En muchas salas de jardín, las puertas se abren de nuevo. Los chicos llegamos con mochilas, sonrisas, a veces con un poco de miedo también. Las maestras nos esperan en la puerta y dicen: «¡Bienvenidos!».
Empieza una etapa nueva. Es tiempo de aprender, pero también de jugar y conocer amigos y docentes. En este comienzo, el juego ayuda a que todos nos sintamos tranquilos y felices.
Volvemos a encontrarnos: decir «hola» con el cuerpo
En lugar de hablar mucho, en algunas salas usamos el cuerpo para saludar. Estos son juegos simples, que todos podemos hacer, aunque seamos tímidos o no queramos hablar todavía.
La profe propone un juego frente a la ronda: «Cuando yo haga un movimiento, ustedes lo copian. Es un saludo con el cuerpo».
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La maestra levanta una mano. Los chicos levantamos una mano. La maestra hace una minirreverencia; los niños respondemos con otra reverencia. Risa va, risa viene. Ya sentimos menos miedo.
En otra ocasión, los chicos nos ponemos de pie y formamos una ronda pequeña. La maestra dice: «Vamos a decir “hola” con los pies».
Entonces pisamos suave el piso, todos juntos. Después saludamos con los hombros, moviéndolos arriba y abajo. Luego saludamos con la cabeza, diciendo sí y no. No hace falta hablar mucho. Los cuerpos hablan por nosotros.
Estos juegos simples, de imitación y movimientos cortos, ayudan a algo importante: que los niños nos miremos, nos riamos juntos y nos sintamos parte del grupo.
Mi nombre, tu nombre, nuestros nombres
Pasados los primeros saludos, llega una pregunta:¿cómo se llama cada uno?
La profe saca una pelota suave y colorida. Todos nos sentamos en el piso. «Vamos a jugar a la pelota de los nombres» —explica la profe— y a continuación dice su nombre y se pasa la pelota a sí misma: «Soy
Carla». Luego mira a un niño y le pasa la pelota despacio. El niño la toma y dice: «Soy Tomás». La pelota sigue viajando de mano en mano. Cada vez que llega a alguien, aparece un nombre nuevo.
Así, de a poco, todos escuchamos los nombres de nuestros compañeros. La pelota ayuda a esperar el turno, a mirar al otro y a animarse a hablar.
