Análisis del texto: Herencia de palabras

El gusto por la lectura se construye entre todos (Parte 2)
El gusto por la lectura se construye entre todos (Parte 2)Archivo, ABC Color

Leer no es un acto solitario ni espontáneo, sino una experiencia que se aprende y se comparte. Formar lectores no solo es tarea de la escuela, sino de la familia y la sociedad.

Herencia de palabras

Mi historia con los libros es simple, pero a la vez peculiar. Crecí en un pueblo llamado Carapeguá, a orillas del arroyo Ka´añave, donde el agua murmura antiguas historias, con una familia que siempre supo qué heredar: trabajo, lectura y honestidad.

En ese microuniverso, en el que compartí aprendizaje con mi hermano Gustavo, era mi abuela Juana la que portaba el estandarte de la lectura con su fe inquebrantable en la formación. Su sueño era claro: que toda su familia fuera «bien formada». Antes de dormir, hojeaba siempre un libro, lo que fuere, desde la Biblia, un manual de medicina popular, hasta una receta de cocina. Para ella no existían jerarquías en los textos: todo conocimiento era valioso si servía para entender el mundo. Al leer a san Agustín aprendimos que la verdadera sabiduría no vive fuera, sino en el interior del hombre.

«Hay que leer para ser libres». Abuelo Francisco fue el primero en proclamar esa verdad. En su mundo, la lectura no era un lujo, sino una herramienta de libertad. En una casa donde tal vez faltaban muchas cosas, nunca faltaron los libros. Él los conseguía con un afán silencioso, para construir su patrimonio invisible, pero durarero: «El padrino, Cómo tener amigos, novelas de Corin Tellado, Selecciones de Reader´s Digest». En uno de esos días descubrí en su bolso mágico unos versos de Henley, repetidos por Mandela : «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Desde entonces es una voz interior que refuerza mi voluntad.

En ese mismo hogar, nuestra madre Ignacia hacía de la poesía un refugio. Encontraba en los versos la catarsis para los dolores de la vida y para los momentos felices. Escribía poemas que encerraban su comprensión del mundo. Con ella aprendimos que la literatura también sana, que la palabra escrita es una forma de resistencia y que la sensibilidad, lejos de ser debilidad, es una forma elevada de fortaleza humana.

Como figura paterna, tuvimos un tío excepcional. Veía en la formación la base más sólida del ser humano. Para él, cada logro educativo era motivo de celebración genuina, el máximo orgullo de la vida. Tío Abel nos enseñó que el estudio no era una obligación, sino una conquista personal y colectiva; que el trabajo dignifica y eleva la humanidad. De su mano entendimos que pensar por cuenta propia es uno de los actos más revolucionarios que existen.

Hoy sé que mi amor por los libros no nació de una casualidad, sino de una herencia construida en humildes mesitas con candelabros. En Carapeguá, a orillas del Ka´añave, mi familia me enseñó que leer es un acto de libertad y de responsabilidad ética. Que quien lee, piensa; y quien piensa, puede elegir su destino.

Perla Elizeche Ávalos

APRENDE MÁS

1. ¿De qué manera cada integrante de la familia contribuyó al despertar del amor por la lectura?

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2. ¿Por qué los libros aparecen en el relato como una herramienta de libertad?

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3. ¿Qué enseñanzas sobre la lectura y el conocimiento transmite la familia que vive en Carapeguá?

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4. ¿Por qué la lectura conlleva una responsabilidad ética?

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5. Explica por qué la formación del hábito lector no depende solo de la escuela.

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