Desde que nacemos las mujeres sentimos la presión de ser “perfectas” y parecer todo el tiempo muñecas o princesas. Siempre nos dijeron que teníamos que arreglarnos así y asá; sin embargo, pocas veces que éramos bellas por el simple hecho de ser nosotras.
Al descubrir a famosas con fotos no retocadas y publicar imágenes de señoritas que no se adecuan a lo que sale en revistas, en internet se está desatando una revelación femenina. Un ejemplo es el de una marca estadounidense de ropa especializada en tallas grandes, que va en contra del estereotipo de chicas “angelicales” impuesto por Victoria's Secret, poniendo en sus propagandas a mujeres que van más allá de un cuerpo perfecto.
También se hizo popular la canción Try, de Colbie Caillat, que en una parte señala: “No tenés que intentarlo de una manera tan dura, no tenés que doblegarte hasta romperte”. En el video del tema aparecen varias mujeres que, de a poco, se van despojando de alargues y labiales, demostrando que la autenticidad es mucho más bella que lo que te puede mostrar una pasarela.
Todas somos capaces de observar lo linda que es otra, pero al mirarnos al espejo no nos pasa lo mismo. Resulta que no se trata de eso; quizás no te des cuenta de qué es lo más bello que tenés, porque no te percatás de lo encantadora que podés ser en el momento que menos te importa como lucís.
Cuando mirás a tu mamá, pensando en lo hermosa que se ve, mientras te pregunta cómo fue tu día, lo que te parece precioso no es una nariz respingada ni unos ojos claros, sino algo más, que casi no se puede explicar: un brillo en la mirada que no se moldea a ningún estereotipo. Ese “no sé qué” es la belleza real, una pizca de encanto que no depende de cuánto rímel te pongas ni de la medida de tu cintura.
Estando angustiadas, siendo muy altas o demasiado petisas y hasta con frizz, podemos demostrar que lo hermoso se mide por la autenticidad y no por kilos o centímetros.
Por Ayelén Díaz Chaparro (19 años)
