Policías involucrados en narcotráfico, en homicidios, en robos calificados, en sustitución de cocaína incautada y en el mal manejo de recursos, asignados por el Presupuesto General, son las noticias que se han sucedido en los últimos tiempos.
A ello debe sumarse la costosa e ineficaz lucha contra el EPP, que se ha convertido en el negocio de los muchachos más que en una tarea investigativa y de persecución penal.
Solo basta conocer el total de lo gastado y los resultados obtenidos para darse cuenta de lo que está pasando en la Policía desde hace unos 6 o 7 años atrás.
Estos problemas no son de fácil solución, porque existe todo un esquema trasversal de corrupción institucional.
Ni siquiera existen filtros efectivos de control para admitir a los futuros oficiales y suboficiales, lo que agrava aún más el problema.
Por ese motivo, existe la gran posibilidad de que cualquier cambio en la cúpula policial sea solo un cambio de nombres para no cambiar absolutamente nada, porque el policía es obligado a vivir en un estado de creciente corrupción mientras va ascendiendo jerárquicamente.
Y esto no implica juicio de valor alguno sobre el nuevo comandante, a quien no lo conozco personalmente ni sus antecedentes.
Los jóvenes oficiales que tienen algún resabio de integridad cuestionan a sus superiores, quienes les obligan a convertirse en recaudadores semanales, sin importar los medios a los que deban recurrir para alcanzar el monto de la recaudación pretendida.
Lamentablemente, con el tiempo esta indignación se transforma en resentimiento y en una absoluta pérdida de valores, porque esos oficiales solo esperan ocupar cargos de relevancia en la estructura policial y terminan haciendo lo mismo que sus antiguos superiores.
Un verdadero intento de dar solución a este gravísimo flagelo requiere de voluntad política, y el coraje para producir cambios radicales e inmediatos en la estructura policial.
Estas medidas correctivas también deben contemplar objetivos a mediano y largo plazo que pasan por una reformulación completa del sistema de admisión y de los programas de estudio en la Academia de Policía y en el Colegio de Suboficiales.
Se precisa además una Oficina de Asuntos Internos no subordinada a la Comandancia, pues eso solo genera complicidad y sometimiento del personal asignado a tal dependencia.
Esto requerirá un proyecto de ley que cree la oficina de asuntos internos, establezca su estructura orgánica y cree la escuela de formación del personal especializado.
La unidad también podrá ser reforzada merced a acuerdos con el Ministerio Público para el comisionamiento de funcionarios fiscales.
Dentro de ese contexto, yo hubiese planteado la posibilidad de disponer la intervención de la Policía Nacional, la designación de un interventor con amplias facultades, incluyendo la posibilidad de conformar un Consejo Asesor que coadyuve en la auditoría y en la tarea investigativa que deben ser desarrolladas para desentrañar el cúmulo de fechorías que, de seguro, encontraremos en las rendiciones de cuentas de la institución.
Este consejo debería estar integrado por reconocidos abogados, administradores y auditores, pertenecientes a distintos estamentos políticos, pero absolutamente confiables de que pondrán todo el esfuerzo para llevar adelante su cometido.
Desechada la posibilidad de la intervención, otra medida drástica pero de gran impacto sería la de someter a la prueba del polígrafo a quienes ocuparan las principales direcciones y jefaturas en este proceso de reestructuración que, de llevarse a cabo, producirá reacciones absolutamente impredecibles en el cuerpo policial.
El saneamiento de la Policía Nacional no es un trabajo sencillo, pero hay que comenzar a transitar por el camino correcto, adoptando medidas que realmente permitan mejorar la capacidad y los mecanismos de control y seguimiento del personal policial.
Ningún presidente merece cargar con las consecuencias de semejante ineptitud y aviesa corrupción, y creo que hemos superado los límites de la paciencia, la comprensión y la tolerancia en la espera de los resultados anhelados.
Podría acotar finalmente que, cuando la resistencia del fusible es muy grande, el artefacto pierde su eficacia pues, al no permitir protección alguna, solo facilita que los artefactos eléctricos queden afectados por cualquier sobrecarga.
