A riesgo de ser considerada mal agradecida, considero importante remarcar conductas destructivas en las relaciones familiares, profesionales y laborales, a costa de pequeños o grandes esfuerzos que realizamos en la vida, nos los hayan pedido o no, y que de alguna u otra forma pueden ser monetizables.
Hagamos un ranking
Desde luego de que la percepción de cada uno con relación a la prioridad emocional de los acreedores varía acorde a la experiencia de vida y circunstancias que nos ha tocado vivir, así como a los valores y principios que rigen nuestro actuar.
Lejos estoy de querer dar cátedras de cómo resolver materias emocionales en las relaciones humanas, más bien mi intención es llamar a la reflexión sobre aquellas cuestiones que impiden procesar soluciones tangibles para llegar a acuerdos coherentes incluso en términos monetarios.
Por otro lado, si bien en el análisis el cuadro Nº 1 presenta la postura del “deudor” frente a sus múltiples acreedores emocionales, el énfasis bien podría recaer en cómo nosotros nos estamos comportando con los demás, convirtiéndonos en acreedores de otras personas.
Estoy convirtiendo a mis hijos en “acreedores emocionales eternos” cuando, por ejemplo, les reclamo buenas notas porque a mí me cuesta mucho pagar el colegio, ya que si no fuera por ellos tendríamos más dinero o ya podría descansar, pero como conllevan muchos gastos no puedo ahorrar.
Ese peso de por vida de la protección económica a los padres significará una cruel carga llevada desde la obligación de pagar una deuda emocional, mientras que lo ideal sería que el cuidado a los padres en la ancianidad se dé desde el corazón de quien ama y respeta, ya que en ese caso la mirada a la situación será de orgullo, honor, ternura y profunda satisfacción. Quizás en muchos casos, esto represente la diferencia entre mantenerlos en un hogar de ancianos o en la propia casa, aunque desde luego muchas veces las circunstancias obligan.
Desde luego, también existen personas con menor influencia en nuestras vidas, pero que de alguna manera logran posicionarse como acreedores emocionales, ahí encontramos a quienes hacen favores a compañeros de trabajo, como terminar un reporte o atender a un cliente molesto; o también a quienes realizan tareas que corresponden al ámbito personal o familiar de sus jefes, dejando a su favor puntos para ser cobrados en el momento de pedir permiso para ausentarse o incluso cuando de pedir aumento se trata, es como llevar una libreta de “esto hice por vos” y entonces “me lo debes”.
Estos costos emocionales representan solo un pequeño muestrario de lo que acontece diariamente en nuestra vida, la cual está llena de “cuentas corrientes” que conciliar con quienes nos rodean. En todos los casos, esa “cuenta a pagar” solo tiene saldo mientras nosotros decidamos que es lo correcto y es lo que queremos. Nadie tiene autoridad para convertirse en nuestro acreedor emocional, pero tampoco nosotros tenemos derecho a tener deudores.
El desgaste que provocan estas deudas puede ser bastante superior a solo deber dinero. Te sugiero que no tomes éste tema a la ligera, tomate el tiempo de evaluar detenidamente las deudas que estás reconociendo ¿Son legítimamente tuyas? ¿Cuáles querés mantener porque te corresponden en derecho? ¿Cómo podrías cortar aquellas que consideras que ya han sido saldadas? Prioriza tus relaciones saludables y liquida las tóxicas. Sigamos hablando de dinero, porque así aprendemos a manejarlo mejor.
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