Existen lugares que la cartografía comercial de la música clásica parece ignorar, pero que la historia del nylon y la madera ha marcado con una cruz indeleble. Mientras los grandes centros europeos se debaten en la repetición de sus repertorios, en un rincón de Itapúa, Paraguay, la autogestión ha levantado un refugio para el pensamiento y la creación de comunidad.
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El Festival Internacional de Cuerdas de Hohenau alcanza su decimoctava edición no como un evento más, sino como un acto de resistencia cultural. Entre el 26 de febrero y el 1 de marzo de 2026, los jardines del Parque Manantial dejarán de ser solo un paisaje para convertirse en un aula y un escenario donde la técnica más depurada del mundo se encontrará con la tierra de Agustín Barrios.
La presencia de Gabriel Bianco en este marco no es un dato menor. El guitarrista francés, cuya técnica impecable le ha valido la reverencia de los jurados más herméticos del mundo, aterriza en Paraguay por primera vez movido por una curiosidad que trasciende lo profesional.
Para Bianco, la llegada a este suelo es la resolución de una vieja espera. Al preguntarle sobre sus sensaciones previas, el músico reflexiona sobre la singularidad de este viaje: “En realidad estoy muy emocionado porque sé que venir a Paraguay es algo muy raro para los músicos. Como artista francés, hay países a los que voy todo el tiempo, pero Paraguay es uno de esos lugares a los que no sabes si algún día irás a dar un concierto. Además, tiene un lugar especial en el mundo de la guitarra por Barrios, por supuesto, y también para mí por uno de mis queridos amigos, Orlando Rojas. Es un país al que esperaba ir algún día, y de pronto sucede. Quiero disfrutar estos pocos días porque no sé si volveré alguna vez”.

Al hablar con él, se percibe que Bianco ha desarrollado una sensibilidad especial para detectar la “verdad” de los espacios. Habiendo pisado los teatros más prestigiosos del globo, el francés no se deja deslumbrar por el mármol; al contrario, parece encontrar un valor especial en la pasión de quienes sostienen proyectos de forma autogestiva en ciudades que no figuran en los itinerarios convencionales:
“Llevo viajando casi 20 años y lo que puedo decir es que siempre es diferente. Nunca sabes qué esperar. Sabía de Asunción, pero no estaba familiarizado con el resto del país; cuando vi dónde estaba Hohenau en el mapa, dije: ‘Oh, Dios mío, está en otra parte’. Parece que las personas que organizan son muy apasionadas por la guitarra y puedo imaginar que debe ser algo realmente importante organizar un festival así allí. Siempre voy con curiosidad a ver qué sucede”.
Como filosofía, Bianco destaca la intimidad, ese contacto con el público que permiten los lugares pequeños y que los grandes auditorios suelen diluir. Para él, la escala del encuentro humano dicta la naturaleza de la música. “Toco en lugares muy diferentes; a veces grandes teatros, a veces iglesias pequeñas. Pero me gustan mucho las salas donde puedo hablar fácilmente con la gente, lo cual no es el caso en salas muy grandes. Eso es más posible en lugares íntimos. Ya puedo imaginar estar allí con la gente; creo que va a ser divertido. Tal vez la gente no imaginaría que un guitarrista francés vendría aquí, pero ahí estaré estoy”.

Esa misma falta de pretensión se traslada a su visión pedagógica, un pilar fundamental de su estancia en el 16º Campus de Guitarras. Como docente en Ámsterdam, Bianco ha refinado una filosofía que huye de la tiranía del resultado inmediato, apostando por la transmisión de una energía vital más que de una simple receta técnica.
“Espero poder ayudar a los estudiantes a encontrarse a sí mismos como músicos. En clases magistrales o campamentos, creo mucho en la inspiración. Cuando yo era estudiante, lo más importante no fue la información que recibí, sino la energía. Siempre se trata de compartir una experiencia, conocimiento y también una energía, mi manera de ser como músico”.
Su visión sobre el éxito y la competencia en el mundo de la guitarra es refrescantemente herética. En un ecosistema saturado de concursos, Bianco se niega a ver la música como una carrera de obstáculos, defendiendo la necesidad de una ecología musical donde todos los roles sean válidos.
“No veo el mundo de la guitarra como algo competitivo; hay espacio para todos. A veces el espacio que es para ti no es el que quieres, y es difícil equilibrar la ambición con lo que haces bien. Intento no poner a mis alumnos en una mentalidad competitiva. El mundo de la guitarra necesita diferentes tipos de personas; desde el profesor más pequeño hasta el gran concertista, todos son necesarios. Hay muchas maneras de hacer carrera y cada uno crea su propio camino. Es más sobre constancia, devoción y paciencia que sobre un premio”.

El Bianco que llegará a Paraguay es también un músico transformado por la alteridad. Su intensa actividad en la música de cámara ha permeado su forma de tocar como solista, enseñándole a respirar y a descubrir texturas que antes le eran ajenas a través del diálogo con otros instrumentos:
“La música de cámara me enseñó mucho. En mi cuarteto trabajamos texturas, balance, el respirar juntos. Eso lo llevas a tu forma de tocar solo. Empecé a usar más colores después de tocar en cuarteto, y tocar con una cantante me enseñó libertad al moldear frases. He tocado con muchos instrumentos y eso me ha cambiado bastante como músico”.
Ante el caos digital y la velocidad de la modernidad, ve en la guitarra un refugio de autenticidad necesario, mostrándose optimista sobre el futuro de un instrumento que, lejos de apagarse, vive un momento de esplendor en los escenarios internacionales:
“La gente sigue tocando y amando la guitarra. En Europa es una edad dorada; hace 15 años era impensable ver guitarristas en grandes escenarios como ahora. Soy optimista, el mundo siempre cambia pero la música encontrará su camino. La gente necesita música y autenticidad, y la guitarra es un refugio de autenticidad en un mundo caótico”.
El cierre de su recital en Hohenau guarda una incógnita que Bianco aún procesa. Mientras prepara un repertorio variado que incluirá una obra nueva de su amigo Orlando Rojas, la sombra de Barrios palpita como el cierre necesario para un viaje de descubrimiento:
“Tocaré un poco de cada período y estilo, y algo especial de Orlando que me envió hace pocos días. Me pregunté si debería tocar Barrios; aún estoy pensando, pero probablemente toque al menos una pieza. Tal vez sea una vez en la vida la oportunidad de tocar Barrios en Paraguay”.

Sobre el evento
Ese ecosistema de aprendizaje que Bianco propone en el Campus de Guitarras no es un esfuerzo solitario, sino un diálogo compartido con un equipo docente que refleja la diversidad técnica de la región.
La dirección general de Vito Krüger, quien también se presentará con su dúo junto a Camila Dos Santos, ha logrado amalgamar en Hohenau las visiones de maestros argentinos como Sebastián Pompilio, Andrea Zurita y Eduardo Larrosa, quienes junto al brasileño Gabriel Navia, aportarán las texturas propias del Río de la Plata y el Brasil a la formación de los jóvenes talentos.
La identidad paraguaya, por su parte, estará resguardada por la solvencia de Rodrigo Benítez, Favio Rodríguez y José Carlos Cabrera, figuras que garantizan la continuidad de la rica tradición guitarrística local.

Incluso el origen mismo del sonido tendrá su espacio de reflexión a través del luthier argentino Esteban González, encargado de desentrañar en sus talleres los secretos de la construcción del instrumento, cerrando así un círculo que va desde la madera bruta hasta la interpretación de concierto en las noches del Parque Manantial.
Los conciertos centrales serán el viernes 27 y sábado 28 en el Auditorio de la Agrodinámica, desde las 20:30.
