Los instrumentos aguardaban en escena entre vitrolas y faroles, como si el Teatro Municipal se hubiera convertido por una noche en un espacio suspendido entre la memoria y el presente.
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Allí, donde tantas veces la música paraguaya ha buscado dialogar consigo misma, Joaju y Ricardo Flecha presentaron “Maneco 80”, un proyecto que parte de la obra de Maneco Galeano pero que encuentra su verdadero valor en algo más complejo: demostrar que ciertas canciones siguen vivas porque todavía tienen cosas que decir.
La velada comenzó con Joaju en solitario. Víctor S. Morel en batería, Paula Rodríguez en contrabajo, Giovanni Primerano en piano y Bruno Muñoz en saxo ofrecieron una introducción instrumental antes de abordar “Reservista purahéi”. Fue una declaración de principios. Desde hace quince años, el cuarteto viene construyendo una de las búsquedas más consistentes de la música paraguaya contemporánea: pensar el jazz desde los sonidos, las melodías y las historias del país.

La aparición de Ricardo Flecha, luego, terminó de dar forma a ese encuentro. El cantor habló de la emoción de compartir escenario con músicos a quienes considera herederos de una tradición que tuvo referentes como Carlos Schvartzman, Palito Miranda o Remigio Pereira. También confesó sentirse ante una experiencia “casi religiosa”. La expresión podía sonar exagerada en otro contexto, pero encontró sentido a lo largo de la noche. Lo que se desarrolló sobre el escenario fue una conversación entre generaciones, lenguajes y maneras de entender la música.
Las composiciones de Maneco Galeano poseen una cualidad singular: fueron escritas desde una época concreta, atravesadas por circunstancias históricas, sociales y culturales muy específicas, pero rara vez quedan atrapadas en ellas. Canciones como “José trombón”, “Se le quiere”, “Ndareiri oje’e” o “San Si Juan no que sí” siguen conservando una sorprendente capacidad para interpelar al oyente porque hablan de asuntos que nunca terminan de perder actualidad: la libertad, la dignidad, la justicia, el amor, la identidad o la memoria.

El gran acierto del trabajo musical encabezado en la visión de Giovanni Primerano consistió precisamente en comprender que la mejor forma de homenajear esas canciones no era preservarlas como piezas de museo. En ese sentido, los arreglos evitaron cualquier tentación arqueológica. En lugar de reproducir un sonido del pasado, buscaron descubrir nuevas posibilidades dentro de obras que parecían seguir esperando otras lecturas. El jazz funcionó aquí como actitud, es decir, como una disposición permanente a volver sobre una misma melodía para encontrar significados distintos.
Hubo momentos particularmente reveladores. Uno de ellos llegó cuando el escenario quedó reducido prácticamente a la voz de Ricardo Flecha y el piano de Primerano para abordar consecutivamente “Soy de la Chacarita” y “Despertar”, con el grupo acoplándose naturalmente por la mitad.
La primera, convertida con los años en uno de los retratos más lúcidos y entrañables de un barrio y de una forma de pertenencia; la segunda, una invitación a mirar críticamente la realidad y a imaginar transformaciones posibles. Escuchadas juntas, adquirieron una fuerza interpeladora. Más que canciones distintas, parecían capítulos de una misma conversación que sigue abierta décadas después de haber sido escrita.

A medida que avanzaba el concierto se volvía evidente que la figura homenajeada no era solamente un compositor. Las intervenciones de Flecha y Morel ayudaron a recordar a un creador que entendía la música como parte de una reflexión más amplia sobre el país y su tiempo. Periodista, docente, observador agudo de la realidad paraguaya, Maneco Galeano perteneció a una generación que creyó en la capacidad del arte para dialogar con la sociedad.
Esa dimensión apareció con especial intensidad en “Al caído en la víspera”, la canción que muchos conocen como “Víctor libre”. La historia recordada por Flecha resultó tan conmovedora como la propia interpretación: una semana después del golpe militar en Chile y del asesinato de Víctor Jara, Maneco Galeano y Carlos Noguera se reunieron para escribir una obra que expresara el dolor y la solidaridad de aquel momento. Medio siglo después, la canción conserva intacta su capacidad de conmover porque sigue hablando de algo que excede cualquier coyuntura: la fragilidad de la libertad y la necesidad de defenderla.

Hacia el tramo final llegaron “Pinasco”, homenaje al lugar donde nació Galeano, y “Ñandejára ipe guara”, pieza ligada a la memoria emocional de las navidades paraguayas. Para entonces ya resultaba claro que el concierto había dejado de ser únicamente la presentación de un disco. Lo que estaba ocurriendo era una reafirmación de la vigencia de una obra y de una tradición musical que continúa dialogando con el presente.
La despedida se daría con “Ceferino Zarza, compañero”, pero el público pidió una más y llegó “Purahéi paha”, esta última de José Asunción Flores. El cierre adquirió un carácter simbólico. La última canción pareció tender un puente entre distintas generaciones de creadores paraguayos que, desde lenguajes diferentes, compartieron una misma inquietud: encontrar una voz propia para contar el país.

Quizás esa sea la mayor virtud de “Maneco 80”, trabajo que próximamente llegará a las plataformas digitales. En lugar de presentar a Maneco Galeano como una figura inmóvil, encerrada en el respeto que suelen imponer los homenajes, lo devuelve al territorio más fértil para cualquier artista: el presente. Allí donde las canciones todavía pueden transformarse, ser discutidas, reinterpretadas y volver a emocionar. Allí donde, después de tantos años, siguen encontrando nuevos oídos dispuestos a escucharlas.
