- Infancia (0-2 años). Es el tiempo del crecimiento acelerado y de las primeras conquistas motoras. El pensamiento es sensoriomotor: el mundo se comprende a través de la acción y la experiencia directa. En el plano afectivo, el apego a los cuidadores funda la seguridad emocional.
- Niñez temprana (3-6 años). Se consolidan la coordinación y el lenguaje. Predomina el pensamiento simbólico: el juego representa la realidad y amplía la imaginación. Emergen la autonomía, las primeras amistades y un autoconcepto en construcción.
- Niñez intermedia (7-11 años). El crecimiento continúa con mayor dominio corporal. El razonamiento se vuelve lógico y concreto; el niño comprende reglas y categorías. La vida social gana peso: pertenecer al grupo y desarrollar autoestima se vuelven centrales.
- Adolescencia (12-18 años). La pubertad introduce cambios físicos decisivos. Aparece el pensamiento abstracto y la capacidad de formular hipótesis. La pregunta por la identidad se intensifica, crece la independencia y los pares ocupan un lugar protagónico.
- Adultez temprana (19-40 años). Se alcanza el máximo rendimiento físico, seguido de un descenso gradual. El pensamiento se orienta a resolver problemas reales. Se consolidan proyectos: vínculos íntimos, trabajo y, en muchos casos, familia.
- Adultez media (40-65 años). Surgen señales de envejecimiento y ajustes corporales. La competencia intelectual se mantiene, acompañada por mayor experiencia. Es una etapa de balances, redefinición de roles y reacomodamiento familiar.
- Adultez tardía (65+). El declive físico puede acentuarse y aparecen desafíos de salud. Algunas habilidades cognitivas disminuyen, pero la experiencia acumulada ofrece perspectiva. Predominan la reflexión sobre la trayectoria vital y la reorganización de los lazos sociales.
Este esquema es orientativo: cada biografía sigue ritmos propios, condicionados por factores biológicos, culturales y contextuales.
El despertar de los sentidos
En la primera infancia, el desarrollo sensorial es la puerta de entrada al aprendizaje. A través de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato el niño interpreta el entorno y construye conocimiento.
- Vista. Al nacer, la percepción es limitada y borrosa; el bebé distingue mejor lo cercano. En los primeros meses mejora el enfoque, sigue objetos y responde a gestos. Hacia el año, reconoce rostros familiares y percibe profundidad.
- Oído. Desde el inicio capta sonidos y muestra preferencia por la voz humana. Luego orienta la cabeza hacia la fuente sonora y discrimina tonos. Antes del año comprende palabras simples y matices emocionales en la voz.
- Tacto. Es crucial para el vínculo afectivo. El recién nacido es altamente sensible al contacto. Con el tiempo explora con las manos y la boca, y esa interacción favorece la coordinación y la motricidad fina.
- Gusto y olfato. En los primeros días reacciona al sabor dulce y reconoce aromas familiares. Más adelante desarrolla preferencias y rechazos, afinando su capacidad de distinguir sabores y olores.
El desarrollo sensorial no es un capítulo aislado: sostiene el progreso intelectual, emocional y motor.
Fuentes: - EDWARDS, C., GANDINI, L., & FORMAN, G. (Comps.). (2012). Los cien lenguajes del niño: La experiencia de las escuelas de Reggio Emilia. Paidós Educador.
- RINALDI, C. (2006). En diálogo con Reggio Emilia: Escuchar, investigar y aprender. Octaedro.
