Tarantino y un cuento sobre un Hollywood que fue o pudo ser

Quentin Tarantino echa mano de todas las herramientas cinematográficas que fue adquiriendo a lo largo de su impresionante carrera en un homenaje a una época, un lugar y los creadores de fantasías que lo habitaban.

Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en "Había una vez en Hollywood".
Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en "Había una vez en Hollywood".Andrew Cooper

Quizá más que en ninguna otra de sus películas anteriores, el ADN cinematográfico de Quentin Tarantino reluce con particular brillo en Había una vez en Hollywood.

Muchos han acusado al icónico director amante de los pies de ser poco original, algo paradójico en alguien cuya filmografía de nueve películas – técnicamente diez, si contamos a Kill Bill como dos películas en vez de una sola partida en dos – se compone casi exclusivamente de películas originales, la excepción siendo su excelente adaptación de una novela de Elmore Leonard en Jackie Brown.

El argumento habitual es que Tarantino toma demasiados elementos prestados de películas del pasado, llenando sus obras de referencias, alusiones o incluso tomas y estilos de movimiento de cámaras de cineastas que lo precedieron y lo formaron.

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Eso, obviamente, no es de ninguna forma exclusivo de Tarantino, pero el creador de Pulp Fiction ha hecho de la emulación del pasado una parte tan central de su filmografía que la gente tiende a centrarse en eso.

Pero nadie engendra tantos imitadores propios como Tarantino ha inspirado sin tener una voz única, y Había una vez en Hollywood es un escaparate particularmente claro de todos esos elementos que hacen único a su director, esparcidos generosamente sobre una historia más relajada que lo que el hombre detrás de obras maestras de tensión y violencia como Bastardos sin gloria o Los 8 más odiados tiene en su historial, pero con la misma elegancia de diálogo y estructura, la misma exploración de personajes oscuros y fascinantes, a la vez caricaturescos y profundos.

Leonardo DiCaprio en "Había una vez en Hollywood".

La historia toma una época muy específica, el Hollywood de finales de la década de 1960, y entre múltiples figuras reales de ese entorno inserta a sus personajes ficticios, el actor de televisión en declive Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y su mejor amigo y doble de riesgo Cliff Booth (Brad Pitt).

Rick fue el protagonista de una serie muy popular en los 50, y tras una fugaz carrera en largometrajes se encuentra de vuelta en la TV, haciendo de villano en pilotos, en lo que él considera el ocaso de su carrera.

Aunque la historia se mantiene lineal, sin los saltos hacia atrás y adelante en el tiempo – más allá que algunos flashbacks rápidos – que Tarantino acostumbraba en sus primeros filmes, Hollywood es la primera película del director desde Pulp Fiction que se siente como una serie de viñetas muy distintas, aunque entrelazadas entre sí en vez de separadas en capítulos.

Por un lado, por gran parte de la película seguimos a Rick mientras intenta redescubrir el fuego de su pasión por la actuación mientras trabaja en el set de una nueva serie, forzándose a sí mismo a actuar por encima de lo que sus abusos de alcohol y su desencanto general con su carrera le han permitido desplegar en pantalla.

Aunque no deja de sacar algo de comedia negra de la situación de Rick, Tarantino casi rebosa reverencia en estas escenas, explorando con cariño los sets del Viejo Oeste en los que se creaban horas y horas de entretenimiento que luego se exportaban a miles o millones de televisores.

Retrata la mini-odisea de Rick en este lugar como un viaje cuasi-místico, con todo y la figura de una sabia mentora, una precoz niña actriz cuya intérprete (Julia Butters) demuestra un nivel tan alto que logra jugar de igual a igual con un Leonardo DiCaprio sencillamente extraordinario.

Brad Pitt interpreta al doble de riesgo Cliff Booth.

Por otro lado la película sigue a Cliff, un personaje que puede contarse entre los más interesantes de toda la filmografía de Tarantino, y que de paso le permite a Pitt demostrar su versatilidad y talento de una forma que no ha podido hacer desde Moneyball en 2011.

Cliff es en cierta forma el equivalente en Hollywood de Jules en Pulp Fiction, o el coronel Landa en Bastardos, un personaje que parece estar operando a un nivel de conciencia superior al del resto del elenco de personajes, con la seguridad de alguien que sabe, o al menos está convencido de saber, cómo funciona el mundo, y que cree tenerlo todo bajo control; Cliff parece una encarnación de la versión romantizada del vaquero y pistolero del Salvaje Oeste que la ciudad en la que vive y trabaja popularizó.

Sabemos relativamente poco de Cliff: solo que es un veterano de guerra, posiblemente cometió un asesinato, y ciertamente es capaz de infligir violencia, aunque su lealtad por Rick, de quien es básicamente un chofer y empleado doméstico, parece genuina. Seguirlo mientras tiene un curioso encontronazo con los miembros de la “Familia” de Charles Manson permite a Tarantino hacer gala de esa proficiencia suya de crear tensión que tanto brilló en Bastardos o en Los 8 más odiados.

Margot Robbie como Sharon Tate.

Y el tercer hilo principal de la película sigue a Sharon Tate (Margot Robbie), actriz y esposa del director Roman Polanski, que vive en la casa junto a la de Rick en las colinas de Hollywood.

Rick ve a sus vecinos como la personificación del futuro del cine del que él no puede ser parte. Sharon, por su parte, parece simplemente disfrutar de la vida que vive, yendo a fiestas en la Mansión Playboy o entrando a una función de una de sus películas para disfrutar de la reacción del público.

Es una elegía breve (el tiempo en pantalla de Tate es bastante corto en comparación con el metraje dedicado a Cliff y Rick) pero conmovedora a una vida que tuvo un final terrible y sin sentido.

Lógicamente, esas tres vertientes de la película acaban intersecando en un clímax en cierta madrugada de agosto de 1969, un clímax del que revelar “spoilers” debería ser penado con cárcel. Debería ser suficiente decir que es una de las mejores secuencias de toda la trayectoria de su director, y dejémoslo allí.

Había una vez en Hollywood es toda la filmografía de Quentin Tarantino resumida en poco menos de tres horas: es larga en exceso, empapelada en referencias a figuras del cine y la televisión de antaño que permiten al director hacer gala de su notorio conocimiento enciclopédico de las artes fílmicas; repleta de diálogos prolongados enunciados por algunos de los mejores intérpretes de la actualidad trabajando al tope de sus capacidades, interpretando personajes inmediatamente inolvidables; relajada hasta un punto que podría hacer perder la paciencia a muchos, pero que también carga con violencia extrema y caricaturesca, y alguna de la mejor comedia que Tarantino jamás hizo.

Pocas películas este año – o todos los años, realmente – se sienten tan grandes y tan completas, tan densas o fascinantes, como Había una vez en Hollywood.

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HABÍA UNA VEZ EN HOLLYWOOD (Once Upon a Time... in Hollywood)

Dirigida por Quentin Tarantino

Escrita por Quentin Tarantino

Producida por Quentin Tarantino, David Heyman y Shannon McIntosh

Edición por Fred Raskin

Dirección de fotografía por Robert Richardson

Elenco: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Margaret Qualley, Emile Hirsch, Julia Butters, Austin Butler, Timothy Olyphant, Dakota Fanning, Bruce Dern, Mike Moh, Al Pacino, Damian Lewis, Luke Perry, Kurt Russell, Zoë Bell, Nicholas Hammond, Lena Dunham, Lorenza Izzo, Maya Hawke, Damon Herriman

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