Cuando Tomás abre los ojos, todavía está oscuro. ¡Ring, ring! Suena el despertador y él lo oye con sus oídos. Se estira y siente la sábana suave en la piel: es el tacto diciendo «buenos días».
De la cocina llega un olor rico: pan calentito y cacao. Tomás lo huele y su barriga hace «mmm».
Da un mordisco y nota si está dulce o salado: su gusto trabaja como un detective.
Luego va al baño. El agua cae en sus manos: a veces está fría, a veces tibia. Él la siente mientras se lava la cara.
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En el espejo se mira y ve su cepillo de dientes, la espuma y su sonrisa: su vista lo ayuda a saber dónde está todo.
En el camino al colegio, Tomás escucha el ladrido de un perro, el ruido de una moto y el trinar de los pájaros. También ve los árboles, los colores y las sombras. Cada sentido le cuenta una parte del mundo.
¿Y si faltara un sentido?

Algunas personas no ven o no oyen. No es «peor»: es diferente.
Quien no ve puede usar más el oído y el tacto: escucha la calle, toca letras en braille o usa un bastón para orientarse.
Quien no oye puede mirar labios, usar lengua de señas y sentir vibraciones. Podemos ayudar hablando claro, ofreciendo el brazo si lo piden y siendo pacientes. Así, todos podemos explorar el mundo con nuestros sentidos.
Juegos para probar los sentidos

En casa podemos jugar a ser «científicos» por un rato.
Con los ojos cerrados, intentamos reconocer un objeto con las manos: ¿es redondo, liso, pesado?
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También podemos adivinar alimentos por el olor: una rodaja de naranja, canela o queso (siempre con ayuda de un adulto).
Y para el oído, hacemos silencio un minuto: ¿se oye el viento, un reloj, pasos?
