Con más de dos décadas de trayectoria, Lisandro Aristimuño llega por primera vez a Paraguay con una propuesta sonora renovada: una formación de trío junto a Lucas Argomedo en bajo y Martín Casado en batería, en una puesta íntima donde la experimentación sonora y la imaginación prometen volverse protagonistas. Esta es justamente su primera visita a nuestro país lo que lo llena de emoción por seguir expandiendo su recorrido.
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Y en ese trayecto hay algo en Lisandro Aristimuño que recuerda a un niño que nunca dejó de jugar. No por ingenuidad, sino por esa forma luminosa y seria de tomarse lo que ama. En su caso, la música: un oficio hecho de paisajes, emociones y una búsqueda constante de belleza.
Introspectivo, sensible, pero también cálido y generoso, Aristimuño habla como quien se detiene a observar el mundo antes de ponerlo en palabras. Y si algo transmite esta conversación es eso: la certeza de que su arte nace de una conexión profunda con lo que vive y siente.
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Su obra cruza el pop, el rock y la electrónica con el folclore y la canción de raíz latinoamericana, generando un sonido propio, que es tanto íntimo como expansivo. La producción minuciosa y la poesía de sus letras han hecho de él una de las voces más singulares de la música argentina contemporánea.
En esta entrevista, realizada en la antesala de su primera visita a Paraguay, Aristimuño habla de sus raíces en la Patagonia y en el teatro, de la autogestión como bandera, de su vínculo espiritual con la música y de cómo cambió su forma de componer desde que es padre. Todo con la naturalidad de quien, como él mismo dice, aprendió desde chico que el escenario puede ser también un lugar de juego.

-¿Qué sensaciones te atraviesan al pensar que por primera vez te vas a encontrar con Paraguay?
-La verdad que cada vez que se va sumando algún país dentro de mi trayectoria y mi carrera, me pone muy feliz porque, bueno, adoro Latinoamérica y es algo a lo que le pongo mucho interés, digamos, poder llegar con mi música a toda Latinoamérica. Y bueno, en este caso, es la primera vez que voy a ir a Paraguay y estoy, la verdad, muy emocionado, y es uno de los primeros conciertos que voy a hacer en el año también.
-Bueno, así como cada tanto vivimos comienzos, me gustaría hablar un poco sobre tus inicios. Sé que creciste en un entorno artístico, al estar tus padres ligados al teatro ¿Qué elementos de ese mundo creés que se colaron en tu forma de hacer música y de ser músico sobre el escenario?
-Es bastante natural cómo se fue sucediendo todo eso, porque yo por ahí no me doy cuenta en qué cosas me influenciaron. Nunca quise ser actor ni tampoco meterme en el mundo del teatro, pero calculo que debe tener algo que ver con la atmósfera de mis canciones, con buscar esas geografías, con las ambientaciones de las canciones, con sus texturas, ¿no? Con la música también, porque la música de teatro es mucho más... casi siempre es instrumental, no es cantada. Entonces todo eso, quiera o no, me ha influenciado seguramente en parte de la producción artística de mis canciones.
Y después, bueno, puede ser que en el escenario también, ¿no? Por ahí el hecho de que mi papá es director de teatro y mi mamá actriz hizo que yo anduviera por los escenarios corriendo, jugando, y quizás, a la hora de subir a un escenario, no me dio tanto vértigo, digamos. Fue como algo que yo tenía como un lugar de juego.
-Me parece reinteresante eso que decís de la geografía. Sabiendo que venís de la Patagonia, los paisajes siempre son como una crianza. ¿Qué llega de ese sur hasta hoy en lo que hacés?
-Bueno, la verdad que, por suerte, musicalmente el sur está siempre conmigo. Soy de ahí y eso no se me va a ir nunca. Lo tengo tatuado en el alma, siempre digo eso. Y a la hora de componer, casi siempre uso mucho mis recuerdos, sobre todo de mi infancia, de mi adolescencia, de cuando vivía en la Patagonia. Entonces uso también esas formas para hacer letras, para componer. Es algo que me inspira mucho. Igualmente yo, digamos, que no me dejo extrañarlo, porque tengo a mi mamá, a mi papá, a una hermana más grande, a sobrinos, amigos allá, y voy todo el tiempo, digamos. Ya cuando lo empiezo a extrañar un poco, voy, digamos.
-¿Y cómo es esa convivencia? Porque, obviamente, siento que esos entornos naturales nos enseñan cosas. En ese caso pienso yo que seguro había mucho silencio, contemplación...
-Justamente mi último disco se llama El rostro de los acantilados. Los acantilados son de Viedma, del sur. O sea, ya el título del disco da una identidad súper marcada de dónde vengo. Tengo un montón de canciones que hablan del sur, del viento, de hacer un fueguito en el patio, en el campo. Yo viví con todo eso, y cada vez que lo puedo trasladar a las letras lo hago. También eso que vos decís, el silencio está. Quizás toda mi parte más folclórica viene del lado del sur. En mi casa se escuchaba mucho un folclore latinoamericano, sobre todo, y yo creo que toda esa parte viene más desde mi lugar, desde mi casa, digamos.
Después, acá en la ciudad, quizás se empezó a meter más lo electrónico y lo eléctrico. Pero sí, soy muy permeable con las situaciones y con los climas y con las ciudades. Me dejo invadir con eso para poder componer y sacar provecho de las situaciones y de las ciudades donde estoy y donde vivo.

-Decís eso de que te dejás invadir, pero intuyo que eso es también un poco de refugio.
-Y la verdad que lo es, y mucho. Imaginate que cada vez que hago alguna letra... Te voy a poner un ejemplo: Tu nombre y el mío es una canción que abre mi primer disco, Azules turquesas, que ya tiene 21 años, y arranca diciendo: “Hoy se respira viento sur, ese que nace del frío”. O sea, esa era ya mi carta de presentación en el mundo, yo ya estaba diciendo de dónde venía, de dónde era. Y sí, el paisaje repercute mucho en mí. Las historias que yo tengo desde muy chico siempre las tengo presentes a la hora de componer. Y no hablo mucho de Buenos Aires. Quizás los temas más electrónicos y rockeros pueden tener un poco que ver con la ciudad donde vivo hace ya muchos años, que son más de 20, pero por suerte vivo en un barrio tranquilo, no vivo en el centro, me alejé un poco del ruido.
-Imagino que en todo eso rockero que también decís que te atraviesa están las influencias de los artistas que te han formado, porque en Argentina hay una formación sentimental muy grande que viene del rock.
-Por supuesto, sí. Las influencias, después, ya de músico a músico, son muchas. Y sí, siempre digo que, así como en el fútbol, también en la música me parece que tenemos un buen plantel. Hay muchos artistas que han generado y han influenciado a muchos artistas, no solo acá en Argentina, sino que en muchos lados de Latinoamérica. Yo, por ejemplo, tuve la posibilidad de conocer y compartir con un montón. Todos muy generosos conmigo siempre. Tuve la oportunidad de que, en mis discos, estén Fito Páez, Ricardo Mollo, Pedro Aznar, David Lebón, Kevin Johansen, Palo Pandolfo, Hilda Lizarazu, Fabiana Cantilo… Puedo nombrar un montón que tuve la suerte de haber invitado para cantar en alguna canción y que me hayan dicho que sí. Y después muchas colaboraciones con ellos también dentro de sus discos o sus conciertos. O sea que sí, fui muy apadrinado por mis maestros. La verdad que me siento súper acompañado y siempre me apoyan en todo lo que hago.
-Mencionás eso del apoyo y pienso en que hace 21 años desde que te conocimos, tu camino viene de la autogestión ¿Qué valores hay detrás de esa elección?
-La verdad que eso fue muy genuino. Tuve oportunidad, varias veces, de ofertas de multinacionales, pero mi carrera ya estaba muy armada. Creo que era el quinto disco ya que había sacado, y pensé: “ahh, ahora vienen” (risas). Mirá, justo que hace rato me preguntaste al principio sobre el teatro… Entonces mi padre me enseñó mucho eso también. Sus elencos de teatro son independientes, de autogestión, y se mueven por el circuito “under” del teatro y no por los teatros más… bueno, no sé… más ricos. No sé cómo decirlo. Pero eso fue una gran enseñanza. Fue muy importante para mí verlo a mi papá laburar desde ese lugar de la independencia, y yo lo tomé desde ahí también.
Hay una influencia grande de parte de él y de mi mamá, que fue actriz. Era como que andaban en un circo. Al tener esas herramientas, las quise aprovechar también a lo largo de mi carrera. Cuando empecé a darme cuenta de que a mi primer disco le estaba yendo muy bien, se estaba vendiendo, se estaba hablando de mí en las radios u otros músicos empezaban a hablar de mí, decían: “hay un chico nuevo del sur que me gusta mucho, bla, bla, bla”, y yo dije: “bueno, es mi oportunidad, voy a seguir así”. Abrí un sello discográfico que se llama Viento Azul: “viento” por el sur, y “Azul” por mi hija.
Un montón de cosas que tienen que ver también conmigo, porque, aparte del sello, es productora artística, o sea, produce mis conciertos. Si bien soy el dueño, siempre lo tomo como que es una productora, como que no soy yo, pero a la vez sí. Pero intento diferenciarla de mi lado artístico. Por suerte mi jefe no me reta, ni me hace sacar discos rápido, ni me dice por dónde tengo que ir, ni sobre qué cantar.
-Conectando con la autogestión, desde hace mucho impulsás Música sin fines de lucro, donde das visibilidad a artistas que quizás no tengan el reconocimiento o apoyo necesario. Eso me habla de vos pensando en el otro, en un mundo artístico donde a veces pensamos que se piensa solo en uno mismo y en su carrera.
-Música sin fines de lucro surgió porque yo tuve un programa de radio en una FM de acá, que es una cooperativa de teatro donde no hay dueños, digamos, todos están poniéndole su amor. Se llama La Tribu y tuve un programa donde lo más importante era traer música independiente y que no tenga espacio en otros lados. Cuando vi que no tenía más tiempo para seguir con el programa, por las giras o demás, decidí dejar la playlist en mi web lisandroaristi.ar.
Todos los meses recibo canciones de cualquier parte. Lo hice porque me hubiera gustado que, en mi momento de adolescente, hubiera pasado también eso, que un músico al que le empezaba a ir bien nos dé una mano a todos. Me hubiera encantado que pase eso y no tener que ir a golpear puertas para que me den atención. Entonces es un poco devolverle a la música lo que me dio y agradecerle. La música para mí es como... es religiosa. Es muy fuerte. Entonces, cuando le puedo devolver toda la felicidad que me dio, se la doy por otros músicos.
-Volvemos a la música como refugio espiritual, no solo en lo artístico, sino en lo cotidiano.
-Sí. La música es parte de todo. Como dice una canción de Fito Páez: “es parte del aire”. Siempre digo que, si no fuera músico, yo estaría ligado a algo de la música, sí o sí sería manager o stage o algo, porque cuando vine de Viedma me puse a estudiar para dar clases de música en los jardines infantiles. Daba clases de música a los niños, era como mi primer proyecto para poder generar dinero y poder vivir de eso. Así que imaginate, la música no podría faltar ni un segundo. Es como mi alimento, es el aire. Siempre es difícil ponerle palabras a lo espiritual. Si existe algún dios, es eso.
-Quería pensar en esto que pasa al empezar algo, cuando uno tiene expectativas, emociones. Tantos años después, ¿cómo cambia eso?
-Por supuesto que uno va creciendo, madurando en muchas cosas, viviendo otras experiencias. Por darte un ejemplo: ahora tengo un estudio propio, antes tenía que ir a un estudio y pagarlo. Y todo esto lo fui generando con la música, es decir, fui invirtiendo en la mía. En ese sentido, fui generando un montón, desde mis primeros discos, cuando no tenía nada.
En cuanto a lo personal, viví tantas cosas. Por ejemplo, he vivido más tiempo acá, en Buenos Aires, de lo que viví en Viedma, y es algo muy llamativo. Tengo una hija que es porteña, y eso también hizo que mis cosas hayan cambiado un poco, por ahí mis letras. Tener a una porteñita me hizo querer mucho más a esta ciudad, aparte de lo que me dio como músico y lo que pude generar aquí. O sea, Buenos Aires me dio una hija. Eso hizo que ame a esta ciudad.
Después, uno va aprendiendo. A partir de Mundo anfibio fui padre. Eso cambió mucho mis letras, así, rotundamente. Antes quizás hablaba de mí o de lo que yo veía, y ahora era todo sobre verla a mi hija, estar todo el tiempo con ella. Sí cambió mucho mi forma de escribir, o quizás el enfoque a la hora de escribir. Otras cosas me llaman la atención. Y el crecer, la edad también es fundamental. En 2004 tenía 25 años, ahora tengo 46. Ha pasado mucho tiempo, pero seguimos haciendo música.

-Con esto me gustaría cerrar, en el hecho de pensar si cuando uno crea, ¿a vos te gustaría que la gente sienta algo, o lo creás más para vos mismo, primero?
-Por supuesto que primero estás vos. Primero te tiene que gustar a vos y atraparte a vos, que te encante, que te haga emocionar, que te haga poner la piel de gallina. Cuando llego a ese estado, después la empiezo a mostrar de a poquito, por ahí a gente más cercana, al principio a mi hija, a alguna pareja que he tenido, a algún amigo. Veo su reacción, a ver qué sucede. ¿Te gusta? ¿Qué te pareció? Ahí termina como de cerrar el ciclo de la canción, cuando el que lo recibe también puede expresarse. Me ha pasado varias veces, o muchas, que por ahí se la canto a mi hermana o a un amigo, y termina la canción y están llorando, por ejemplo, o me dan un abrazo, o están riéndose, o no sé. Ahí digo: “la canción ya está terminada, esto ya se puede grabar”. Y, además, lo lindo que pasa en cada concierto es que renace la canción.
Sobre el concierto
Las puertas del teatro se habilitarán a las 20:00. El acto de apertura, a las 20:30, estará a cargo de Purahéi Soul, mientras que Lisandro Aristimuño subirá a escena a las 21:15, con un show que durará una hora y media.
Quedan unas últimas entradas en venta a través de Ticketea a G. 180.000 (Generales) y G. 330.000 (VIP). Este show es producido por Planea Música, el mismo artista y el CCPA.
