En el barrio de Alana se mudó una familia compuesta por la mamá, el papá y tres niños de diferentes edades. Uno de ellos tenía la misma edad de Alana e iban juntos a la escuela.
El primer día de clases, cuando la profesora llamó la lista de asistencia para conocer a los niños y aprender sus nombres, al terminar preguntó: «¿llamé a todos?, ¿a quién o a quiénes no llamé?».
Desde el fondo de la clase se escuchó la vocecita del nuevo vecinito de Alana diciendo: «A mí, profesora».
—¿Y cómo te llamas? —preguntó la profesora.
—Mis padres me llaman Pipo.
—¿Te llamas Pipo, entonces?
—No sé, siempre me llamaron así.
—Bueno, dile a tu mamá que necesito tu certificado de nacimiento y cédula de identidad para registrarte en mi lista.
—Está bien, profesora, le voy a decir.
Al día siguiente, la mamá de Pipo habló con la profesora y le contó que el niño no tenía los documentos que ella le había pedido.
La profesora le explicó lo que decía la ley, que era una obligación de los padres registrar a sus hijos y que los niños tenían el derecho a un nombre y apellido. Le explicó dónde podía gestionar los documentos y que recién entonces podrían inscribir a su hijo.
Los padres comprendieron la importancia del derecho a la identidad y fueron a registrar a sus tres hijos, porque ninguno tenía certificado de nacimiento. Tiempo después, el vecinito de Alana ya tenía un nombre: se llamaba Pedro Ariel González.
