La noche del martes 15, el Gran Teatro “José Asunción Flores” del Banco Central del Paraguay estaba repleto y entre el público había familias enteras, niños vestidos con elementos que evocaban distintas etapas de la carrera del artista, adolescentes y adultos que parecían haber llegado con su propio archivo de recuerdos.
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Cuando comenzó el show con “Jam” y “They Don’t Care About Us”, la respuesta fue inmediata. El público cantó, gritó y se puso de pie mientras un ejército de bailarines reproducía la dimensión marcial y colectiva de una de las canciones más contundentes de la última etapa de Jackson. Después llegarían “Wanna Be Startin’ Somethin’” y “Don’t Stop ’Til You Get Enough”, dos piezas que evidencian otra de las claves de su música: la capacidad de convertir el ritmo en un espectáculo físico.
El recorrido no se limita a una colección de éxitos. Es un repaso por algunas de las transformaciones más importantes de la música popular de las últimas décadas. El funk y la música disco de “Don’t Stop ’Til You Get Enough” dan paso al repertorio de Jackson 5; “Will You Be There” abre una zona más emocional que continúa con “Human Nature” y “You Are Not Alone”.

Ese carácter colectivo alcanza una dimensión particular cuando aparece “Who’s Lovin’ You”, recuperando la raíz de los Jackson 5, antes de entrar en una de las zonas más visuales del espectáculo: “Smooth Criminal” y “Dangerous”. Allí Lenny Jay con la postura corporal, el vestuario, los movimientos y las coreografías construyen progresivamente al personaje que el público fue a buscar.
El cuerpo como archivo
La transformación de Lenny Jay es uno de los principales motores del espectáculo. No se trata únicamente de la semejanza física ni de reproducir una voz reconocible. Hay un trabajo corporal que atraviesa las diferentes épocas de Jackson y que se sostiene durante dos horas: el moonwalk, el toe stand, las inclinaciones imposibles de “Smooth Criminal”, los movimientos angulares, los giros, las pausas y esa manera tan particular de utilizar el cuerpo como parte de la percusión de las canciones.
Los cambios de vestuario también funcionan como pequeñas cápsulas de memoria: el traje de “Smooth Criminal”, las prendas militares de “They Don’t Care About Us”, la estética de “Bad”, el atuendo de “Billie Jean” y los diferentes looks que Jackson convirtió en parte inseparable de sus canciones. En Lenny Jay, cada cambio ayuda a delimitar una época y a reconstruir la imagen de una estrella que entendió como pocos que una canción también podía existir fuera del sonido.

La banda acompaña este despliegue con batería, teclados, guitarra y coros. En varios momentos, la corista asume el protagonismo vocal y aporta una potencia que permite ampliar el repertorio sin convertirlo en una sucesión de imitaciones. La música permanece en primer plano y sostiene la puesta incluso cuando el escenario se llena de bailarines, luces, humo y material audiovisual.
Después de “Working Day and Night”, “The Way You Make Me Feel” y “Bad”, llega “Black or White”, y el espectáculo vuelve a recordar la dimensión planetaria de Jackson. “Blood on the Dance Floor” y “Dirty Diana” incorporan otra textura al recorrido, mientras “We Are the World” amplía el foco hacia la dimensión humanitaria que también formó parte de la imagen del artista.
La guitarra que estuvo ahí
La presencia de Jennifer Batten agrega una capa especialmente significativa al homenaje. La guitarrista estadounidense acompañó a Jackson durante tres de sus grandes giras mundiales: “Bad”, “Dangerous” y “HIStory”. También formó parte del espectáculo del Super Bowl de 1993.

Su participación permite conectar al Michael de los discos con el de los escenarios. Batten fue parte de una maquinaria musical diseñada para reproducir, frente a decenas de miles de personas, canciones cuya construcción en estudio había involucrado a músicos de enorme calibre. En ese universo estuvieron guitarristas como Eddie Van Halen, responsable del célebre solo de “Beat It”.
Ver a Batten defendiendo ese repertorio décadas después tiene algo de documento vivo. Su guitarra recuerda que detrás de aquella superproducción visual existía también una maquinaria musical de enorme precisión.
Canciones que no necesitan presentación
Hacia el final, el espectáculo entra en una sucesión casi imparable de clásicos. “Earth Song” convierte el escenario en una postal de dimensiones épicas, mientras “Thriller” lleva al público a un cementerio construido con luces, humo, bailarines y una pantalla que ocupa todo el fondo del escenario. “Threatened” completa ese universo visual antes de que “Billie Jean” devuelva el espectáculo a uno de los momentos más reconocibles de la carrera de Jackson.

Y entonces llega “Man in the Mirror”. El público vuelve a cantar cada palabra. Ya no importa demasiado distinguir entre quienes vivieron la época de Jackson y quienes lo descubrieron mucho después, porque la canción pertenece a todos los que están en la sala.
“Beat It” cierra la noche con una última descarga. El público baila, se levanta, canta y responde a cada gesto de Lenny Jay. Durante dos horas, el show consigue reproducir buena parte de aquello que hizo de Michael Jackson una figura excepcional: canciones inolvidables, coreografías hipnóticas, una puesta escénica gigante y la sensación de estar frente a alguien que había entendido el escenario como un lugar donde todo podía suceder al mismo tiempo.
Los tributos siempre plantean una pregunta incómoda: ¿qué significa intentar reproducir a un artista cuya presencia original fue irrepetible? En este caso, quizás la respuesta esté menos en la imitación que en la memoria. “This Is Lenny Jay’s Michael” no puede ser Michael Jackson, pero sí puede mostrar algo que resulta difícil de discutir después de ver un teatro entero cantando sus canciones: algunas obras dejan de pertenecer exclusivamente a quien las creó. Se convierten en parte de la memoria colectiva. Y Michael Jackson dejó allí una marca difícil de borrar.

