Dermatólogos y expertos en cosmética coinciden en que la clave está en proteger, reparar y simplificar la rutina. A continuación, siete estrategias para conseguir un “glow up” realista y sostenible:
1. Protección solar: el verdadero filtro de belleza
Ningún truco de luminosidad funciona si la piel está dañada por el sol. La fotoprotección diaria sigue siendo el consejo número uno de los dermatólogos tanto para prevenir el envejecimiento prematuro como para evitar manchas y reducir el riesgo de cáncer de piel.

La recomendación general es usar un protector de amplio espectro (UVA/UVB) con al menos SPF 30, reaplicarlo cada dos horas si se está al aire libre y no olvidar zonas clave como orejas, cuello, escote, dorso de manos y empeines.
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En la ciudad, las fórmulas ligeras con acabado invisible o “tacto seco” facilitan su uso bajo el maquillaje; en la playa o piscina, conviene elegir versiones resistentes al agua y reaplicar después de cada baño.
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2. Exfoliación suave: la diferencia entre brillo y opacidad
El verano no es el mejor momento para abusar de peelings potentes, pero sí para mantener una exfoliación moderada y regular que retire células muertas y potencie la luminosidad.

Un exceso de acumulación en la capa más superficial hace que la piel se vea apagada, despareja y con textura.
Los expertos recomiendan priorizar exfoliantes suaves: fórmulas químicas con ácidos en baja concentración (como ácido láctico o mandélico) o exfoliantes físicos con partículas finas, aplicados una o dos veces por semana según el tipo de piel.
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Después de exfoliar, es imprescindible reforzar la hidratación y, sobre todo, no descuidar el protector solar, ya que la piel puede quedar más sensible a la radiación.
3. Hidratación en capas: texturas ligeras, efecto duradero
En pleno verano, las fórmulas muy densas suelen resultar pesadas y favorecen la sensación de “brillo graso”. Sin embargo, renunciar a la hidratación no es una opción: el calor, el aire acondicionado y el cloro resecan tanto como el invierno.
La alternativa es apostar por el llamado “layering” ligero, es decir, aplicar varias capas de texturas fluidas que se absorben rápido.
Sueros con ácido hialurónico y glicerina, seguidos de geles o lociones oil-free, permiten mantener los niveles de agua en la piel sin saturarla.
En pieles mixtas o grasas, los geles hidratantes con ingredientes calmantes (como aloe vera o pantenol) aportan confort y frescor sin obstruir los poros.
4. Antioxidantes: el escudo invisible contra el estrés solar
La exposición solar genera radicales libres, responsables de parte del daño que se traduce en manchas, arrugas y pérdida de firmeza. Aquí entran en juego los antioxidantes, tanto en la rutina de cuidado como en la alimentación.

En cosmética, la vitamina C destaca por su capacidad para iluminar el tono, ayudar a unificar la piel y potenciar el efecto del protector solar cuando se usa por la mañana.
Otros activos como la vitamina E, el resveratrol o la niacinamida también se han consolidado en las fórmulas veraniegas.
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En paralelo, una dieta rica en frutas y verduras de colores intensos —como frutos rojos, cítricos, zanahoria, tomate o pimientos— contribuye desde dentro a reforzar las defensas cutáneas frente al estrés oxidativo.
5. After sun y reparación nocturna: el momento clave
La noche es el turno de la reparación. Después de un día de exposición, incluso con buena protección, la piel necesita calma y recuperación.

Los productos after sun no son solo “para cuando hay quemadura”: su combinación de agentes calmantes e hidratantes ayuda a reducir la inflamación subclínica y prolongar el bronceado de manera más uniforme.
Ingredientes como aloe vera, alantoína, bisabolol o aguas termales son aliados para aliviar y restaurar.
Para quienes ya tienen una rutina antiedad, los especialistas aconsejan moderar el uso de retinoides o ácidos fuertes en las semanas de mayor exposición solar, adaptando la frecuencia o alternándolos con noches de descanso cosmético en las que se prioriza solo la reparación e hidratación.
6. Menos es más: maquillaje estratégico para potenciar el “glow”
El calor y el maquillaje pesado no son buena combinación. Las bases muy cubrientes pueden marcar la textura, derretirse con el sudor y apagar el brillo natural de la piel.

La tendencia estival se inclina por productos híbridos: cremas con color y protección solar, tintes ligeros y fórmulas “skin-like” que dejan ver la piel real.
Los iluminadores líquidos o en crema, aplicados en puntos estratégicos (pómulos, puente de la nariz, arco de la ceja), ayudan a recrear el efecto de “piel jugosa” sin sobrecargar el rostro.
Un toque de bronceador en crema y bálsamos labiales hidratantes con SPF completan un look que acompaña el trabajo de la rutina de cuidado, en lugar de ocultarlo.
7. Hábitos que se notan en la piel: agua, sueño y moderación
Ninguna crema puede compensar la falta de descanso o la deshidratación persistente. La piel es un reflejo del estilo de vida, y en verano las vacaciones, los cambios de horario y el aumento del consumo de alcohol pueden pasar factura.
Beber agua de forma regular, ajustar la ingesta de sal y azúcar y no descuidar el sueño profundo son gestos con impacto directo en la apariencia de la piel.
También lo es moderar el tabaco, uno de los grandes enemigos de la luminosidad.
Apostar por comidas más ligeras, con protagonismo de grasas saludables (como aceite de oliva virgen extra, frutos secos o pescado azul), ayuda a mantener la barrera cutánea más estable y flexible.
El “glow up” del verano no llega de un día para otro ni depende de un producto milagroso. Se construye con pequeñas decisiones diarias: una protección solar aplicada con rigor, una hidratación inteligente, algunos activos bien elegidos y hábitos que acompañen desde dentro.
Más que perseguir una piel perfecta, la tendencia este año pasa por una piel sana, protegida y luminosa que llegue al final de la temporada igual de radiante que en el primer día de playa.
