreso económico, político y educativo en general debe ser impulsado desde y con el Estado. En vez de tomar en cuenta al ciudadano político y al consumidor, persisten las medidas estatistas en las que lo que interesa es la uniformidad en vez de la diversidad, y es así como precisamente se terminó por destruir el sistema educativo.

Si lo mismo ocurre con la inflación, el endeudamiento, el déficit, el desempleo y otras variables, pues igual derrotero se da con la seguridad de las personas en sus vidas y bienes así como en la seguridad jurídica. Pero la realidad es diferente.

La carga del Estado sobre la gente que trabaja e invierte se ha vuelto insoportable. Pero aún así los hacedores del nuevo orden vienen por más. No les interesa su fracaso, les interesa seguir experimentando con la gente, porque según ellos la ciudadanía es el problema, “demasiado ignorante”, cuando que son ellos los que expresan suprema soberbia.

Al igual que en la economía como en la educación, dejar en manos de los que ahora con sus ideas erróneas de falsas premisas prometen más seguridad, es fácil predecir lo que vendrá: más inseguridad hasta que venga el caudillo o el que con ínfulas de mesianismo pretenda ponerlo todo el orden. Esto será peor que la enfermedad porque la respuesta no está ahí.

La respuesta está en empezar a hurgar en escudriñar a fondo los fundamentos morales, económicos y políticos del orden social de la libertad y no el de la coerción y la sumisión.

Principal

Este fracaso no es de ahora. El Estado como organización política jurídica, de hecho, es el principal agente violentador consuetudinario de los derechos individuales.

Enemigo

El Estado es y se ha convertido aún más en los últimos tiempos (y no solo en Paraguay sino en el mundo) en enemigo de la gente, de los ciudadanos, de las familias.

(*) Catedrático de materias jurídicas y económicas en UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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