Lo primero que hizo Audición Fest fue pedir algo que parece sencillo y que, en tiempos de algoritmos y de atención dispersa, quizá no lo sea tanto: escuchar con atención. La grilla saltaba de un universo a otro y obligaba a abandonar cualquier expectativa sobre lo que vendría después. La gracia estaba precisamente ahí.
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La noche comenzó a desplegarse entre propuestas que parecían venir de lugares muy distintos. Camigo llevó al escenario las canciones de su disco “Como el último día”, entre ellas “Mirate vos”, que interpretó junto a Sabb Montes. Su presentación tuvo un componente marcadamente performático, con bailarines y elementos escenográficos que ampliaron las canciones hacia una puesta pensada para ser también mirada. Había una intención evidente de construir un universo alrededor de la música.
Después llegó Oudi, y el clima cambió de inmediato. El rapero salió acompañado por banda y coristas, pero también echó mano a pistas y recursos electrónicos para construir un show que se movió con naturalidad entre lo orgánico y lo programado. Recorrió canciones de “Cool kids never die” y “Club P4nguin” mientras el público respondía con saltos, baile y una energía que dejaba poco espacio para la contemplación. Allí la escucha se volvió física: se escuchaba con los oídos, pero también con el cuerpo.

Luego apareció Joaju Cuarteto que, con una propuesta siempre precisa, volvió a demostrar por qué el grupo ocupa un lugar destacado dentro del jazz paraguayo.
Con Flor Giménez como invitada, su voz tersa atravesó “Quisiera ser” y “Flores para José Asunción”, mientras el cuarteto llevaba a su territorio jazzístico otras piezas de la música paraguaya como “Coronel Martínez”, “Avy’a jave” e “India”.
Pero hubo algo significativo en que esa música apareciera en un festival construido sobre la idea de no escuchar con prejuicios. En otro contexto, quizás alguien habría pensado que ese repertorio pertenecía a otra noche, a otro público o a otro evento. En Audición Fest, esa separación perdió sentido y eso terminó siendo una de las mejores pruebas de la idea que sostenía al encuentro: que una persona podía pasar del rap al jazz y del jazz al punk sin tener que justificar sus gustos.
Ripe Banana Skins tomó después el escenario y puso en movimiento a prácticamente todo lo que encontró delante. Con más de dos décadas de historia dentro de la escena independiente paraguaya, la banda sonó compacta y potente en canciones como “Estar vivo” y “Dulsong”. Ska, punk, reggae y rock dejaron de ser etiquetas para convertirse en una sola cosa mucho más elemental: gente bailando.

Audición para la concentración
Pero la noche todavía guardaba su momento de mayor concentración. Doce años después de aquella primera y hasta entonces única visita a Paraguay, Juana Molina volvió al país. Esta vez llegó para presentar “DOGA”, su octavo álbum de estudio y el primero con nuevas composiciones en ocho años, un trabajo nacido de años de improvisaciones y construido alrededor de sintetizadores analógicos, loops, guitarras y una lógica sonora que se resiste a permanecer quieta.
Molina apareció junto al baterista Diego López de Arcaute y convirtió el escenario en otra dimensión. Lo impresionante no estuvo solamente en los sonidos que consiguió producir, sino en lo que esos sonidos hicieron con quienes estaban delante. Había algo hipnótico en la repetición, en esas capas que se acumulaban lentamente hasta dejar de parecer simples recursos musicales para convertirse en una especie de corriente que arrastraba al público.
Las canciones se construían delante de nosotros. Una guitarra podía quedar suspendida, una secuencia podía repetirse hasta cambiar de significado y una voz podía aparecer como si estuviera llegando desde otro lugar. La música de Molina no pedía tanto ser comprendida como ser atravesada, y el público pareció entenderlo, porque durante buena parte del concierto, la sensación fue la de estar colectivamente dentro de un trance, bailando sin demasiada necesidad de saber exactamente por qué.

Después de semejante descenso hacia el interior, Taichu devolvió la noche a otro tipo de intensidad. Su presentación combinó sensualidad, actitud y una estética deliberadamente provocadora en canciones como “Dnd estás”, “Baby spice”, “Weapon” y “Freak match”. Su propuesta, vinculada al trap, la electrónica y el pop, volvió a recordar que también la imagen, el cuerpo y la performance forman parte de cómo se escucha a una artista.
Y cuando parecía que ya se había atravesado suficiente música para una sola noche, Radio Bolivia se encargó del cierre. El proyecto liderado por Lucas We llevó la fiesta hacia los sonidos tropicales y convirtió el final en una suerte de desahogo colectivo. Después de pasar por tantos paisajes sonoros, la noche terminó donde tenía que terminar: bailando.
Un necesario ejercicio de atención
Mirada desde el final, la grilla de Audición Fest podía parecer un ejercicio improbable. Camigo, Oudi, Joaju Cuarteto, Ripe Banana Skins, Juana Molina, Taichu y Radio Bolivia no compartían necesariamente un sonido, una generación ni una escena. Compartían algo más interesante: la posibilidad de convivir en los oídos de una misma persona.

Y eso fue, finalmente, lo que hizo que el festival tuviera sentido. No se trató de demostrar que todos los géneros podían caber en un mismo escenario, sino de comprobar que tampoco tenían por qué excluirse entre sí. La noche funcionó como un ejercicio de atención y entrega.
Audición Fest fue así una invitación a poner los oídos al servicio de lo que estaba ocurriendo y dejar que las frecuencias hicieran su trabajo. Algunas hicieron bailar, otras hicieron mirar, otras llevaron al trance. Todas, de alguna manera, obligaron a escuchar.
Ojalá la experiencia vuelva a repetirse. Y, sobre todo, ojalá conserve esa pequeña provocación que estuvo en su origen: recordar que disfrutar de la música no debería exigirnos pertenecer a una tribu, defender una etiqueta ni elegir un solo camino. A veces alcanza con escuchar.
Fotografías gentileza de Erwin Bukaczek @erwinbuka.
